El brebaje del diablo que salvó a la cristiandad

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El brebaje del diablo que salvó a la cristiandad

Es el año 1600, o algún momento cercano, en las cámaras del Vaticano. Un grupo de sacerdotes ha traído consigo un objeto de escándalo: una pequeña cantidad de un líquido negro, humeante, amargo, que había llegado desde las tierras del islam. Lo llaman "el vino de Arabia". Y quieren que el papa Clemente VIII lo prohíba.

El argumento de aquellos hombres de fe era teológico antes que gustativo. Si el vino era la bebida sagrada de Cristo, consagrada en cada misa, entonces esta imitación oscura —bebida por infieles, nacida en las mezquitas y los mercados de La Meca y Estambul— no podía ser sino una invención de Satanás para seducir a los cristianos. Un sustituto diabólico del sacramento. Una trampa disfrazada de placer.

Según la tradición transmitida durante siglos, el pontífice pidió que le sirvieran una taza antes de firmar cualquier condena. Se llevó el borde de cerámica a los labios. Bebió. Y entonces —cuenta la leyenda— pronunció una sentencia que cambiaría la historia de Occidente: aquella bebida era demasiado deliciosa para dejarla solo en manos de los infieles. Habría que bautizarla y hacerla cristiana.

No existe documento vaticano que confirme esa escena palabra por palabra. Pero la anécdota sobrevivió precisamente porque capturaba una verdad más grande: el café, esa cosa que hoy tomas sin pensar mientras revisas tu teléfono, llegó a tu mundo cargado de sospecha religiosa, y tuvo que ser perdonado por más de una fe antes de que pudieras siquiera olerlo.

Antes de Roma, el café ya había sido condenado en su propia casa

Para entender el veredicto de aquel papa, hay que retroceder aún más, hasta las montañas de Etiopía y las costas de Yemen, donde el café no era europeo, ni cristiano, ni siquiera una bebida cómoda. Era una planta salvaje. Y su historia comienza no con teólogos, sino con hombres que necesitaban permanecer despiertos para rezar.

Fueron los sufíes, los místicos del islam, quienes descubrieron en el siglo XV que aquel grano tostado y molido, disuelto en agua caliente, les permitía mantenerse alertas durante las largas noches de devoción, los cantos y las repeticiones interminables del nombre de Dios. En los puertos de Yemen, en la ciudad de Moca —que daría su nombre a un tipo de café durante siglos—, la bebida se extendió desde los círculos religiosos hacia las calles. Y cuando algo abandona el templo y entra en la plaza, empieza el problema.

Porque el café hizo algo peligroso: creó espacios. Las primeras casas de café —los qahveh khaneh— aparecieron en el mundo islámico como lugares donde los hombres se reunían no a rezar, sino a hablar. A jugar al ajedrez. A escuchar música. A discutir de política. Y para cualquier autoridad, un sitio donde la gente se junta a pensar en voz alta es siempre una amenaza latente.

En 1511, en La Meca —el corazón mismo del islam—, el gobernador Khair Beg tomó una decisión drástica. Prohibió el café. Convocó a juristas y médicos para que declararan que la bebida era intoxicante, comparable al vino, prohibido por el Corán, o que dañaba el cuerpo. Se cerraron las casas de café. Se quemaron reservas del grano en las calles. El aroma del castigo se mezcló con el aroma de la bebida condenada.

La prohibición no duró. El sultán de El Cairo, superior en autoridad al gobernador local, revocó la orden. Khair Beg, según las crónicas, terminó él mismo caído en desgracia poco después. El café había ganado su primer juicio, pero la sospecha lo perseguiría durante generaciones enteras, saltando de una ciudad a otra como una acusación que nunca se cerraba del todo.

Porque no fue solo La Meca. A lo largo del siglo XVI, en distintas partes del Imperio otomano, hubo intentos recurrentes de suprimir las casas de café. Los gobernantes desconfiaban de ellas por la misma razón: eran fábricas de conversación, y la conversación libre siempre ha sido enemiga del poder absoluto. En Estambul, bajo ciertos sultanes, frecuentar estos establecimientos podía costar castigos severos. La bebida que despertaba la mente resultaba, para quienes gobernaban dormidos, demasiado despierta.

Y sin embargo, cada prohibición fracasaba. El café era ya demasiado parte de la vida cotidiana. Cerrar las casas equivalía a intentar cerrar la costumbre de hablar. Los otomanos terminaron no solo tolerándolo sino monopolizándolo: durante mucho tiempo, todo el café del mundo salía por el puerto yemení de Moca, y los comerciantes árabes se aseguraban de que los granos exportados estuvieran hervidos o tostados, incapaces de germinar, para que nadie fuera del mundo islámico pudiera cultivarlo.

El grano que un peregrino escondió sobre su pecho

Aquí aparece uno de esos detalles que suelen quedar en los márgenes de la historia, humano y desesperado a la vez. Durante décadas, el mundo islámico protegió el café como un secreto de Estado botánico. Ningún grano fértil debía salir. Y el bloqueo funcionó, hasta que la codicia humana, como siempre, encontró una grieta.

