El hombre que dijo "no" cuando todos decían "Colombia"
Guayaquil amaneció caliente aquel 6 de mayo de 1830, y en el salón de sesiones un hombre de rostro anguloso y mirada dura leía en voz alta un documento que partía un continente. Se llamaba Juan José Flores, tenía poco más de treinta años, y acababa de proclamar el nacimiento de un Estado que hasta ese momento no existía en ningún mapa: el Estado del Ecuador. Afuera, los mismos ríos que habían visto pasar a los ejércitos libertadores seguían corriendo hacia el Pacífico, indiferentes a la historia que se escribía adentro.
Lo que hacía extraordinario aquel momento no era la proclamación en sí. Era quién la firmaba. Flores no era un criollo ilustrado de familia notable ni un abogado formado en las universidades del virreinato. Era un venezolano nacido probablemente en Puerto Cabello, de origen humilde, que había entrado a la guerra siendo casi un niño analfabeto y había aprendido a leer, a escribir y a mandar entre el humo de la pólvora. Era, sobre todo, un soldado que le debía todo a un solo hombre: Simón Bolívar.
Y ese hombre, en aquel mismo mes de 1830, agonizaba política y físicamente. Bolívar había renunciado al poder en enero, la Gran Colombia se desmoronaba como un edificio sin cimientos, y en menos de siete meses el Libertador estaría muerto en una quinta prestada cerca de Santa Marta, empobrecido y despreciado. Mientras el sueño del gran Estado sudamericano se apagaba, su discípulo más leal levantaba las paredes de un país nuevo sobre sus escombros.
La palabra "traición" es fácil de escribir y difícil de sostener. Pero para entender por qué la historia ha marcado a Juan José Flores con ese hierro, hay que volver atrás, a los años en que este mismo hombre habría dado la vida por Bolívar sin pestañear.
El soldado que subió desde el barro
Nadie que lo hubiera conocido de niño habría apostado un centavo por su futuro. Flores creció sin educación formal, en la miseria de una madre soltera, en un puerto venezolano donde la guerra de independencia lo arrastró apenas entrado en la adolescencia. Se enroló en las filas patriotas siendo casi un muchacho y aprendió el oficio de las armas de la única manera posible en aquella época: sobreviviendo a batallas donde la mayoría no sobrevivía.
Ascendió rápido, y no por apellido ni por influencias, sino por valor probado en el campo. Peleó en las campañas del sur, cruzó cordilleras, participó en la larga y sangrienta liberación de lo que hoy es Ecuador. Para 1822, cuando las tropas grancolombianas consolidaban su dominio sobre Quito y Guayaquil, Flores ya era una figura militar de peso, un hombre en quien Bolívar confiaba para gobernar territorios recién arrancados al imperio español.
Aquí conviene detenerse en la geografía del poder. El Distrito del Sur —los actuales Ecuador— era la periferia de la Gran Colombia, esa creación colosal de Bolívar que unía a las actuales Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador bajo una sola bandera. Era un país gobernado desde Bogotá, lejos, muy lejos de Quito y Guayaquil. Y en esa distancia, en ese abandono administrativo, en esa sensación permanente de ser gobernados por extraños, germinaría la semilla de la separación.
Flores fue nombrado jefe militar y político del sur. Se casó con Mercedes Jijón, una mujer de la aristocracia quiteña, y con ese matrimonio el soldado venezolano de origen humilde se insertó en las élites terratenientes de la región que un día gobernaría. El forastero se hizo local. El hombre que había llegado con las botas embarradas por las campañas ahora emparentaba con las familias más poderosas de los Andes.
Durante los años veinte, Flores gobernó el sur en nombre de Bolívar con mano firme. Sofocó rebeliones, mantuvo el orden, administró un territorio difícil y montañoso. Era el brazo del Libertador en el confín meridional de su imperio. Y mientras cumplía esa función, algo cambiaba en él, lentamente, como cambian las lealtades cuando el poder se acerca lo suficiente para tocarlo.
Porque la Gran Colombia se estaba deshaciendo. Las tensiones entre Bogotá y las regiones eran insoportables. Venezuela, bajo José Antonio Páez, empujaba hacia la separación. Y en el sur, los notables guayaquileños y quiteños comenzaban a preguntarse por qué debían obedecer a un gobierno distante que poco entendía de sus intereses. Flores escuchaba. Flores calculaba. Flores esperaba.
El discípulo que enterró el sueño del maestro
En 1830 todo colapsó a la vez. Bolívar, enfermo y derrotado políticamente, dejó el poder en Bogotá en enero. La estructura de la Gran Colombia, ya minada por años de conflictos, se vino abajo. Venezuela se separó. Y en el sur, Juan José Flores no perdió el tiempo.
El 13 de mayo de 1830, una asamblea de notables reunida en Quito proclamó la creación de un Estado independiente. Flores, que controlaba el ejército, fue la figura central de aquel movimiento. El territorio adoptaría el nombre de Ecuador, en referencia a la línea equinoccial que lo atravesaba, una elección de nombre que evitaba deliberadamente favorecer a Quito o a Guayaquil, las dos ciudades rivales que aspiraban a la primacía. En septiembre de ese año, un congreso constituyente reunido en Riobamba dictó la primera Constitución y designó a Flores como primer presidente de la República del Ecuador.
Aquí está el corazón de la acusación de traición. Bolívar aún vivía. El Libertador todavía respiraba cuando su discípulo más cercano, el hombre a quien había encumbrado desde la nada, consumaba la fragmentación de su obra máxima. No hubo puñalada, no hubo conspiración de sangre, pero hubo algo que para muchos resultó peor: el abandono del ideal en el momento exacto de la agonía. Flores no defendió la unidad grancolombiana; la sepultó y se coronó sobre su tumba.
