El hombre que firmaba el destino de un país desde un escritorio a más de ocho mil kilómetros

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El hombre que firmaba el destino de un país desde un escritorio a más de ocho mil kilómetros

Era diciembre de 2001, y en las calles de Buenos Aires el sonido ya no era el de los autos ni el de las conversaciones de café. Era el sonido del metal contra el metal: miles de cucharas y cacerolas golpeadas con furia por mujeres asomadas a sus balcones, por hombres que habían dejado el trabajo, por jubilados que habían perdido los ahorros de toda una vida. El "cacerolazo" no tenía líder ni bandera de partido. Era el ruido de un país que se quebraba.

Mientras tanto, frente a un cajero automático en el barrio de Recoleta, un hombre de traje golpeaba el vidrio con los puños cerrados. La pantalla le devolvía un mensaje frío, burocrático: no podía retirar más que una suma irrisoria de su propio dinero. No era pobre. Era un profesional de clase media que, semanas antes, se consideraba a salvo. Ahora estaba atrapado dentro del "corralito", el cerco financiero que restringió drásticamente la extracción de efectivo de millones de argentinos.

A miles de kilómetros, en una oficina silenciosa de Washington, el ambiente era el opuesto exacto. Aire acondicionado, alfombras gruesas, ventanas que daban a avenidas ordenadas. Allí, los economistas del Fondo Monetario Internacional revisaban planillas, proyecciones y memorandos sobre un país que conocían en abstracto, traducido a porcentajes y curvas. Para ellos, Argentina era un caso. Para los de las cacerolas, era la vida entera derrumbándose.

Y entre esos dos mundos —el del vidrio golpeado y el de la alfombra gruesa— se tejió una de las tragedias económicas más estudiadas del siglo. Porque la historia del colapso argentino de 2001 no empieza en Buenos Aires. Empieza, en buena medida, en un escritorio de Washington.

El espejismo que llamaron convertibilidad

Para entender diciembre de 2001 hay que retroceder una década. A comienzos de los noventa, Argentina venía de una hiperinflación devastadora que había licuado salarios y enloquecido los precios de un día para otro. La desesperación abrió la puerta a una idea radical: atar el peso argentino al dólar estadounidense, uno a uno, por ley.

El arquitecto de esa política fue Domingo Cavallo, economista formado en Harvard y ministro de Economía durante el gobierno de Carlos Menem. La llamada "Ley de Convertibilidad", sancionada en 1991, prometía algo casi mágico: diez mil australes valdrían un dólar (lo que en 1992 se traduciría en la paridad de un peso igual a un dólar). La inflación se desplomó. Los precios se estabilizaron. Por unos años, la clase media argentina vivió una ilusión de primer mundo, viajando al exterior, comprando importados, sintiendo que finalmente el país había encontrado la fórmula.

Pero la magia tenía un costo oculto. Atar la moneda al dólar significaba renunciar a la capacidad de devaluar, de ajustar el precio de la moneda cuando la economía lo necesitara. Argentina quedó encadenada a una camisa de fuerza monetaria. Cuando el dólar se fortalecía en el mundo, los productos argentinos se volvían carísimos y nadie los compraba afuera. Las exportaciones se ahogaban. El desempleo trepaba. Y el país, incapaz de imprimir competitividad, empezó a hacer lo único que podía: pedir prestado.

Aquí entra el otro protagonista de esta historia, el que vivía en Washington. El Fondo Monetario Internacional había respaldado el modelo argentino casi desde el principio. Lo había exhibido como ejemplo, como caso de éxito, como prueba de que sus recetas funcionaban. Los desembolsos del FMI llegaban a cambio de promesas: recortar el gasto público, equilibrar las cuentas, reformar el Estado. Cada préstamo era también una correa.

