El hombre que dibujó el caramelo translúcido mientras Apple agonizaba
Era 1997 y Apple se estaba muriendo. No es una metáfora. La compañía perdía cientos de millones de dólares por trimestre, sus acciones cotizaban cerca de su valor más bajo en una década, y la prensa especializada de Silicon Valley redactaba ya, casi con resignación, los obituarios de la empresa que alguna vez había prometido cambiar el mundo.
En medio de ese desastre, en un estudio discreto del campus de Cupertino, un diseñador británico de treinta años, de abundante cabello y voz suave, daba vueltas a un objeto que aún no existía. No pensaba en márgenes de beneficio ni en cuotas de mercado. Pensaba en algo mucho más extraño para una computadora de aquella época: en cómo hacer que la gente quisiera tocarla.
Se llamaba Jonathan Ive. Y la mayoría del mundo, entonces y ahora, no sabía pronunciar su nombre.
Mientras los titulares se llenaban con el regreso triunfal de Steve Jobs, el cofundador exiliado que volvía a tomar las riendas de la empresa que lo había echado años atrás, un equipo pequeño y casi invisible trabajaba en el producto que decidiría si Apple sobrevivía al siglo. Ese producto sería una computadora de colores, redonda, sin disquetera y con un asa. Una rareza absoluta. Y nacería, en buena medida, de la cabeza del diseñador al que nadie aplaudía en las presentaciones.
Un diseñador a punto de renunciar
Para entender la magnitud de lo que ocurrió, hay que retroceder. Jonathan Ive había nacido en Londres y se había formado en diseño industrial en Newcastle, en el norte de Inglaterra. Antes de llegar a Apple había trabajado en una consultora de diseño británica, donde llegó a diseñar, entre otras cosas, objetos tan poco glamorosos como lavabos. La leyenda silenciosa de Ive es que era extraordinariamente bueno haciendo que los objetos cotidianos parecieran inevitables, como si siempre hubieran debido existir así.
Ive entró a Apple a comienzos de los años noventa, en pleno periodo de decadencia. Eran los años en que la compañía sacaba al mercado decenas de productos confusos, con nombres olvidables y diseños sin alma: impresoras, cámaras digitales prematuras, asistentes personales que nunca despegaron. El más célebre de esos fracasos fue el Newton, un dispositivo adelantado a su tiempo que terminó convertido en sinónimo de promesa incumplida.
En aquel Apple gris y burocrático, el diseño no mandaba. Mandaban los ingenieros de costos, los gerentes de producto, las hojas de cálculo. El talento de Ive estaba ahí, pero sofocado bajo capas de decisiones corporativas que premiaban lo seguro y castigaban lo audaz. Quienes lo conocieron en esa época lo recuerdan frustrado, atrapado en un sistema que no entendía qué tenía entre manos.
Es difícil imaginar que no pensara seriamente en marcharse. Muchos de sus colegas talentosos ya lo habían hecho. La compañía sangraba dinero y prestigio, y el área de diseño parecía condenada a producir cajas beige indistinguibles de las de cualquier competidor. Ive, según se ha relatado en biografías sobre Apple, estaba al borde de abandonar la empresa cuando ocurrió algo que lo cambió todo: regresó Steve Jobs.
Jobs había sido expulsado de Apple en 1985, tras una lucha de poder. Durante su exilio fundó otra empresa de computadoras, NeXT, y se convirtió en figura clave de Pixar. Cuando Apple, desesperada, compró NeXT a finales de 1996, Jobs volvió por la puerta trasera. Y muy pronto, con una mezcla de carisma y crueldad, recuperó el control absoluto.
Lo que casi nadie cuenta es lo que pasó cuando Jobs recorrió los laboratorios de diseño. En lugar de despedir a Ive —como hizo con tantos otros—, lo encontró. Reconoció en aquel británico tímido a alguien que pensaba como él: que un producto no es solo lo que hace, sino lo que hace sentir. A partir de ese encuentro, el diseñador que estaba a punto de irse se convirtió en uno de los hombres más importantes de la historia de la compañía.
La computadora con asa que nadie pidió
El primer gran fruto de esa alianza fue el iMac G3, presentado en mayo de 1998. Hoy es fácil olvidar lo radical que resultaba. En una época en que las computadoras eran rectángulos de plástico color hueso, monótonos hasta el aburrimiento, Ive y su equipo propusieron algo que parecía salido de otro planeta: una máquina de una sola pieza, con forma curva, fabricada en plástico translúcido de color azulado al que llamaron "Bondi Blue", por el tono del mar en una playa australiana.
Se le veían las entrañas. Se adivinaban los componentes a través de la carcasa. Tenía un asa en la parte superior, no porque la gente fuera a cargarla constantemente, sino —según se ha contado sobre la filosofía del diseño de Ive— porque un asa invita a tocar, comunica que el objeto no da miedo, que es accesible, casi humano. En un momento en que la informática intimidaba a millones de personas, aquello era una declaración de principios.
