El cadáver que midió cinco pies y dos pulgadas
El 6 de mayo de 1821, en una habitación húmeda de Longwood House, en la isla de Santa Elena, un grupo de hombres se inclinó sobre un cuerpo. Afuera, el viento del Atlántico Sur golpeaba las ventanas de aquella casona azotada por la humedad, una construcción que el propio difunto había detestado durante años de exilio. Adentro, el médico corso Francesco Antommarchi preparaba sus instrumentos para una autopsia que sería observada por testigos británicos, porque nadie en aquel rincón perdido del mundo quería que se dijera después que el emperador había muerto envenenado o que su cuerpo había sido manipulado.
El hombre sobre la mesa había gobernado un continente. Había coronado a sus hermanos como reyes, redibujado las fronteras de Europa, promulgado un código civil que sobreviviría dos siglos. Ahora yacía inerte, hinchado por la enfermedad que le había devorado el estómago, rodeado de británicos que lo habían vigilado hasta el último aliento.
Y entonces alguien tomó la medida. El registro de la autopsia anotó la estatura del cadáver: cinco pies y dos pulgadas. La cifra, escrita con la frialdad de un documento oficial, se convertiría en la prueba definitiva de una de las leyendas más persistentes de la historia moderna.
Pero esos cinco pies y dos pulgadas no eran británicas. Eran francesas. Y esa diferencia, ese pequeño malentendido entre dos sistemas de medición, bastó para encoger a un emperador en la memoria del mundo.
Dos varas para medir a un mismo hombre
El problema empieza con algo tan banal como una unidad de longitud. En 1821, Francia todavía convivía con su antiguo sistema de medidas, el de los *pieds de roi*, los pies del rey, anterior a la revolución métrica. Una pulgada francesa, el *pouce*, era sensiblemente más larga que la pulgada inglesa. Por eso, cuando Antommarchi anotó "cinco pies, dos pulgadas y cuatro líneas", estaba usando la vara francesa, no la británica.
Traducido al sistema imperial inglés, aquel número equivalía a unos cinco pies y seis o siete pulgadas. En medidas modernas, alrededor de un metro sesenta y ocho o setenta centímetros. No era un gigante, pero tampoco era el enano de las caricaturas. Para un francés nacido a mediados del siglo XVIII, era una estatura perfectamente corriente, incluso ligeramente por encima del promedio de un soldado de infantería de su época.
La confusión, sin embargo, ya estaba sembrada. Los británicos que leyeron "cinco pies y dos pulgadas" lo interpretaron en su propia vara, y de pronto el coloso europeo se transformó en un hombrecillo de apenas un metro cincuenta y siete. Era demasiado bueno para no creerlo. El enemigo más temido del Imperio Británico, el ogro que había hecho temblar a reyes, resultaba ser, según los números, un pigmeo iracundo.
Hay que entender quiénes rodeaban a Napoleón en su exilio para comprender por qué nadie corrigió el error. Santa Elena estaba bajo el mando del gobernador Hudson Lowe, un militar rígido, obsesionado con el reglamento, que había convertido la custodia del emperador en una guerra personal de mezquindades. Lowe regateaba la leña, controlaba la correspondencia, discutía hasta el tratamiento que debía darse al prisionero. Negaba con saña el título imperial y se refería a Napoleón simplemente como "el general Bonaparte". Es difícil imaginar que en aquel ambiente de hostilidad burocrática alguien tuviera el menor interés en aclarar que el difunto medía, en realidad, una cuarta más de lo que sugerían las cifras.
Los testigos franceses que acompañaron a Napoleón en el destierro —Montholon, Bertrand, el fiel ayuda de cámara Marchand— sí conocían su estatura real, la que habían visto durante años a su lado. Pero sus memorias tardarían en publicarse, y para entonces la caricatura ya había echado raíces en la imaginación europea. La verdad llegó tarde, como suele llegar, cuando la mentira ya se había vestido de hecho histórico.
Existe además un detalle que alimentó el malentendido durante su vida. Napoleón solía rodearse de su guardia personal, los granaderos de élite de la Guardia Imperial, hombres seleccionados precisamente por su gran estatura. Junto a aquellos colosos de gorros de piel de oso, el emperador parecía pequeño por contraste. Cualquier observador que lo viera entre sus guardias se llevaba la impresión de un hombre de baja talla, cuando en realidad era el efecto óptico de estar siempre flanqueado por los soldados más altos de Francia.
El lápiz que ganó la guerra que los cañones perdieron
Pero la confusión métrica no lo explica todo. Para entender por qué Napoleón quedó grabado en la memoria colectiva como un enano, hay que viajar a Londres, a los talleres llenos de tinta de los caricaturistas británicos, varios años antes de aquella autopsia en Santa Elena.
El gran arquitecto de la leyenda tuvo nombre: James Gillray, el más feroz e influyente de los caricaturistas ingleses de su tiempo. Desde principios del siglo XIX, Gillray dibujó a Napoleón una y otra vez como una figura diminuta, ridícula, gesticulante. Lo bautizó "Little Boney" —el pequeño Boney, diminutivo despectivo de Bonaparte— y lo convirtió en un personaje de pataletas infantiles, un hombrecito vestido con un uniforme demasiado grande, rabioso y desproporcionado.