Hacia fines de los noventa, la economía argentina entró en recesión. El desempleo afectaba a una porción enorme de la población activa, y la pobreza crecía año tras año. El gobierno de Fernando de la Rúa, que asumió en 1999, heredó una bomba de tiempo. Y para desactivarla, miró hacia el norte. Hacia Washington.

En el año 2000, el FMI articuló un gigantesco paquete de asistencia conocido como el "blindaje", una suma colosal destinada a frenar la sangría y devolver confianza a los mercados. Era, en teoría, un escudo. En la práctica, fue una transfusión a un cuerpo que seguía desangrándose por dentro. El dinero entraba y salía, los acreedores cobraban, pero la enfermedad de fondo —una moneda sobrevaluada y una deuda impagable— no se curaba con más deuda.

La decisión que encendió la mecha

Para 2001, la situación era insostenible. De la Rúa, en un gesto de desesperación, volvió a llamar al hombre que había construido la convertibilidad una década atrás. Domingo Cavallo regresó al Ministerio de Economía, esta vez como una especie de bombero llamado a apagar el incendio que él mismo había ayudado a encender. Le otorgaron poderes especiales, casi extraordinarios, para tomar medidas de emergencia.

Cavallo intentó de todo. Negoció con el FMI, reestructuró deuda, recortó salarios y jubilaciones del sector público en un porcentaje que golpeó directamente a millones de hogares. La fórmula del ajuste —menos gasto, más recortes— era exactamente la que el Fondo venía recetando desde su sede en Washington. Pero cada recorte hundía más la economía. Menos salarios significaban menos consumo. Menos consumo, menos recaudación. Menos recaudación, más ajuste. Una espiral descendente de la que nadie sabía cómo salir.

Entonces ocurrió lo que probablemente fue el punto de no retorno. La gente, intuyendo que la convertibilidad estaba condenada, empezó a retirar sus dólares de los bancos. Si el sistema iba a colapsar, querían su dinero en mano. Era una corrida bancaria clásica, el terror más antiguo de cualquier sistema financiero: que todos quieran retirar su plata al mismo tiempo, porque ningún banco del mundo tiene físicamente todo el dinero que sus clientes depositaron.

A comienzos de diciembre de 2001, Cavallo tomó la decisión que sellaría su lugar en la historia y la furia de un pueblo entero: restringió la extracción de efectivo de las cuentas bancarias. El "corralito". La medida buscaba evitar que los bancos quebraran por la fuga masiva de depósitos. Pero el efecto en la calle fue devastador. De pronto, millones de personas no podían acceder a su propio dinero. Comerciantes sin efectivo, trabajadores sin sueldo en mano, familias sin poder pagar lo básico.

La sensación fue de robo, de traición, de encierro. El dinero existía en los papeles, en las cuentas, pero estaba fuera del alcance. Y para un país que ya había vivido la hiperinflación, que ya había aprendido a desconfiar de los bancos y del Estado, esa fue la gota que desbordó el vaso. La rabia contenida durante años de recesión, desempleo y promesas incumplidas encontró por fin una causa concreta, palpable, un enemigo con nombre.

Las cuarenta y ocho horas que tumbaron a un gobierno

El 13 de diciembre de 2001, una huelga general paralizó el país. Pero lo peor estaba por venir. El 19 y 20 de diciembre, las protestas estallaron sin control. Hubo saqueos a supermercados en distintas ciudades, motivados por el hambre real de quienes ya no tenían cómo comprar comida. El gobierno declaró el estado de sitio, una medida que en lugar de calmar a la gente la enfureció todavía más, porque evocaba los fantasmas de la última dictadura militar.

Esa noche, miles de personas salieron espontáneamente a las calles desafiando el estado de sitio. El cacerolazo se transformó en una marea humana que confluyó en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. La represión policial fue brutal. En esos días de diciembre murieron decenas de personas en todo el país a causa de la violencia, una cifra que quedó grabada como una de las heridas más profundas de la democracia argentina reciente.

