El festival donde el mar recibe gracias y arpones
Amanece sobre la bahía de Taiji, en la prefectura de Wakayama, y el agua del Pacífico tiene ese color plomizo que precede a las decisiones. Los botes salen en formación, doce, quince embarcaciones, con los motores roncando bajo. A bordo, hombres que aprendieron el oficio de sus padres, y estos del suyo, sostienen varas metálicas que golpearán contra el casco para crear un muro de sonido bajo la superficie. No es magia. Es acústica. Las ballenas y los delfines viven por el oído, y ese muro de ruido los desorienta, los empuja hacia la cala, hacia la orilla donde ya esperan las redes.
Es septiembre. La temporada acaba de comenzar. En el pueblo, apenas tres mil habitantes, muchos todavía duermen. Otros preparan el desayuno mirando el mar como quien mira su lugar de trabajo. Porque para ellos el mar no es paisaje: es despensa, es identidad, es la herencia que no se cuestiona.
A pocos kilómetros de allí, o en templos budistas repartidos por todo el archipiélago, otros japoneses harán algo que a un occidental le costaría reconciliar con la escena de los botes. Rezarán por las almas de los animales muertos. Encenderán incienso. Recitarán sutras. En algunos puertos balleneros levantarán ceremonias —kuyō— para dar las gracias a las criaturas que alimentaron a sus familias, y para pedir perdón por haberles quitado la vida.
El mismo país que agradece al océano es el que sigue cazando ballenas. Y esa no es una contradicción que Japón oculte. Es, en cierto modo, el núcleo de su relato sobre sí mismo.
Una gratitud que no perdona la muerte, la administra
Para entender Taiji hay que retroceder cientos de años, hasta principios del siglo XVII, cuando la caza costera de ballenas se organizó formalmente en esta franja del Pacífico. En un Japón montañoso, con poca tierra cultivable y una población que dependía del mar para las proteínas, la ballena no era un lujo ni una crueldad: era supervivencia. De un solo animal salía carne, aceite para lámparas, huesos para herramientas, barbas para artesanía. Nada se desperdiciaba, y esa economía del aprovechamiento total impregnó también lo espiritual.
Porque el sintoísmo y el budismo, las dos grandes corrientes que moldean la sensibilidad japonesa, no ven la muerte del animal como un acto neutro. En la tradición budista, quitar una vida genera una deuda kármica. Y la respuesta cultural a esa deuda no fue dejar de cazar, sino ritualizar la caza. Agradecer. Pedir perdón. Construir estelas de piedra en memoria de las ballenas. En Taiji existe incluso una tumba dedicada a los cetáceos, y templos donde se registraron los nombres póstumos —kaimyō, normalmente reservados a los humanos— otorgados a fetos de ballenas encontrados dentro de las madres cazadas.
Esa imagen desconcierta a quien la escucha por primera vez. Un pueblo que da nombre budista a un feto de ballena y, al mismo tiempo, arponea a su madre. Pero en la lógica interna de esa comunidad no hay hipocresía: hay una manera antiquísima de convivir con la culpa de comer. El animal muere, sí, pero se le honra. Se le agradece. Se le reza para que su espíritu descanse. La gratitud no impide la muerte; la acompaña.
En Occidente hemos construido, en cambio, una relación distinta con lo que comemos: la distancia. El pollo llega en bandeja de plástico, sin cara, sin sangre visible, sin nombre. La matanza ocurre lejos, en mataderos industriales que nadie visita. Es difícil imaginar que un habitante de Taiji no perciba cierta ironía en el juicio moral que le llega desde sociedades que consumen carne por toneladas sin haber mirado nunca a los ojos al animal que se comen.
Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón quedó devastado y hambriento, la carne de ballena se volvió un pilar de la dieta nacional. Bajo la ocupación estadounidense, el general Douglas MacArthur autorizó la expansión de la caza ballenera precisamente porque era una fuente barata y abundante de proteína para un país al borde de la inanición. Toda una generación de japoneses creció comiendo ballena en los comedores escolares. Aquel sabor quedó grabado como memoria de infancia, como nostalgia, como el gusto de haber sobrevivido a la catástrofe.
Ese detalle es esencial, porque explica por qué la ballena en Japón nunca fue solo alimento. Fue el símbolo de un país que se levantó de las cenizas. Cuestionar la caza de ballenas, para ciertos sectores, es cuestionar una parte del relato de resurrección nacional. Y ahí es donde la biología, la economía y la geopolítica empiezan a chocar.
La ciencia que era un permiso disfrazado
En 1986 entró en vigor la moratoria de la Comisión Ballenera Internacional, un acuerdo global para detener la caza comercial de ballenas ante el colapso de las poblaciones. Muchas especies habían sido llevadas al borde de la extinción por la caza industrial del siglo XX, que con buques factoría y arpones explosivos había matado a cientos de miles de ejemplares en pocas décadas. La moratoria fue una victoria del movimiento conservacionista. Japón inicialmente presentó una objeción formal, que luego retiró bajo presión. Y luego encontró una grieta.
