El doctor que enviaba palabras desde una celda
En una tarde de finales del siglo XIX, un editor llamado James Murray subió a un tren con destino a Crowthorne, en el condado de Berkshire. Llevaba años carteándose con uno de sus colaboradores más brillantes, un hombre que le enviaba miles de citas meticulosamente ordenadas, siempre con una caligrafía firme y una erudición que asombraba. Murray sabía perfectamente adónde se dirigía y a quién iba a visitar: un interno del Asilo de Broadmoor para criminales dementes, un hombre recluido tras haber matado a un inocente en las calles de Londres. Nada en aquellas cartas eruditas había logrado prepararlo del todo para el encuentro.
Cuando el carruaje se detuvo frente al edificio imponente, Murray descendió, se ajustó el abrigo y entró dispuesto a conocer en persona a su corresponsal más productivo. La visita estaba prevista y acordada de antemano; los responsables de la institución lo esperaban. Murray fue conducido al interior de aquel asilo que no era una residencia de campo ni un hospital corriente, sino la institución destinada a los criminales considerados dementes, y allí, finalmente, se encontró cara a cara con el doctor W. C. Minor.
El hombre que tenía delante era culto, cortés, de modales refinados. Pero vivía recluido entre aquellos muros desde hacía años, encerrado tras haber matado a un hombre en las calles de Londres. Esa escena —relatada durante décadas como el corazón de una de las historias más extraordinarias de la lexicografía— condensa el enigma que definiría a dos hombres unidos por el amor a las palabras y separados por los muros de un manicomio: uno construía el diccionario más ambicioso jamás concebido; el otro lo alimentaba desde una celda, con la mente rota y las manos manchadas por un crimen.
Un cirujano de guerra que nunca volvió del campo de batalla
William Chester Minor había nacido en Ceilán, hijo de misioneros congregacionistas estadounidenses. De familia culta y devota, creció entre idiomas, lecturas y una educación rigurosa que lo llevó a estudiar medicina en Estados Unidos. Se graduó como cirujano y, durante la Guerra Civil estadounidense, se alistó en el ejército de la Unión. Fue allí, entre la sangre y el horror de los hospitales de campaña, donde algo se quebró para siempre en su interior.
Los historiadores señalan que uno de los episodios que lo marcó ocurrió en la batalla de The Wilderness, en 1864, uno de los enfrentamientos más brutales del conflicto. Según se ha narrado, Minor recibió la orden de marcar a fuego a un desertor irlandés, un castigo atroz que dejó cicatrices no solo en la víctima, sino también en quien lo ejecutó. Nadie sabe con certeza cuánto pesó aquel acto en su psique, pero a partir de entonces comenzó a desarrollar delirios persecutorios que lo acompañarían el resto de su vida.
Minor se convenció de que hombres —muchas veces identificados en su mente como irlandeses— entraban por las noches en su habitación para torturarlo, envenenarlo o abusar de él. La paranoia lo consumía. El ejército terminó por licenciarlo y, con una pensión que le permitía cierta holgura económica, buscó refugio y tratamiento sin éxito. Probablemente creyó que cambiar de país lo salvaría de sus perseguidores imaginarios. Cruzó el Atlántico y se instaló en Londres, en el barrio de Lambeth, una zona pobre y densamente poblada.
Pero los demonios que lo acosaban no entendían de fronteras. En la madrugada del 17 de febrero de 1872, Minor salió a la calle armado con un revólver, convencido de que un intruso había entrado en su cuarto. En la penumbra vio a un hombre caminando y, sin dudarlo, disparó. La víctima era George Merrett, un trabajador de una cervecería que se dirigía a su turno de madrugada para mantener a su familia. Merrett no había hecho nada. No conocía a Minor. Simplemente pasaba por allí.
George Merrett murió a causa de las heridas. Dejó viuda y varios hijos. Su asesinato, absurdo y gratuito, fue el producto de una mente enferma que veía enemigos donde solo había un padre de familia madrugando para trabajar. Es difícil imaginar el terror de aquel instante, la confusión de un hombre corriente abatido por otro que jamás llegó a comprender lo que había hecho.
En el juicio, el tribunal británico determinó que Minor no era responsable de sus actos por razón de locura. En lugar de la horca o la prisión, fue enviado al recién construido asilo de Broadmoor, la institución destinada a los criminales considerados dementes. Allí, en 1872, comenzó un encierro que se prolongaría durante décadas. Y allí, paradójicamente, encontraría el propósito que daría sentido a sus años de reclusión.
Una convocatoria impresa que llegó hasta su celda
Mientras Minor se hundía en la rutina del asilo, en otra parte de Inglaterra se gestaba una empresa colosal. La Sociedad Filológica de Londres había concebido la idea de crear un diccionario que registrara cada palabra de la lengua inglesa, con su historia, su evolución y ejemplos de uso extraídos de la literatura a lo largo de los siglos. No un diccionario cualquiera, sino el diccionario definitivo: lo que hoy conocemos como el Oxford English Dictionary.
El proyecto era tan gigantesco que resultaba imposible acometerlo con un equipo cerrado de académicos. La solución fue revolucionaria para su época: convertirlo en una obra colaborativa. Se imprimieron y distribuyeron llamamientos pidiendo a voluntarios de todo el mundo angloparlante que leyeran libros, identificaran palabras y enviaran citas que documentaran cómo se habían usado esos términos a lo largo del tiempo. Cada palabra necesitaba ejemplos, y esos ejemplos debían rastrearse a mano, uno por uno, en un océano de textos.