Domingo Cavallo renunció. Y horas después, el 20 de diciembre, Fernando de la Rúa también. Las imágenes de su salida son hoy parte del imaginario colectivo argentino: un helicóptero despegando desde la terraza de la Casa Rosada, llevándose a un presidente que había perdido todo control sobre el país. Abajo, la plaza ardía. Ese helicóptero se convirtió en el símbolo definitivo del colapso: el poder huyendo por el aire mientras el pueblo tomaba la tierra.

Lo que siguió fue un vértigo institucional pocas veces visto. Argentina tuvo varios presidentes en cuestión de días. Uno de ellos, Adolfo Rodríguez Saá, anunció ante el Congreso la suspensión del pago de la deuda externa —el famoso "default"—, y la sala estalló en aplausos, en una escena tan surrealista como reveladora del estado de ánimo nacional. Argentina entraba así en la mayor cesación de pagos soberana de la historia hasta ese momento.

El detalle que rara vez se cuenta

Hay un matiz que suele perderse en la narración épica del helicóptero y las cacerolas. El FMI no solo había respaldado el modelo argentino durante años: en los días finales, cuando todo se desmoronaba, le cerró la puerta. A comienzos de diciembre de 2001, el organismo decidió no desembolsar un tramo de ayuda que el gobierno argentino esperaba con desesperación. Esa retención de fondos fue, para muchos analistas, el empujón final hacia el abismo.

Es difícil imaginar que los funcionarios del Fondo no comprendieran la magnitud de lo que estaba en juego. Sabían que un país entero pendía de esa decisión. Y aun así, atados a sus propias reglas y a su propia lectura de los números, optaron por no soltar el dinero. Años después, el propio organismo reconocería, en evaluaciones internas, errores en su manejo del caso argentino: haber sostenido demasiado tiempo un esquema cambiario insostenible y haber alentado un endeudamiento que se volvió impagable.

Esa es la doble cara de la tragedia. El personaje que la provocó no fue un solo hombre, sino una arquitectura de decisiones tomadas en dos ciudades distintas: las firmadas por Cavallo en Buenos Aires y las firmadas por economistas en oficinas de Washington que nunca golpearon un cajero con los puños ni escucharon el ruido de las cacerolas. Para ellos, Argentina cabía en una planilla. Para los argentinos, la planilla era su vida.

Lo que quedó después del humo

El default argentino derivó en una de las reestructuraciones de deuda más complejas y litigadas de la historia. Durante más de una década, el país peleó en tribunales extranjeros contra fondos de inversión —apodados "fondos buitre"— que habían comprado deuda argentina a precio de remate y exigían el pago completo. Esos juicios, librados en su mayoría en cortes de Nueva York, mantuvieron a la Argentina en un limbo financiero durante años. La sombra de aquel diciembre se proyectó sobre toda una generación.

Domingo Cavallo, el hombre de la convertibilidad y del corralito, sobrevivió políticamente al desastre pero quedó marcado para siempre como uno de los rostros del colapso. El FMI, por su parte, tardó años en recomponer su relación con un país que aprendió a desconfiar profundamente de sus recetas. Y los argentinos comunes —los del vidrio golpeado, los del balcón con la cacerola— cargaron durante años con las cicatrices de los ahorros perdidos, los empleos destruidos y la fe quebrada en sus instituciones.

La historia empezó con el colapso de Argentina en 2001, pero el personaje que lo provocó nunca fue uno solo. Fue una idea seductora atada a una moneda extranjera, sostenida demasiado tiempo por hombres que firmaban el destino de millones desde escritorios donde el café estaba caliente y las cuentas nunca quedaban congeladas. El helicóptero despegó esa noche de diciembre. Pero la verdadera huida había ocurrido mucho antes, en silencio, cuando un país entero decidió creer que podía ser otro a fuerza de atar su moneda a la de un imperio lejano. Y cuando la realidad cobró la deuda, la pagaron, como siempre, los que golpeaban las cacerolas.

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