El general que llegó tarde a su propia traición
La mañana del 11 de septiembre de 1973, mientras los aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile sobrevolaban Santiago en dirección al palacio de La Moneda —que bombardearían al mediodía—, Pinochet llevaba ya varias horas posicionado en su centro de mando, dirigiendo las operaciones desde allí. No fue un actor tardío en ese amanecer: fue el hombre que esperó hasta que la operación era irreversible para ponerse al frente de ella. Augusto Pinochet Ugarte, comandante en jefe del Ejército desde hacía apenas diecinueve días, llegó a la escena del golpe cuando los demás ya habían encendido el motor.
Esa es la primera incomodidad de la historia oficial. El hombre que durante diecisiete años se presentaría como el salvador providencial de Chile, el militar que supuestamente vio venir el abismo marxista y actuó con decisión heroica, fue en realidad uno de los últimos altos mandos en sumarse a la conspiración. Los almirantes de la Armada en Valparaíso, los oficiales de la Fuerza Aérea, los generales que conspiraban desde semanas antes, no contaban con su lealtad asegurada. Lo observaban. Dudaban de él.
Salvador Allende, esa misma mañana, hizo varias llamadas tratando de localizar a sus generales de confianza. Creía que Pinochet seguía siendo leal al gobierno constitucional. Lo había nombrado precisamente porque parecía el menos político de los altos mandos, el más institucionalista, el que se cuadraba con la legalidad. Sin embargo, Allende supo a media mañana sobre la traición de Pinochet al escuchar los primeros bandos militares, que ya incluían explícitamente su nombre: la voz del golpe lo nombraba enemigo antes de que los aviones sobrevolaran el palacio. Murió en La Moneda sabiendo quién había firmado su condena junto a los otros tres comandantes, quienes promulgarían días después el Decreto Ley N° 27, que disolvía formalmente el Congreso y enterraba la democracia chilena.
Y aquí comienza la verdadera historia: la de un golpe que no fue una cruzada anticomunista improvisada por un patriota, sino una operación largamente planificada por sectores económicos, militares y extranjeros, a la que Pinochet se sumó tarde y de la que después se apropió por completo.
La conspiración no nació en la cabeza de Pinochet
Para entender por qué la frase "Pinochet dio el golpe para salvar a Chile del comunismo" es más mito que historia, hay que retroceder a 1970, cuando Allende ganó las elecciones presidenciales por una mayoría relativa. Desde antes de que asumiera el cargo, la maquinaria para impedir su gobierno ya estaba en marcha. No la encendió ningún general chileno: la encendieron despachos en Washington y oficinas de empresas con intereses en el cobre y las telecomunicaciones chilenas.
Los documentos desclasificados del gobierno estadounidense, conocidos a lo largo de las décadas siguientes, muestran que la administración de Richard Nixon ordenó explícitamente impedir que Allende llegara al poder y, fracasado eso, hacer que la economía chilena "gritara". La famosa instrucción atribuida a Nixon de "hacer aullar la economía" no era una metáfora: era una estrategia de asfixia financiera, de bloqueo de créditos internacionales y de financiamiento a la oposición y a sectores que pudieran desestabilizar al gobierno.
En octubre de 1970, mucho antes de que Pinochet fuera siquiera una figura relevante, se produjo el asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del Ejército. Schneider era un obstáculo: defendía la doctrina de que las Fuerzas Armadas no debían intervenir en política y debían respetar el resultado electoral. Un grupo de militares y civiles, con apoyo logístico extranjero, intentó secuestrarlo para provocar el caos que justificara un golpe. La operación salió mal y Schneider fue baleado. Murió días después. Esa sangre se derramó tres años antes del 11 de septiembre, y Pinochet no tuvo nada que ver con ella.
Lo que esto revela es incómodo para el relato heroico: la decisión de derrocar a Allende estaba tomada por amplios sectores de poder casi desde el día de su elección. No hubo una revelación súbita de un general iluminado que comprendió el peligro comunista. Hubo tres años de presión sistemática, de desabastecimiento, de paros patronales financiados, de campañas mediáticas y de una economía estrangulada deliberadamente desde dentro y desde fuera.
Mientras tanto, ¿dónde estaba Pinochet? Construyendo una carrera militar discreta, sin perfil político notorio. Allende lo ascendió. Allende confió en él. Allende lo nombró comandante en jefe a fines de agosto de 1973, apenas unos días antes del golpe, precisamente porque lo consideraba un hombre leal a la institucionalidad. Esa es la paradoja que la propaganda posterior necesitó borrar: el dictador fue elevado a su cargo por el presidente que después derrocó.
Los testimonios de quienes conspiraban en esas semanas coinciden en un punto que la dictadura prefirió silenciar: no estaban seguros de Pinochet. Algunos lo consideraban demasiado cercano al gobierno. Hasta muy poco antes del 11 de septiembre, su adhesión definitiva al golpe no estaba garantizada. Cuando finalmente se sumó, lo hizo cuando la operación ya era prácticamente irreversible y cuando negarse habría significado quedar del lado perdedor de la historia militar.