La tradición atribuye el primer contrabando exitoso a Baba Budan, un peregrino musulmán de la India que, tras cumplir su viaje sagrado a La Meca en el siglo XVII, habría escondido siete granos de café fértiles atándolos contra su cuerpo, o pegados a su vientre, según las distintas versiones. El número siete no era casual: en su tradición era una cifra sagrada, lo que convertía el acto de contrabando en una especie de gesto piadoso. Con esos granos plantados en las colinas del sur de la India, el monopolio yemení empezó a agrietarse.

Los europeos harían el resto con menos poesía y más cálculo. Los mercaderes holandeses lograron sacar plantas vivas y establecer cultivos en sus colonias, en Ceilán y luego en Java —de donde vendría otro apodo eterno de la bebida—. El secreto celosamente guardado durante generaciones quedó, en cuestión de décadas, esparcido por medio mundo. Lo que la fe había custodiado, el comercio lo liberó.

De bebida sospechosa a motor de imperios y revoluciones

Cuando el café cruzó definitivamente hacia Europa, arrastraba consigo todas sus sombras: la sospecha islámica de que embriagaba, la sospecha cristiana de que era diabólico, y una tercera, política, que resultaría la más profética de todas. Porque el café hizo en Europa exactamente lo mismo que había hecho en el mundo islámico: creó espacios donde la gente se reunía a pensar.

Las primeras casas de café europeas abrieron a mediados del siglo XVII, primero en ciudades como Venecia y Oxford, luego en Londres, París, Viena. En Inglaterra las llamaron "penny universities" —universidades de un penique—, porque por el precio de una taza cualquiera podía sentarse junto a comerciantes, escritores, científicos y políticos, y participar en conversaciones que en otro lugar habrían sido impensables entre clases distintas. Se leían panfletos. Se debatían noticias. Se conspiraba.

El poder europeo reaccionó igual que el otomano un siglo antes. En 1675, el rey Carlos II de Inglaterra intentó cerrar las casas de café por considerarlas focos de sedición y descontento contra la Corona. La medida provocó tal indignación que fue prácticamente revocada en cuestión de días. La bebida ya había echado raíces demasiado profundas en la vida pública. Prohibir el café era, de nuevo, prohibir el acto de reunirse a hablar, y ni un rey podía sostener eso mucho tiempo.

Aquellos locales no eran un detalle anecdótico. De las casas de café de Londres surgieron instituciones que aún hoy mueven el planeta: la famosa aseguradora Lloyd's nació del establecimiento de un tal Edward Lloyd, donde se reunían marinos y comerciantes; y los primeros movimientos de lo que sería la bolsa londinense se gestaron entre tazas humeantes. En París, los cafés se convertirían en escenario de las ideas que alimentarían la Ilustración y, más tarde, el fervor revolucionario. La bebida acusada de diabólica terminó siendo el combustible de la razón moderna.

Es una de las ironías más hermosas de la historia. El café fue perseguido primero por los guardianes del islam, que temían que reemplazara al vino prohibido y que soltara demasiado las lenguas. Fue sospechoso para los guardianes del cristianismo, que lo veían como una tentación oriental. Y fue temido por reyes y sultanes por igual, precisamente porque todos intuían lo mismo: que una bebida capaz de mantener despierta a la gente terminaría, tarde o temprano, manteniéndola despierta también frente al poder.

Y en cada uno de esos frentes, el café ganó. No por decreto ni por batalla, sino por la fuerza terca de la costumbre humana, por el simple hecho de que a la gente le gustaba reunirse, hablar y sentir cómo la mente se aclaraba con el primer sorbo del amanecer.

Lo que quedó del veredicto de un papa

Volvamos, para cerrar, a aquella cámara vaticana y a la taza que un pontífice se llevó a los labios. Aunque los historiadores no puedan certificar la escena exacta, lo que sí es incuestionable es el resultado: la Iglesia católica nunca condenó el café. No hubo bula que lo prohibiera, no hubo excomunión para quien lo bebiera. En un continente donde tantas cosas fueron declaradas pecado, el brebaje oscuro de los infieles obtuvo, en la práctica, un salvoconducto.

Es difícil imaginar que aquellos sacerdotes escandalizados hubieran previsto lo que vendría: que cuatro siglos después, el descendiente de aquel "vino de Arabia" sería una de las materias primas agrícolas más populares y extendidas del planeta, cultivada en decenas de países, servida cada mañana en miles de millones de tazas, desde una mesa de mármol en Viena hasta un vaso de cartón en una acera de Nueva York.

El café que hoy tomas mientras lees esto ha atravesado más fronteras religiosas, más prohibiciones y más juicios que casi cualquier otro producto de la historia humana. Fue el compañero de los místicos que rezaban de noche, el sospechoso quemado en las calles de La Meca, el secreto atado al pecho de un peregrino, el motor silencioso de la Ilustración y el terror de los reyes. Pasó por lo prohibido religioso antes de llegar a lo cotidiano occidental. Y sobrevivió a todo, porque ninguna fe y ningún trono lograron nunca vencer algo tan simple y tan poderoso como el deseo humano de despertar. El diablo, resultó, sabía demasiado bien.