El hombre que leyó su propio obituario y lo odió
En la primavera de 1888, en algún lugar de Francia, un hombre de barba entrecana abrió un periódico y encontró la noticia de su propia muerte. La leyenda cuenta que el titular era demoledor: "El mercader de la muerte ha fallecido". Aunque el obituario real se limitó a decir que había muerto alguien que no era un benefactor de la humanidad, el golpe para Nobel fue absoluto. Solo había un problema con aquel obituario. Alfred Nobel seguía vivo.
Quien había muerto era su hermano Ludvig, en Cannes. Un periodista, apresurado o descuidado, confundió a los hermanos y envió a la imprenta la necrológica del que no correspondía. Y así, por un error editorial, Alfred Nobel tuvo el privilegio siniestro que casi nadie tiene: leer cómo lo recordaría el mundo cuando de verdad muriera.
Lo que leyó no le gustó. No era el retrato de un químico brillante, ni de un poliglota que hablaba cinco idiomas con fluidez, ni de un hombre que escribía poesía en inglés y admiraba a Shelley. Era el retrato de un fabricante de explosivos. Un hombre cuyo nombre, para el gran público, era sinónimo de destrucción. La dinamita lo había hecho inmensamente rico. También lo había convertido, a los ojos del mundo, en un monstruo.
Nadie sabe con certeza qué pensó Nobel en ese momento exacto, porque no dejó registro directo de aquella lectura. Pero lo que ocurrió después sugiere que algo se quebró dentro de él. Un hombre que ha pasado la vida construyendo un imperio sobre la nitroglicerina, de pronto obligado a mirarse en el espejo del futuro, y a decidir si esa imagen era la que quería dejar.
El niño frágil que aprendió a jugar con fuego
Alfred Bernhard Nobel había nacido en Estocolmo en 1833, en una familia que conocía bien la inestabilidad. Su padre, Immanuel Nobel, era ingeniero e inventor, un hombre de proyectos grandiosos y quiebras frecuentes. La fortuna familiar subía y bajaba como un fuelle. Cuando Alfred era pequeño, su padre marchó a Rusia buscando prosperidad, y allí encontró algo parecido a ella fabricando minas navales y material militar para el imperio zarista.
Alfred fue un niño enfermizo, delicado, propenso a las dolencias que lo acompañarían toda la vida. Quizá por eso se refugió temprano en los libros y en la química. No pisó apenas la escuela formal; recibió educación privada de tutores, y demostró un talento precoz para las lenguas y las ciencias. De adolescente viajó por Europa y Estados Unidos ampliando su formación. En París trabajó en un laboratorio donde estudió el invento de un químico italiano, Ascanio Sobrero, el hombre que años antes había creado una sustancia tan poderosa como aterradora: la nitroglicerina.
Sobrero estaba horrorizado por su propia creación. Aquel líquido aceitoso explotaba con la más leve provocación —un golpe, un cambio de temperatura, casi una mirada— y había mutilado a más de uno en el laboratorio. El italiano llegó a ocultar su descubrimiento, convencido de que era demasiado peligroso para el mundo. Nobel vio otra cosa. Vio una fuerza que, si lograba domarse, podría mover montañas, abrir túneles, construir ferrocarriles, transformar la ingeniería civil. Vio, en definitiva, un negocio.
La obsesión le costó cara. En 1864, una explosión en la fábrica familiar de las afueras de Estocolmo mató a varias personas, entre ellas a Emil, el hermano menor de Alfred, que apenas superaba los veinte años. La tragedia devastó a la familia. El padre sufrió poco después un derrame cerebral del que nunca se recuperaría del todo. Las autoridades, aterradas, prohibieron que la fábrica se reconstruyera dentro de los límites de la ciudad. Es difícil imaginar que la muerte de su hermano no persiguiera a Nobel durante el resto de su vida. Pero no lo detuvo.
Al contrario. Nobel continuó experimentando, ahora instalado en una barcaza anclada en un lago, lejos de todo lo que pudiera destruir. Buscaba obsesivamente una forma de estabilizar la nitroglicerina, de convertir aquel demonio líquido en algo transportable y seguro. La solución, cuando llegó, fue casi de una simplicidad humillante: mezclar la nitroglicerina con una tierra silícea porosa llamada kieselguhr, capaz de absorber el líquido y convertirlo en una pasta manejable que solo detonaba con un fulminante.
La llamó dinamita, de la palabra griega para fuerza. La patentó en 1867. Y el mundo cambió.
El imperio de la fuerza
La dinamita fue un éxito instantáneo y planetario. Las montañas se abrieron para dejar pasar los trenes. Los túneles de los Alpes, los canales, las minas, las carreteras: todo se aceleró gracias al invento del sueco frágil. Nobel construyó un imperio industrial que se extendía por decenas de países, con fábricas repartidas por toda Europa y más allá. Registró a lo largo de su vida más de trescientas patentes. Amasó una de las mayores fortunas de su época.
Pero la fuerza que abría montañas también abría cuerpos. La dinamita y sus derivados encontraron pronto un uso en la guerra, y aunque Nobel siempre insistió en que sus explosivos eran para la industria, para el progreso, la línea entre construir y destruir era, en la práctica, inexistente. Nobel se enriqueció con ambas. Y el público, que no distingue matices, lo etiquetó de una sola manera: el hombre de la dinamita. El mercader de la muerte.