El relato del salvador se construyó después, no antes
Aquí está el detalle que el bronce oficial necesitó enterrar: la narrativa anticomunista como justificación del golpe fue, en gran medida, una construcción posterior, refinada durante los diecisiete años de dictadura para legitimar lo que de otro modo era simplemente la toma violenta del poder.
El golpe no se dio para "salvar a Chile del comunismo" porque Chile no estaba al borde de una toma comunista del poder. Allende gobernaba dentro de la institucionalidad, con un Congreso opositor, una prensa opositora mayoritaria, un Poder Judicial independiente y unas Fuerzas Armadas que hasta semanas antes se habían mantenido formalmente leales. Su proyecto, la "vía chilena al socialismo", era precisamente un intento de construir socialismo respetando la democracia parlamentaria, algo inédito y que generaba tantas dudas en la izquierda dura como furia en la derecha. No había guerrillas tomando ciudades. No había un ejército rojo marchando. Había un país profundamente polarizado, con una economía en crisis agravada deliberadamente, y una clase política incapaz de encontrar salida.
La amenaza comunista existía como temor, como discurso, como bandera movilizadora; pero la decisión de derrocar al gobierno respondía a intereses mucho más concretos: el control del cobre nacionalizado, la reversión de las reformas agrarias y económicas, la restauración de un orden de propiedad amenazado, y la geopolítica de la Guerra Fría que no toleraba un experimento socialista exitoso en América Latina. Salvar a Chile del comunismo era el envoltorio. El contenido era otro.
Y una vez consumado el golpe, Pinochet hizo algo que ninguno de los otros conspiradores logró: se quedó con todo. La Junta Militar inicial era de cuatro miembros, y existía la idea de que la presidencia rotaría entre ellos. Pinochet maniobró para convertirse en jefe único, primero como presidente de la Junta y luego como Jefe Supremo de la Nación. El general que llegó tarde a la conspiración terminó siendo el dueño absoluto de sus frutos.
Lo que la historia terminó revelando
Con los años, conforme se desclasificaron documentos y los protagonistas hablaron, la imagen del salvador providencial se fue desmoronando. Las investigaciones judiciales que persiguieron a Pinochet en sus últimos años de vida no encontraron a un austero patriota: encontraron cuentas secretas en el extranjero, fortunas inexplicables, una red de enriquecimiento personal que contradecía frontalmente la imagen del soldado desinteresado que solo quería salvar a la patria. El hombre que decía haber actuado por amor a Chile había acumulado riqueza oculta mientras gobernaba.
La represión que siguió al golpe tampoco fue la de una guerra defensiva contra un enemigo armado equivalente. Fue una operación de exterminio político contra una población mayoritariamente desarmada. Miles de personas fueron detenidas, torturadas, ejecutadas o desaparecidas. Los informes oficiales posteriores de la propia democracia chilena documentaron las cifras del horror. El Estadio Nacional convertido en campo de prisioneros, la Caravana de la Muerte recorriendo el país ejecutando detenidos, la DINA persiguiendo opositores incluso fuera de las fronteras: nada de eso era la defensa de una nación contra una invasión. Era la consolidación brutal de un poder recién tomado.
Y esa es la inversión final de la frase. Pinochet no dio el golpe para salvar a Chile del comunismo. Se sumó tarde a un golpe que otros habían planeado durante años, lo capitalizó políticamente, lo justificó después con un relato anticomunista que la Guerra Fría hacía verosímil, y lo usó para gobernar diecisiete años, reescribir la economía del país según los modelos que sus asesores civiles habían diseñado, y enriquecerse en el proceso.
El eco que no se apaga
Chile sigue dividido por ese 11 de septiembre. Cada año, la fecha se conmemora entre quienes lloran a los desaparecidos y quienes todavía sostienen, con convicción genuina, que aquel golpe salvó al país de un destino peor. La frase del salvador anticomunista no murió con Pinochet en diciembre de 2006; sobrevive en una parte de la sociedad chilena que se aferra al envoltorio porque enfrentar el contenido es demasiado doloroso. Reconocer que la dictadura no fue una cruzada heroica sino una operación de poder con costos humanos atroces obliga a repensar décadas de historia familiar, política y económica.
Pero los hechos, pacientes, terminaron hablando. El general que Allende nombró por leal, el que llegó tarde a la conspiración, el que se quedó con el poder y la fortuna, murió sin ser condenado, pero también sin la gloria que había construido para sí mismo. Su nombre no quedó grabado como el del salvador de una nación, sino como el del hombre que convirtió un golpe ajeno en una dictadura propia. La historia, que no se deja escribir indefinidamente por los vencedores, terminó devolviéndole la única verdad que él pasó toda su vida intentando enterrar: que nunca fue el héroe de su propia leyenda.