James Murray, un filólogo escocés autodidacta de barba imponente y erudición prodigiosa, asumió la dirección del proyecto en 1879. Trabajaba desde una construcción metálica que llamaba el Scriptorium, rodeado de miles y miles de papeletas que llegaban por correo desde todos los rincones. Necesitaba colaboradores incansables, lectores capaces de peinar volúmenes enteros con paciencia monástica. Y pocos resultaron tan incansables como el hombre encerrado en Broadmoor.
Cómo llegó exactamente la convocatoria a manos de Minor no está del todo claro, pero se ha señalado que un ejemplar de aquel llamamiento pudo llegar a él a través de los libros que adquiría. Porque Minor, con su pensión militar y el trato relativamente privilegiado que recibía como interno educado, había convertido dos celdas contiguas en algo parecido a una biblioteca personal. Compraba libros antiguos, muchos de ellos raros y valiosos, y los acumulaba entre las paredes que lo mantenían apartado del mundo.
Fue allí, entre esos volúmenes, donde Minor encontró su misión. Comenzó a leer con un método propio, extraordinariamente eficiente: en lugar de enviar citas al azar, elaboró sus propios índices de las palabras que aparecían en sus libros, de modo que cuando los editores necesitaban ejemplos de un término concreto, él podía localizarlo casi de inmediato y remitir la cita perfecta. Su sistema resultó tan valioso que sus aportaciones se contaron por miles a lo largo de los años.
Durante mucho tiempo, Murray y su equipo recibieron aquellas papeletas impecables sin saber nada del hombre que las enviaba. La dirección de remite era simplemente Broadmoor, Crowthorne. Nadie en el Scriptorium sospechaba que uno de sus colaboradores más brillantes vivía recluido entre asesinos y enfermos mentales, ni que aquel erudito era él mismo un homicida. Las palabras que enviaba eran limpias, precisas, cultas. La mano que las escribía había apretado el gatillo contra un inocente.
Cuando finalmente se reveló la verdad —tras aquel encuentro o a través de correspondencia previa, según las distintas versiones que se han relatado—, Murray no rechazó a su colaborador. Al contrario. Comenzó a visitarlo con regularidad. Entre el editor y el interno nació una amistad singular, forjada sobre el amor compartido a la lengua inglesa, una relación que ambos cultivaron durante años a pesar del abismo que separaba sus circunstancias.
El acto extremo de un hombre atormentado
Pero la historia de Minor esconde un episodio que pocas veces se cuenta y que revela hasta qué punto la enfermedad lo devoraba por dentro, incluso mientras producía trabajo de una lucidez asombrosa. Con el paso de los años, sus delirios no desaparecieron. Seguía convencido de que por las noches lo sacaban de su celda contra su voluntad, lo transportaban a lugares lejanos y lo sometían a abusos. Su mente jamás encontró la paz que la lexicografía parecía prometerle durante el día.
En diciembre de 1902, atormentado por sus obsesiones y quizás por una culpa sexual que lo devoraba, Minor cometió un acto de automutilación extrema: se cortó parte del propio cuerpo. Sobrevivió, pero el episodio evidenció que, tras la fachada del erudito metódico, seguía habitando un hombre profundamente enfermo. La brillantez de sus índices y la crudeza de sus delirios convivían en la misma mente, en la misma celda, en las mismas manos.
Su salud física y mental se deterioró con la edad. Finalmente, gracias en parte a las gestiones de quienes reconocían su valor intelectual y su condición de enfermo más que de criminal peligroso, se autorizó su liberación. En 1910 abandonó Broadmoor y fue enviado de regreso a Estados Unidos, donde pasó sus últimos años internado en instituciones para enfermos mentales. Murió en 1920, lejos de las papeletas y los diccionarios que habían dado sentido a sus décadas de encierro.
Las palabras sobrevivieron a todos
James Murray no vivió para ver terminada su obra. Murió en 1915, cuando el Oxford English Dictionary aún estaba lejos de completarse. El diccionario íntegro no se publicó en su forma final hasta 1928, más de setenta años después de que se concibiera la idea. Fue una empresa que consumió generaciones de eruditos, y en sus páginas quedaron incrustadas, para siempre y de forma anónima, las miles de citas que un asesino recluido había rastreado desde su celda, con la paciencia de quien no tiene nada salvo tiempo y libros.
La historia de William Chester Minor permaneció como una curiosidad conocida entre los estudiosos hasta que el escritor Simon Winchester la rescató y la popularizó a finales del siglo XX, convirtiéndola en una narración que dio la vuelta al mundo. Hoy, cada vez que alguien abre el diccionario más prestigioso de la lengua inglesa y consulta el origen de una palabra, es posible que esté leyendo el fruto silencioso del trabajo de un hombre que mató a un inocente en una calle oscura de Londres, que se torturó a sí mismo en la penumbra de un asilo, y que encontró en las palabras la única redención posible. George Merrett fue enterrado y olvidado por casi todos; su asesino fue inmortalizado en las páginas de la obra que ayudó a construir. La historia rara vez es justa, pero siempre es humana.