El hombre que alimentaba palomas con la fortuna que nunca cobró
Era enero de 1943, y en una habitación del piso 33 del hotel New Yorker, en Manhattan, un anciano de barba cuidada y trajes impecables pero gastados pasaba sus últimas horas en soledad. Había pedido expresamente que no lo molestaran. Sobre la cómoda, quizá, descansaban los restos de comida que dejaba cada día para las palomas que entraban por la ventana abierta. Una camarera encontró el cartel de "No molestar" colgado en la puerta. Llevaba allí dos días.
El 8 de enero, cuando finalmente entraron en la habitación 3327, el hombre estaba muerto. Tenía, según los registros, 86 años. El médico forense determinó que había fallecido por trombosis coronaria, probablemente la noche del 7 de enero. Murió solo, como había vivido sus últimos años: sin familia cercana, sin esposa, sin hijos, rodeado únicamente de cuadernos llenos de cálculos y de las facturas impagadas de un hotel que jamás había podido liquidar por completo.
Su nombre era Nikola Tesla. Y aunque en aquel cuarto austero costaba creerlo, aquel anciano endeudado había iluminado el mundo. Literalmente.
Las patentes a su nombre se contaban por cientos, repartidas en más de una veintena de países. Sus invenciones movían los motores de las fábricas, transmitían la voz por el aire, hacían girar las turbinas de las centrales eléctricas. Y sin embargo, el genio que diseñó el sistema sobre el que se construyó la era moderna no tenía con qué pagar el alquiler.
Un inmigrante con cuatro centavos y un cuaderno de ideas
Tesla había llegado a Nueva York en junio de 1884, procedente de Europa. Según la versión que él mismo contaba, desembarcó con apenas unas monedas en el bolsillo, unos pocos centavos, un libro de poemas y una carta de recomendación dirigida a Thomas Edison. La carta, atribuida a Charles Batchelor, contenía una frase que se haría célebre: "Conozco a dos grandes hombres, y usted es uno de ellos. El otro es este joven."
Edison lo contrató. El joven serbio, nacido en 1856 en Smiljan, en lo que entonces era el Imperio austríaco, había estudiado ingeniería y física, hablaba varios idiomas y poseía una memoria que rozaba lo prodigioso: aseguraba poder visualizar máquinas completas en su mente, hacerlas funcionar y detectar fallos sin necesidad de dibujar un solo plano. Pero Edison y Tesla representaban dos visiones irreconciliables del futuro.
Edison defendía la corriente continua. Tesla creía en la corriente alterna, un sistema que permitía transportar electricidad a grandes distancias con pérdidas mínimas. La ruptura entre ambos fue inevitable. Según el propio Tesla, Edison le habría prometido una suma considerable por mejorar sus generadores, y al reclamarla, el estadounidense le respondió que no entendía el humor americano. Tesla renunció.
Durante un tiempo, el inventor que cambiaría el mundo sobrevivió cavando zanjas en las calles de Nueva York por unos pocos dólares al día. Es difícil imaginar la humillación que debió sentir aquel hombre de mente brillante, con la pala en las manos, sabiendo que en su cabeza giraban motores que aún no existían en ninguna parte del planeta.
La fortuna cambió cuando logró atraer inversores y fundó su propio laboratorio. En 1888 patentó su motor de inducción de corriente alterna, y aquel diseño llamó la atención de George Westinghouse, el industrial que se convertiría en su gran aliado. Westinghouse compró las patentes de Tesla por una cifra que incluía regalías por cada caballo de fuerza generado. Sobre el papel, Tesla se convertía en uno de los hombres más ricos de Estados Unidos.
Sobre el papel.
La firma que lo condenó a la pobreza
Llegó entonces la llamada "guerra de las corrientes", una batalla feroz y a menudo cruel entre el sistema de corriente continua de Edison y la corriente alterna de Tesla y Westinghouse. Edison financió en secreto a Harold P. Brown para electrocutar animales en público y demostrar el supuesto peligro del sistema rival. Pero la física estaba del lado de Tesla. La Exposición Universal de Chicago de 1893 se iluminó con su corriente alterna, y poco después el sistema fue elegido para aprovechar la energía de las cataratas del Niágara. El mundo había escogido bando, y había escogido el de Tesla.
Pero la empresa de Westinghouse atravesaba dificultades financieras. Presionado por sus propios inversores, el industrial acudió a Tesla y le explicó que el contrato de regalías amenazaba con hundir la compañía. Lo que ocurrió a continuación es uno de los gestos más extraordinarios y autodestructivos de la historia de la tecnología: Tesla rompió el contrato. Renunció a las regalías que le habrían correspondido por cada unidad de energía generada con su sistema en las décadas siguientes.
Nadie sabe con certeza cuánto dinero dejó de ganar aquel día, pero las estimaciones hablan de una fortuna colosal, posiblemente de muchos millones de dólares de la época. Tesla lo justificó por gratitud y por su fe en la visión compartida con Westinghouse. Probablemente creyó que siempre habría más inventos, más patentes, más fortunas por venir. Era un hombre que pensaba en el futuro de la humanidad, no en su cuenta bancaria.