La caricatura era un arma de guerra. Mientras los ejércitos de Napoleón aplastaban a las coaliciones europeas en el campo de batalla, Inglaterra libraba una batalla distinta: la de la opinión pública. Y en ese terreno, el lápiz de Gillray y de sus colegas hizo más daño que muchos cañones. Reducir al enemigo a un muñeco ridículo era una forma de desactivar el miedo, de convertir al ogro invencible en objeto de burla. Un pueblo que se ríe de su enemigo lo teme menos. La estrategia funcionó tan bien que el "Little Boney" se volvió un personaje popular, reproducido en grabados, panfletos y conversaciones de taberna.
Lo que hace fascinante a esta historia es que la propaganda terminó por sobrevivir a sus creadores y a su propósito. Gillray dibujaba con una intención política inmediata, atizar el patriotismo británico frente a la amenaza de invasión. Probablemente ni él mismo imaginó que su caricatura del hombrecillo iracundo se fundiría con el malentendido métrico de la autopsia para crear un mito que duraría dos siglos. Dos errores independientes —uno deliberado, otro accidental— se reforzaron mutuamente hasta volverse indistinguibles de la realidad.
Y conviene recordar quién era el blanco de esas burlas. Napoleón Bonaparte había nacido en Ajaccio, en la isla de Córcega, en 1769, apenas un año después de que la isla pasara a manos francesas. Era, en el fondo, un provinciano de la periferia, un corso de acento marcado al que la aristocracia francesa miraba con cierto desdén. Esa condición de forastero, de advenedizo que había escalado desde la nada hasta el trono, lo hacía un blanco perfecto para el desprecio. Llamarlo pequeño no era solo una cuestión de centímetros: era una manera de negar su grandeza, de recordarle que, para los viejos poderes de Europa, nunca dejaría de ser un intruso de baja cuna.
Hay incluso una ironía adicional en el apodo francés que lo acompañó. A Napoleón se le conocía cariñosamente entre sus tropas como *le petit caporal*, el pequeño cabo. Pero "pequeño" allí no aludía a su estatura, sino al afecto, a la cercanía con la que sus soldados lo trataban tras sus primeras victorias en Italia. El mote nacía del cariño de la tropa hacia un comandante que compartía sus penurias. Visto desde Inglaterra, sin embargo, ese "pequeño" se leyó literalmente, y vino a confirmar lo que las caricaturas ya proclamaban a gritos.
La trampa que esconde la palabra "complejo"
Aquí aparece el detalle que rara vez se cuenta y que cierra el círculo de la ironía. La leyenda de la baja estatura napoleónica fue tan poderosa que terminó por engendrar un concepto que sigue vivo en el lenguaje cotidiano: el "complejo de Napoleón". La idea de que los hombres bajos compensan su falta de altura con ambición desmedida, agresividad y sed de poder se bautizó con el nombre del emperador.
El término, sin embargo, no fue acuñado por historiadores ni por contemporáneos de Bonaparte. Fue popularizado mucho después por psicólogos del siglo XX, que tomaron prestada una figura histórica cuya baja estatura ya se daba por hecho indiscutible. Es decir: un mito construido sobre un malentendido métrico y una campaña de propaganda terminó dando nombre a una supuesta condición psicológica. El error se hizo tan grande que se convirtió en teoría.
Nadie sabe con certeza qué habría pensado Napoleón de todo esto. Pero resulta difícil imaginar una venganza más sutil de la historia: el hombre que conquistó Europa con su genio militar quedó reducido, en la memoria popular, a un ejemplo de inseguridad masculina. La propaganda de sus enemigos no solo lo encogió físicamente; lo encogió también moralmente, atribuyéndole una psicología de resentido que las fuentes de su tiempo no respaldan.
El emperador que sigue creciendo
Hoy, dos siglos después de aquella autopsia en Santa Elena, los historiadores coinciden en que Napoleón medía alrededor de un metro setenta, una estatura normal e incluso ligeramente superior a la media de los franceses de su generación. La cifra de "cinco pies y dos pulgadas" sigue circulando, pero quienes se molestan en investigar descubren que se trataba de medidas francesas mal traducidas, y que el supuesto enano era, en realidad, un hombre de talla corriente rodeado de granaderos gigantes y perseguido por el lápiz más afilado de Inglaterra.
La leyenda, sin embargo, se niega a morir. Es más cómodo, más divertido, más útil creer que el conquistador de Europa fue un hombrecillo iracundo. Las mentiras bien construidas tienen esa cualidad: sobreviven porque sirven, porque consuelan, porque convierten lo temible en ridículo. James Gillray ganó, al final, la guerra que los ejércitos de su país tardaron veinte años en ganar en el campo de batalla. Napoleón conquistó continentes, pero los caricaturistas británicos conquistaron algo más duradero: la imagen que el mundo guardaría de él para siempre. El emperador midió un metro setenta. La leyenda, en cambio, no ha dejado de encogerlo.