El hombre que firmó el destino de Alemania con una pluma temblorosa

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El hombre que firmó el destino de Alemania con una pluma temblorosa

La mañana del 30 de enero de 1933, en un despacho de la Cancillería del Reich, un anciano de manos cansadas y bigote blanco esperaba sentado tras un escritorio imponente. Tenía ochenta y cinco años, aproximadamente, y había sido mariscal de campo, héroe de la Primera Guerra Mundial, presidente de la República. Paul von Hindenburg detestaba al hombre que estaba a punto de entrar por esa puerta. Lo llamaba en privado, según testimonios de su círculo, "el cabo bohemio", una mezcla de desprecio aristocrático y burla por sus orígenes humildes. Y sin embargo, esa mañana, Hindenburg iba a entregarle el cargo más alto del gobierno alemán.

Afuera, en la calle, no había una multitud rugiente exigiendo el nombramiento. No había una insurrección popular tomando los edificios públicos. La decisión que cambiaría el siglo XX no se tomó en una plaza ni en una urna. Se tomó en habitaciones cerradas, entre hombres con frac que creían ser más listos de lo que eran.

Adolf Hitler entró, hizo el juramento como canciller del Reich y salió convertido en jefe de gobierno. La escena duró apenas unos minutos. Cuando terminó, uno de los conspiradores que lo habían maniobrado hasta ese puesto, Franz von Papen, le dijo a un colega una frase que la historia recordaría con escalofrío: en menos de dos meses, aseguró, habrían arrinconado a Hitler hasta que "chillara". Von Papen creía tener al monstruo en una jaula. Acababa de abrirla.

Un voto que nunca alcanzó la mayoría

Conviene detenerse en un dato que la memoria colectiva ha distorsionado durante décadas. Existe la idea persistente de que el pueblo alemán votó masivamente por Hitler, de que una nación entera marchó voluntariamente hacia el abismo. La realidad documentada es más incómoda y más reveladora. En las elecciones libres del Reichstag de noviembre de 1932 —las últimas verdaderamente democráticas antes de la dictadura— el Partido Nazi obtuvo alrededor de un tercio de los votos. Es decir, dos de cada tres alemanes votaron por otra cosa.

Ese resultado, además, representaba un retroceso. En julio de 1932 los nazis habían alcanzado su pico electoral, y para noviembre estaban perdiendo apoyo. El movimiento se quedaba sin dinero, las arcas del partido estaban casi vacías y muchos analistas de la época pensaban que la marea parda empezaba a retirarse. Hitler no llegaba al poder en una ola ascendente. Llegaba justo cuando su fuerza electoral comenzaba a flaquear.

Entonces, ¿cómo? La respuesta está en un grupo reducido de hombres convencidos de que podían usar a Hitler como instrumento. La República de Weimar agonizaba desde hacía años, gobernada no por mayorías parlamentarias sino por decretos de emergencia que el presidente Hindenburg firmaba amparándose en el artículo 48 de la Constitución. La democracia ya estaba vacía por dentro antes de que Hitler la rematara.

Los protagonistas de esta maniobra tenían nombre y apellido. Franz von Papen, un noble católico y exdiplomático que había sido canciller brevemente y que ardía en deseos de regresar al poder. Alfred Hugenberg, magnate de la prensa y los medios, dueño de periódicos y productoras de cine, líder del Partido Nacional del Pueblo Alemán, que veía en Hitler una palanca para sus propios intereses conservadores. Y Oskar von Hindenburg, hijo del presidente, junto al jefe de gabinete Otto Meissner, dos figuras que controlaban el acceso al anciano mariscal y susurraban en su oído.

Estos hombres compartían una convicción fatal: creían que la respetabilidad de sus apellidos, su experiencia, su dinero y sus conexiones bastarían para domesticar a un agitador callejero. En el gabinete que negociaron, los nazis solo ocuparían tres puestos de once. Von Papen sería vicecanciller y, en la práctica, pensaba él, el verdadero gobernante. Hitler sería una fachada popular, un imán de votos al que mantendrían encadenado por mayoría conservadora.

La aritmética parecía impecable. La psicología, no. Subestimaron por completo a quien tenían enfrente. Subestimaron su voluntad de demoler las reglas mismas del juego en cuanto tuviera la mano sobre la palanca del Estado.