Curiosamente, Nobel se consideraba a sí mismo un pacifista. Mantenía correspondencia con Bertha von Suttner, una destacada activista por la paz que había trabajado brevemente como su secretaria antes de dedicarse por entero al movimiento pacifista europeo. Nobel discutía con ella sobre la guerra y el desarme, y llegó a expresar una idea que hoy suena escalofriante: creía que el poder destructivo de sus explosivos podría, paradójicamente, poner fin a todas las guerras. Que cuando dos ejércitos pudieran aniquilarse mutuamente en un instante, ningún país se atrevería a atacar. La disuasión por el terror. Un razonamiento que el siglo XX pondría a prueba de las formas más terribles.
En su vida personal, Nobel era un hombre solitario. Nunca se casó. No tuvo hijos. Viajaba constantemente entre sus fábricas y sus residencias en distintos países, tanto que un escritor lo describió como "el vagabundo más rico de Europa". Sufría de depresión, de problemas cardíacos, de una salud que nunca lo abandonó ni en su fragilidad ni en su tenacidad. Vivía rodeado de dinero y, en apariencia, de muy poco afecto. Un hombre que había dado al mundo una fuerza colosal y que, sin embargo, cargaba con una soledad íntima que ninguna patente podía resolver.
Y entonces llegó aquel obituario equivocado. La imagen de sí mismo que el error periodístico le arrojó a la cara no era la de un benefactor de la humanidad. Era la de un destructor. Y Nobel, que se sabía enfermo y viejo, comprendió que el tiempo para reescribir esa imagen se agotaba.
El testamento que nadie esperaba
El 27 de noviembre de 1895, en el Club Sueco-Noruego de París, Alfred Nobel firmó un testamento que dejaría atónitos a todos: a sus familiares, a sus abogados, a los gobiernos, al mundo entero. En un documento de cuatro páginas escrito de su puño y letra, sin la asistencia de un abogado, dispuso que la mayor parte de su inmensa fortuna —el grueso de un patrimonio colosal— se convirtiera en un fondo cuyos intereses se repartirían cada año, en forma de premios, a quienes hubieran conferido "el mayor beneficio a la humanidad".
Especificó cinco categorías: física, química, medicina o fisiología, literatura y paz. Los premios de ciencias los concedería la Real Academia de las Ciencias de Suecia; el de medicina, el Instituto Karolinska; el de literatura, la Academia Sueca; y el de la paz —quizás el más revelador de todos— lo otorgaría un comité elegido por el parlamento noruego. El fabricante de dinamita, el mercader de la muerte, dedicaba su fortuna a premiar, entre otras cosas, a los constructores de paz.
El testamento provocó un escándalo mayúsculo. La familia de Nobel se sintió despojada y consideró impugnarlo. Los nacionalistas suecos protestaron porque una fortuna sueca fuera a repartirse a extranjeros y porque un premio quedara en manos de Noruega, entonces unida a Suecia en una unión política tensa. Los abogados señalaron que el documento era jurídicamente frágil, redactado sin las formalidades debidas, con una "fundación" que aún no existía como beneficiaria. Durante años, la ejecución del testamento pendió de un hilo.
El detalle que casi lo arruina todo
Aquí está lo que rara vez se cuenta: los premios Nobel estuvieron a punto de no existir jamás. La batalla legal por hacer cumplir el testamento fue larga, amarga y erizada de obstáculos. El documento nombraba como beneficiaria a una institución que todavía no había sido creada. No especificaba con precisión cómo debía constituirse. Y buena parte de la fortuna de Nobel estaba dispersa en distintos países, en inversiones y activos difíciles de reunir.
Fue un joven ingeniero llamado Ragnar Sohlman, a quien Nobel había nombrado uno de los ejecutores de su testamento, quien salvó el proyecto. Sohlman se enfrentó a la familia, a los gobiernos, a las trabas legales, y emprendió la tarea casi febril de liquidar y transferir los activos de Nobel a Suecia antes de que pudieran embargarse o disputarse. Según se ha documentado, llegó a transportar valores por Europa con un revólver encima, temiendo que alguien intentara arrebatárselos. La fortuna de la dinamita cruzó fronteras protegida por un hombre armado y decidido a cumplir la última voluntad de un muerto.
Finalmente, en 1900, tras años de negociaciones, se aprobaron los estatutos de la Fundación Nobel, la entidad encargada de administrar el legado y garantizar la entrega de los premios. El primer reparto se celebró en 1901, cinco años después de la muerte de Nobel, ocurrida en su villa de San Remo, en Italia, el 10 de diciembre de 1896. Por eso, cada año, los premios se entregan en esa misma fecha: el aniversario de la muerte del hombre que quiso reescribir su epitafio.
La palabra final
Bertha von Suttner, la activista pacifista que había discutido tantas veces con Nobel sobre la guerra y el desarme, recibiría en 1905 el Premio Nobel de la Paz. Es difícil no ver en ese galardón el eco de aquellas conversaciones, la prueba de que sus palabras habían calado en el fabricante de explosivos más famoso del mundo. El hombre de la dinamita había plantado, sin saberlo del todo, la semilla que un día premiaría a quien lo había desafiado a pensar en la paz.
Hoy, más de un siglo después, el nombre Nobel ya no evoca la destrucción. Evoca la cumbre del reconocimiento humano en la ciencia, la literatura y la paz. Einstein, Curie, Mandela, García Márquez, King: todos llevan grabado en su gloria el apellido de un químico solitario que un día leyó su propia necrológica y decidió que no sería recordado así. Alfred Nobel tomó la fuerza que había usado para partir montañas y la convirtió en un mecanismo para elevar lo mejor de la humanidad. El mercader de la muerte compró, con su fortuna entera, la única cosa que el dinero no suele conceder: el derecho a ser recordado de otra manera. Y lo consiguió.