Es difícil imaginar que Flores no fuera consciente del peso simbólico de lo que hacía. Bolívar lo había formado, lo había ascendido, le había confiado el gobierno de todo el sur. Y sin embargo, cuando llegó el momento de elegir entre la lealtad a un sueño moribundo y la oportunidad de fundar un país propio con él a la cabeza, Flores eligió el país. Nadie sabe con certeza qué se movía en su interior en aquellos meses, pero los hechos hablan con una claridad brutal: mientras Bolívar caminaba hacia la muerte, Flores caminaba hacia un trono.
El propio Bolívar, en sus últimos escritos, dejó registrada su amargura ante el derrumbe de todo lo que había construido. La célebre frase que se le atribuye —"He arado en el mar"— resume el sabor de ceniza con que terminó su vida. Y entre quienes habían arado ese mar junto a él, y luego lo habían dejado secar, estaba el hombre que ahora gobernaba en Quito.
Flores presidió el Ecuador en sus años fundacionales. Le tocó la tarea titánica de construir un Estado desde cero: sin instituciones consolidadas, sin economía próspera, con dos regiones —la sierra quiteña y la costa guayaquileña— que se miraban con recelo, con un territorio quebrado por la cordillera y una población mayoritariamente indígena y campesina excluida de todo. Fue presidente en varios períodos durante la primera década y media de vida del país, alternando el poder en un arreglo político conocido después como la "argolla", en el que un puñado de hombres se repartía el control del Estado.
El general que quiso reconquistar su propio país con soldados extranjeros
Hay un capítulo en la vida de Flores que rara vez aparece en los relatos escolares y que revela hasta dónde estaba dispuesto a llegar por el poder. Tras ser finalmente derrocado y expulsado del Ecuador en 1845 —cuando una revolución conocida como la Revolución Marcista puso fin a su dominio—, Flores no se resignó al exilio. Hizo algo que roza lo inconcebible.
Viajó a Europa y organizó una expedición militar para reconquistar el país que él mismo había fundado. Buscó apoyos en España, negoció con potencias europeas, reclutó soldados extranjeros y llegó a plantear proyectos que implicaban establecer una monarquía en tierras sudamericanas, posiblemente con un príncipe europeo, una idea que aterrorizó a las jóvenes repúblicas del continente. El hombre que había roto la Gran Colombia en nombre de la independencia regional estaba ahora dispuesto a traer barcos y tropas del Viejo Mundo para imponerse por la fuerza sobre los ecuatorianos.
La llamada expedición floreana provocó una reacción continental. Gobiernos de varios países sudamericanos vieron en aquel proyecto una amenaza directa: si un caudillo derrocado podía regresar con apoyo europeo y respaldo monárquico, ninguna república estaba a salvo. La presión diplomática y las circunstancias impidieron que la expedición se concretara plenamente, y el proyecto fracasó. Pero el episodio dejó al desnudo la naturaleza del personaje: para Flores, el Ecuador no era del todo una patria, sino también una posesión que sentía tener derecho a recuperar.
El regreso, la muerte y el eco de una palabra
La historia de Flores no terminó en el exilio ni en el fracaso de aquella aventura militar. Con el paso de los años, el viejo general logró reconciliarse con el poder ecuatoriano. Regresó al país y, en las décadas siguientes, volvió a ocupar posiciones de influencia, esta vez aliado con Gabriel García Moreno, la figura dominante de la política ecuatoriana de mediados de siglo. El fundador que había sido expulsado volvió como pilar del nuevo orden, demostrando una capacidad de supervivencia política casi felina. Murió en 1864, ya anciano, todavía involucrado en las campañas militares del Estado que había creado más de tres décadas antes.
Su legado es un nudo que el Ecuador nunca ha terminado de desatar. Es, sin discusión posible, el fundador de la República: el hombre que le dio nombre, primera Constitución y primera presidencia. Sin él, la geografía política de Sudamérica sería otra. Pero es también el general que abandonó a su benefactor en la hora final, el que sepultó el sueño grancolombiano de Bolívar y luego intentó reconquistar por las armas y con ayuda extranjera el país que había fundado. Héroe fundacional y traidor a un ideal continental: las dos cosas caben en el mismo hombre, y ninguna de las dos lo describe por completo.
Quizás el veredicto más honesto sea el más incómodo. Juan José Flores no traicionó por ambición ciega ni por cobardía; traicionó porque supo leer el momento exacto en que un sueño moría y una oportunidad nacía, y eligió la oportunidad. La Gran Colombia estaba condenada con o sin él; la separación del sur era, para muchos historiadores, cuestión de tiempo. Flores no la causó: la aprovechó, la encabezó y le puso su nombre al resultado. El soldado analfabeto que subió desde el barro venezolano terminó siendo el padre de una nación andina que no era la suya de nacimiento.
Bolívar murió creyendo que había arado en el mar. Flores demostró que, a veces, de ese mar arado emergen islas inesperadas, países enteros levantados por manos que un día juraron lealtad a otra bandera. El maestro soñó un continente unido y murió con el sueño roto en pedazos. El discípulo tomó uno de esos pedazos, lo llamó Ecuador, y se hizo llamar su padre. La historia todavía discute cuál de los dos entendió mejor el mundo real. Pero solo uno de los dos tiene un país que lleva la marca de su decisión hasta el día de hoy.