El día que un ejército derrotado aprendió a marchar hacia su tumba
Era todavía de noche cuando los automóviles partieron desde la Granjita Siboney hacia Santiago de Cuba. Los hombres iban apretados en los vehículos, muchos con menos de veinticinco años, algunos apenas adolescentes, la mayoría reclutas sin experiencia real de combate. Llevaban uniformes del ejército de Fulgencio Batista y armas que en algunos casos no sabían disparar del todo. Aquella madrugada del 26 de julio de 1953 iban a asaltar el segundo cuartel militar más importante de Cuba.
Del otro lado, avanzando también en la oscuridad, venían los atacantes: alrededor de 130 jóvenes, casi todos civiles, obreros, estudiantes, empleados, organizados en secreto durante meses. Iban vestidos con uniformes militares improvisados para confundir a los centinelas. Los guiaba un abogado de veintiséis años llamado Fidel Castro Ruz, que había planeado tomar por sorpresa el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, apoderarse de su arsenal y encender una insurrección nacional contra la dictadura.
Nada salió como estaba escrito. Un automóvil de la caravana rebelde se topó con una patrulla exterior antes de tiempo. Se dio la alarma. Los disparos empezaron cuando la mayoría de los asaltantes aún no había alcanzado sus posiciones. En cuestión de minutos, la sorpresa —único elemento que hacía viable el plan— se evaporó en el aire caliente del amanecer santiaguero.
Lo que siguió no fue una batalla. Fue una masacre a medias y una fuga desesperada. Y sin embargo, cinco años y medio después, aquel fracaso sangriento se convertiría en la fecha más celebrada de una revolución victoriosa.
Un plan condenado desde la primera bala
Para entender por qué unos jóvenes armados con escopetas de caza y unos pocos rifles se lanzaron contra un cuartel defendido por cientos de soldados profesionales, hay que retroceder a marzo de 1952. Ese mes, Fulgencio Batista dio un golpe de Estado que canceló las elecciones previstas y liquidó el orden constitucional cubano. Para una generación de jóvenes formados en la retórica republicana y en la figura del héroe nacional José Martí, aquello fue una humillación intolerable.
Fidel Castro, entonces un joven abogado vinculado al Partido Ortodoxo, pertenecía a esa generación indignada. Cuando comprendió que las vías legales estaban cerradas, empezó a reunir hombres. No provenían de las élites: eran trabajadores, pequeños empleados, algún médico, algún poeta. Los entrenaban en las afueras de La Habana bajo pretextos, sin que la mayoría supiera cuál sería el objetivo final hasta pocas horas antes.
El plan era audaz hasta la temeridad. Tomar el Moncada permitiría armar a cientos de nuevos combatientes con las armas del propio ejército y, según el cálculo optimista de los organizadores, provocar un levantamiento popular en el oriente cubano. Simultáneamente, un grupo menor atacaría el cuartel de Bayamo para cubrir la retaguardia. Era un plan que dependía por completo de que todo funcionara con precisión de relojería.
Pero la relojería la manejaban seres humanos exhaustos, que habían viajado de noche, que no conocían bien la ciudad y que en varios casos se perdieron en el laberinto de calles de Santiago. Algunos coches se extraviaron y nunca llegaron al punto de ataque. Otros combatientes, al escuchar el tiroteo, quedaron atrapados sin poder avanzar ni retroceder.
Entre los atacantes iba también un puñado de mujeres. Haydée Santamaría y Melba Hernández formaban parte del grupo, encargadas de tareas de apoyo y del cuidado de los heridos en una posición cercana. Sus nombres, entonces desconocidos, quedarían grabados en la memoria de aquel día por razones que pronto se volverían insoportables.
La resistencia del cuartel fue inmediata y feroz. Los soldados, repuestos del primer desconcierto, respondieron con fuego cerrado desde posiciones fortificadas. Los asaltantes, descubiertos y superados en número y en armamento, comprendieron en pocos minutos que el asalto había fracasado. Fidel Castro ordenó la retirada. Muchos lograron dispersarse hacia las montañas. Otros no tuvieron esa suerte.
En el combate murieron algunos atacantes y varios militares. Pero la cifra más terrible no la produjo la batalla, sino lo que vino después, cuando el fragor de los disparos se apagó y empezó la venganza.
La represalia que convirtió a los muertos en símbolos
Tras el fracaso del asalto, las fuerzas de Batista capturaron a decenas de participantes. Y aquí la historia se oscurece de un modo que ni el propio combate había anticipado. Muchos de los prisioneros fueron torturados y asesinados fuera de todo combate, en los días posteriores al 26 de julio. Los cuerpos, en algunos casos, fueron dispuestos para simular que habían caído luchando.
Se ha documentado ampliamente que el número de muertos por la represión posterior superó con creces al de los caídos durante el asalto mismo. La brutalidad fue tal que generó rechazo incluso en sectores que no simpatizaban con los rebeldes. La saña convirtió a un grupo de asaltantes derrotados en mártires, y transformó una acción militar fallida en un escándalo moral que sacudió la conciencia del país.