El acuerdo permitía la caza con fines de investigación científica. Y Japón lanzó su programa de "caza científica" en el océano Antártico en 1987, y años más tarde, en 1994, en el Pacífico Norte, bajo nombres técnicos. La lógica oficial era estudiar las poblaciones de ballenas para gestionar su recuperación. Pero había un detalle incómodo que casi nadie en Occidente terminaba de creer: la carne de las ballenas "estudiadas" terminaba en el mercado, en restaurantes, en supermercados. La investigación producía filetes.
Durante casi tres décadas, esa fue la ficción operativa. Los balleneros japoneses navegaban hasta el santuario antártico, cazaban cientos de rorcuales cada temporada, y presentaban los datos como ciencia. Los grupos ecologistas —Sea Shepherd y Greenpeace a la cabeza— los persiguieron con embarcaciones, los grabaron, los denunciaron, chocaron literalmente contra sus cascos en el mar helado. Las imágenes de esos enfrentamientos dieron la vuelta al mundo.
El punto de quiebre llegó en 2014. La Corte Internacional de Justicia de La Haya, tras una demanda presentada por Australia, dictaminó que el programa japonés en el Antártico no cumplía criterios científicos genuinos y ordenó su suspensión. Fue un golpe. Un tribunal internacional le decía a Japón, con todas las letras, que su ciencia era una fachada. Japón acató la sentencia para ese programa específico, pero reformuló sus operaciones y siguió cazando bajo nuevos diseños, ajustando cuotas y metodologías.
Y entonces, en diciembre de 2018, Japón tomó la decisión más drástica: anunció su retirada de la Comisión Ballenera Internacional. Se salía del organismo que regulaba la caza mundial. La medida se hizo efectiva a mediados de 2019. El mensaje era inequívoco: si no podían cazar dentro de las reglas del club, abandonarían el club. A cambio, prometieron dejar de cazar en aguas antárticas y del hemisferio sur, y limitar la caza comercial a sus propias aguas territoriales y zona económica exclusiva.
Fue presentado como un repliegue y como una afirmación de soberanía a la vez. Ya no habría más expediciones al fin del mundo, no más persecuciones en el hielo antártico, no más caza disfrazada de ciencia. Pero sí habría caza comercial abierta, declarada, en casa. Japón dejó de fingir. Y para muchos observadores, esa honestidad brutal era casi más incómoda que la hipocresía anterior.
El mercado que se apaga mientras el arpón se afila
Aquí está el detalle que rara vez aparece en los titulares indignados: el gran enemigo de la caza de ballenas en Japón no es el activismo extranjero. Es la indiferencia japonesa. Las generaciones más jóvenes apenas comen carne de ballena. Para un adolescente de Tokio o de Osaka, la ballena no es nostalgia ni identidad: es una carne extraña, cara, que sus abuelos comían y que él nunca pediría en un restaurante. El consumo nacional se ha desplomado hasta convertirse en una fracción minúscula de lo que fue en los años de posguerra.
Existen enormes reservas congeladas de carne de ballena que no encuentran comprador. La industria sobrevive, en buena parte, gracias a subsidios públicos. Es una paradoja amarga: Japón libró una guerra diplomática de décadas, se enfrentó a tribunales internacionales, soportó campañas de desprestigio global y sacrificó capital político por defender una industria que su propia población ha ido abandonando en silencio. Se peleó por el derecho a hacer algo que cada vez menos japoneses quieren hacer.
Nadie sabe con certeza cuánto tiempo puede sostenerse una industria así. Lo que sí se sabe es que la caza de ballenas dejó de ser, hace tiempo, un asunto de proteínas. Se convirtió en un asunto de principios, de orgullo, de resistencia a que actores externos dicten qué puede comer una nación y qué no. Cada arpón disparado hoy en aguas japonesas es menos un acto de pesca que una declaración política.
Un ritual que sobrevive a su propia utilidad
En julio de 2019, apenas Japón consumó su salida de la Comisión Ballenera Internacional, los primeros barcos zarparon con banderas ondeando para reanudar oficialmente la caza comercial. Los ancianos de los puertos balleneros lo celebraron como una liberación, como el fin de décadas de humillación internacional. Los pescadores volvían a poder llamar a las cosas por su nombre. Ya no cazaban en nombre de la ciencia. Cazaban porque siempre lo habían hecho, porque era su oficio, porque el mar seguía siendo suyo.
Y en Taiji, y en templos por todo Japón, se siguen celebrando las ceremonias de agradecimiento. Se sigue encendiendo incienso por las almas de los animales. Se sigue rezando ante las estelas de piedra donde reposan, simbólicamente, las ballenas cazadas a lo largo de los siglos. El país que agradece al océano continúa clavando arpones en él, sin sentir que se contradice, porque en su gramática moral la gratitud y la muerte nunca fueron opuestas. Fueron, siempre, la misma frase. Japón no reza a pesar de cazar. Japón caza y reza porque, en su relato de sí mismo, quitar una vida obliga a dar las gracias por ella.