El iMac eliminó la disquetera, una decisión que provocó burlas y predicciones de fracaso. Apostó por puertos modernos que la industria todavía no adoptaba. Y, sobre todo, rompió con la idea de que una computadora debía ser fea, seria y olvidable. Detrás de cada una de esas decisiones de forma había un trabajo de ingeniería brutal: lograr que el plástico translúcido se viera limpio y no barato, que los componentes encajaran en una forma curva, que el conjunto fuera fabricable a escala industrial sin disparar los costos.
Ive obsesionaba a sus equipos con detalles invisibles. Se cuenta que viajó a fábricas para entender los procesos de inyección de plástico, que estudió cómo se fabricaban los caramelos duros para conseguir cierta calidad de transparencia, que peleó por colores que los fabricantes consideraban imposibles o demasiado caros. El resultado no era solo una computadora bonita: era una proeza de manufactura disfrazada de objeto simpático.
Cuando el iMac salió a la venta, ocurrió algo que Apple llevaba años sin experimentar: la gente hizo cola. El producto se vendió por cientos de miles de unidades en sus primeros meses. La compañía, que venía de pérdidas catastróficas, volvió a los números negros. El iMac no solo recuperó dinero; recuperó algo más difícil de medir: el deseo. La idea de que tener un producto de Apple decía algo sobre ti.
Steve Jobs subió al escenario, vistiendo un traje oscuro, y presentó la máquina con la teatralidad que lo haría legendario. Las cámaras lo enfocaron a él. Las portadas llevaron su rostro. Y así quedó grabado en la memoria colectiva: Jobs salvó a Apple. La frase se repitió tantas veces que se volvió verdad incuestionable.
Pero el hombre que había dibujado aquella forma, que había peleado por aquel azul, que había convertido una caja de circuitos en un objeto de deseo, permanecía casi siempre fuera de cuadro. No por falta de mérito, sino porque la narrativa necesitaba un solo héroe, y la cultura prefiere los genios solitarios a los equipos silenciosos.
La sociedad invisible que casi nadie nombra
Lo que los libros de divulgación suelen aplanar es la naturaleza exacta de la relación entre Jobs e Ive. No fue la de un jefe visionario y un empleado ejecutor. Fue, según numerosos relatos sobre el funcionamiento interno de Apple, una colaboración tan íntima que costaba saber dónde terminaba la idea de uno y empezaba la del otro. Jobs llegó a referirse a Ive, en términos recogidos por su biógrafo Walter Isaacson, como un socio espiritual dentro de la empresa, alguien con quien pasaba más tiempo que con casi nadie.
Ive dirigía un estudio de diseño deliberadamente pequeño y hermético, protegido del resto de la corporación. Allí, lejos de las hojas de cálculo, se incubaban los productos antes de que el mundo supiera de su existencia. No era un departamento más: era un santuario. Y de ese santuario saldrían, en los años siguientes, los objetos que definirían el siglo XXI tecnológico.
Pocos lo recuerdan, pero el lenguaje de diseño que nació con aquel iMac translúcido fue la semilla de todo lo demás. La obsesión por la simplicidad, por eliminar lo superfluo, por el detalle invisible que el usuario nunca nota pero siempre siente, se convertiría en la firma de Apple. Y esa firma no la escribió solo Jobs. La escribió, trazo a trazo, el diseñador al que casi nadie mencionaba.
El reconocimiento que llegó tarde y a medias
La historia tuvo continuación durante más de una década. Tras el iMac vinieron el iPod, en 2001, que reinventó la música portátil; el iPhone, en 2007, que reinventó casi todo lo demás; y el iPad, en 2010. En cada uno de esos productos, la mano de Jonathan Ive fue decisiva. Con el tiempo ascendió hasta convertirse en jefe de diseño de Apple y, finalmente, fue nombrado caballero por la corona británica, recibiendo el título de Sir. El reconocimiento institucional llegó. La fama popular, esa que pone tu rostro en una camiseta, nunca lo hizo del todo.
Cuando Steve Jobs murió en 2011, el mundo lloró a un genio. Y lo era. Pero en ese duelo global casi no se mencionó que muchos de los objetos que la gente sostenía en sus manos mientras leían la noticia —el iPhone con el que vieron el titular, el iPad sobre la mesa— habían sido dibujados por un hombre que prefería el anonimato del taller a las luces del escenario. Ive abandonó Apple en 2019, después de casi tres décadas, para fundar su propia firma de diseño. Se fue como había llegado: sin estridencias, con esa voz suave que jamás necesitó gritar para que la escucharan.
Todos conocen a Steve Jobs. Pocos saben pronunciar el nombre del diseñador que, en el peor momento de Apple, se negó a hacer una computadora aburrida. Pero cada vez que alguien acaricia el borde curvo de un teléfono, cada vez que un objeto de cristal y metal se siente, inexplicablemente, como si siempre hubiera debido existir así, ahí está su huella. Invisible. Inevitable. Y profundamente humana.