Entre los detenidos que sobrevivieron a esos primeros días estaba Abel Santamaría, uno de los principales lieutenants de Fidel y hermano de Haydée. Su destino fue especialmente atroz. Según los relatos que circularon después y que se convirtieron en parte de la memoria del Moncada, Abel fue torturado y asesinado durante su cautiverio. La imagen de Haydée Santamaría, que perdió allí a su hermano y a su novio, quedó como una de las heridas fundacionales del relato revolucionario.
Fidel Castro logró escapar hacia las montañas con un pequeño grupo, pero fue capturado días después. Su suerte fue distinta a la de muchos compañeros, en parte porque el oficial que lo detuvo, el teniente Pedro Sarría, se negó a ejecutarlo en el acto pese a las órdenes que circulaban. Aquella decisión de un militar del ejército enemigo —"no se matan las ideas", se le atribuye haber dicho— cambió el curso de la historia cubana, aunque probablemente Sarría nunca imaginó el alcance de lo que hacía.
Llevado a juicio, Fidel Castro, abogado de formación, convirtió el tribunal en tribuna. Asumió su propia defensa y pronunció un extenso alegato que terminaría con la frase que se volvería consigna: "La historia me absolverá". Aquel discurso, reconstruido y difundido después, transformó la derrota militar en una plataforma política. El asaltante vencido se presentó ante Cuba como acusador de la dictadura.
Castro fue condenado a prisión y enviado, junto a otros supervivientes, a la Isla de Pinos. No cumpliría toda la condena: en 1955, bajo presión de la opinión pública y en un gesto de aparente magnanimidad, Batista concedió una amnistía que liberó a los presos del Moncada. Fue una decisión que la dictadura lamentaría profundamente.
El nombre que nació de una fecha
Aquí aparece el detalle que suele quedar sepultado bajo el peso de la fecha misma. El asalto al Moncada no solo dio origen a una conmemoración: dio origen a un nombre. La organización que Fidel Castro estructuró después, aún en Cuba antes de partir al exilio mexicano, se llamó Movimiento 26 de Julio, precisamente en honor a la fecha del ataque fracasado.
Es una inversión notable del sentido común. Los movimientos suelen nombrarse por sus victorias, por sus fundadores, por sus ideales. El movimiento que terminaría derrocando a Batista eligió llamarse por el día de su peor derrota. La fecha del fracaso se convirtió en el estandarte, en la marca, en el grito de guerra. Cada vez que se pronunciaba "26 de Julio" se invocaba, en realidad, la memoria de una carnicería perdida.
Esa decisión revela una intuición política extraordinaria. Fidel Castro comprendió, quizá antes que nadie a su alrededor, que en Cuba el martirologio pesaba más que el triunfo táctico. El país veneraba a José Martí, muerto en combate a los pocos días de desembarcar en 1895 sin haber ganado ninguna guerra. La cultura política cubana estaba saturada de héroes caídos. El Moncada, con sus muertos torturados y su joven abogado desafiante, encajaba en ese molde con precisión escalofriante.
De la sangre derramada a la fiesta nacional
Liberados por la amnistía, Fidel Castro y sus compañeros partieron a México, donde se prepararon para volver. En diciembre de 1956 desembarcaron del yate Granma en las costas orientales de Cuba. Ese desembarco también fue, en términos militares, un desastre casi total: la mayoría de los expedicionarios murió o fue capturada en los primeros días. Pero un pequeño núcleo, con Fidel, su hermano Raúl, Ernesto "Che" Guevara y Camilo Cienfuegos entre ellos, alcanzó la Sierra Maestra y desde allí construyó, en poco más de dos años, la guerrilla que terminaría venciendo.
El 1 de enero de 1959, Batista huyó de Cuba. La revolución había triunfado. Y cuando llegó el momento de establecer las fechas sagradas del nuevo régimen, la elegida no fue el día de la victoria, sino el del sacrificio: el 26 de julio quedó consagrado como fecha nacional, aniversario del asalto al Moncada. Cada año, la Cuba revolucionaria celebra con actos multitudinarios el aniversario de aquella madrugada en que un puñado de jóvenes fue derrotado, torturado y asesinado a las puertas de un cuartel que nunca llegaron a tomar.
Así, la fiesta más triunfal del calendario cubano conmemora, en su origen exacto, una derrota sangrienta. La paradoja no es un accidente ni un olvido: es el corazón mismo del relato. La revolución eligió recordarse no por el día en que ganó, sino por el día en que casi todos murieron. Convirtió el fracaso en fundación, la sangre de los torturados en cimiento, la humillación militar en épica nacional.
El cuartel Moncada sigue en pie en Santiago de Cuba, convertido hoy en escuela y museo. Sus muros conservaron durante años las marcas de los disparos. Cada 26 de julio, mientras suenan los discursos y desfilan las multitudes, quienes conocen la historia completa saben que están celebrando el aniversario de una masacre perdida. Los jóvenes que partieron aquella madrugada en automóviles, muchos de ellos hacia una muerte atroz que llegaría no en el combate sino después, en manos de sus captores, nunca supieron que su fracaso se transformaría en la fecha más celebrada de su país. Marcharon convencidos de que iban a tomar un cuartel. En realidad, iban a fundar un mito. Y los mitos, como bien supo aquel abogado de veintiséis años que se defendió a sí mismo ante un tribunal, no se construyen con victorias: se construyen con muertos que la historia se niega a olvidar.