Esa decisión definiría el resto de su vida. Mientras sus inventos generaban riquezas incalculables para otros, Tesla pasaba de un proyecto ambicioso a otro, gastando todo lo que conseguía en investigaciones cada vez más audaces. Iluminó lámparas sin cables, experimentó con la transmisión inalámbrica de energía, anticipó conceptos que tardarían décadas en materializarse: el control remoto, la comunicación sin hilos, ideas que rozaban lo que hoy llamaríamos radar o smartphones.
Su obra más ambiciosa fue la torre de Wardenclyffe, en Long Island, construida a comienzos del siglo XX con el respaldo financiero del banquero J. P. Morgan. Tesla soñaba con transmitir energía e información de forma inalámbrica a todo el planeta, gratis para cualquiera. Cuando Tesla cambió los planes iniciales y exigió más fondos, Morgan, pragmático ante el éxito más barato de Marconi, retiró su apoyo. La torre quedó inacabada y fue finalmente demolida en 1917 para pagar deudas.
Aquella demolición fue, en cierto modo, el derrumbe de su mayor sueño.
Las palomas, los hoteles y los acreedores
En sus últimos años, Tesla vivió de hotel en hotel, acumulando facturas que no podía pagar. El Waldorf-Astoria, donde residió mucho tiempo, llegó a quedarse con algunas de sus pertenencias como garantía de las deudas. Después pasó al hotel St. Regis, y al Pennsylvania, y finalmente al New Yorker, donde la propia compañía Westinghouse, según diversos relatos, habría terminado cubriendo discretamente parte de sus gastos. El hombre que había renunciado a una fortuna por gratitud era ahora mantenido, en parte, por la empresa a la que había salvado.
Para entonces, su excentricidad se había acentuado. Desarrolló una obsesión por el número tres y por la higiene; evitaba estrechar manos y exigía un número específico de servilletas en sus comidas. Pero su pasión más conmovedora fueron las palomas. Las alimentaba a diario en los parques de Nueva York, las cuidaba cuando enfermaban, e incluso las llevaba a su habitación de hotel.
Tesla habló de una paloma en particular, blanca con tonos grises, a la que decía haber querido como se quiere a un ser humano. Aseguraba que cuando aquella paloma murió, supo que su propia obra de vida había terminado. Es una de las confesiones más extrañas y humanas que dejó aquel hombre que prefería las máquinas a las personas: al final de todo, su mayor afecto fue por un ave que entraba por su ventana.
El detalle que pocos cuentan
Hay un detalle que rara vez aparece en las versiones más difundidas de su historia. Cuando Tesla murió, el gobierno de Estados Unidos, en plena Segunda Guerra Mundial, actuó con notable rapidez. La Oficina de Custodia de Bienes Extranjeros tomó posesión de sus pertenencias, incluidos sus cuadernos, documentos y supuestos prototipos. Se temía que entre sus papeles hubiera planos de un arma capaz de cambiar el curso de la guerra: el llamado "rayo de la muerte", un haz de partículas que Tesla había anunciado años antes.
El físico John G. Trump, del MIT —tío del futuro presidente Donald Trump—, fue uno de los encargados de examinar aquellos documentos. Su conclusión, según los informes desclasificados con los años, fue que los papeles contenían sobre todo especulaciones teóricas y nada de valor militar inmediato. Aun así, parte de su archivo permaneció clasificada durante décadas, alimentando teorías que perduran hasta hoy.
Buena parte de sus pertenencias acabó finalmente en su tierra natal, conservada por su sobrino Sava Kosanović, diplomático yugoslavo. Hoy reposan en un museo dedicado a su memoria en Belgrado, donde también descansan sus cenizas en una urna esférica, la forma que el inventor consideraba perfecta.
La inmortalidad de un nombre
Más de dos mil personas asistieron a su funeral en la catedral de San Juan el Divino, en Nueva York. Llegaron telegramas de presidentes, de premios Nobel, de científicos de todo el mundo. El hombre que había muerto solo y endeudado en una habitación de hotel fue despedido como lo que siempre fue: uno de los inventores más influyentes de la historia de la humanidad.
Apenas unos meses después de su muerte, en junio de 1943, la Corte Suprema de Estados Unidos emitió un fallo que reconocía la prioridad de varias patentes de Tesla en el desarrollo de la radio, por encima de las de Guglielmo Marconi. Llegaba demasiado tarde para que él lo disfrutara, pero la justicia, al fin, pronunció su nombre. Hoy la unidad de medida de la densidad del flujo magnético se llama tesla, en su honor; su rostro ilumina libros, documentales y monumentos; y la corriente alterna que diseñó sigue recorriendo, en este preciso instante, los cables que mantienen encendido el mundo. El hombre que regaló su fortuna y murió contando palomas terminó cobrando la única deuda que importaba: la de la memoria, que ya nunca dejará de pagársela.