La traición de los que se creían amos

Hindenburg se resistió hasta el final con una terquedad que hoy resulta casi conmovedora. Durante meses se negó a nombrar canciller a Hitler. Lo había derrotado en las elecciones presidenciales de 1932. Lo despreciaba socialmente. En agosto de ese año, cuando Hitler exigió la cancillería, el viejo mariscal lo había rechazado en persona, ofreciéndole a lo sumo un puesto subordinado, que Hitler arrogantemente rehusó.

Lo que finalmente quebró la resistencia del presidente no fue el clamor de las masas. Fue la presión de su propio entorno, una intriga palaciega de manual. El canciller anterior, el general Kurt von Schleicher —un militar astuto que había pasado años moviendo hilos en la sombra— había fracasado en estabilizar el país y conseguir mayoría. Von Papen, resentido por haber sido desplazado precisamente por Schleicher, vio su oportunidad de venganza y regreso aliándose con Hitler.

A lo largo de enero de 1933 hubo reuniones secretas, encuentros en residencias privadas de banqueros, conversaciones susurradas. Se tejió un acuerdo. Se convenció a Hindenburg de que un gabinete con Hitler como canciller, pero rodeado y controlado por conservadores leales al presidente, sería el mal menor frente al caos. Le aseguraron que Hitler estaría "enmarcado", contenido por los hombres serios que ocuparían los ministerios clave.

Es difícil imaginar que el anciano presidente no albergara dudas profundas mientras firmaba. Había servido al Imperio, había comandado ejércitos. Probablemente sintió que entregaba la nación a un advenedizo que despreciaba. Pero los hombres que lo rodeaban —su propio hijo entre ellos— le repitieron que tenían la situación bajo control. Y firmó.

El error de cálculo fue colosal y se hizo evidente con una velocidad aterradora. Hitler no tenía la menor intención de ser una marioneta. En cuestión de semanas comenzó a desmantelar las garantías que supuestamente lo contenían. El 27 de febrero de 1933, menos de un mes después del nombramiento, el edificio del Reichstag ardió en llamas. El incendio fue el pretexto perfecto. Al día siguiente, Hitler obtuvo de Hindenburg un decreto de emergencia que suspendía las libertades civiles fundamentales: libertad de prensa, de reunión, de expresión, inviolabilidad del domicilio.

La maquinaria conservadora que pensaba dirigir el espectáculo descubrió, demasiado tarde, que ya no controlaba nada. En marzo, tras nuevas elecciones celebradas bajo intimidación y violencia, Hitler impulsó la Ley Habilitante, que le otorgaba poderes para legislar sin el Parlamento. Los partidos burgueses, los mismos que habían creído poder usarlo, votaron unánimemente a favor de la ley. Habían entregado las llaves y ahora veían cómo se cambiaban las cerraduras.

Lo que casi nadie cuenta sobre la "jaula" conservadora

Hay un detalle de aquellos días que rara vez aparece en los relatos populares y que ilumina toda la tragedia. Von Papen no solo creía que Hitler sería manejable: lo había dicho con una arrogancia documentada que con el tiempo se convertiría en uno de los grandes errores de juicio del siglo. La idea de que bastaba con superar numéricamente a los nazis dentro del gabinete revela hasta qué punto la élite alemana no comprendía la naturaleza del poder que estaba liberando. Pensaban en términos de votos en una mesa de ministros. Hitler pensaba en términos de control absoluto del aparato estatal, de la policía, de la calle.

Y aquí está la ironía más amarga. El propio Schleicher, el general que había maniobrado durante años creyéndose el titiritero de la República, terminaría asesinado por orden del régimen nazi durante la purga de junio de 1934, conocida como la Noche de los Cuchillos Largos. El hombre que jugó a manipular a todos fue tragado por la bestia que ayudó a acercar al trono. Von Papen, por su parte, vio asesinados a colaboradores cercanos en esa misma purga y a duras penas salvó la vida, reducido a la insignificancia política que tanto había temido.

Ninguno de los conspiradores quedó como amo. Hindenburg moriría en agosto de 1934, pero la víspera de su muerte Hitler ya había decretado la fusión de los cargos de presidente y canciller en uno solo: el Führer. La jaula que los conservadores creyeron haber construido alrededor del agitador resultó ser, en realidad, la puerta abierta de par en par por la que entró un régimen que devoraría a sus propios arquitectos.

El eco de una puerta que se abrió desde dentro

La lección que dejó aquella mañana de enero no se mide solo en cifras de votos ni en el contenido de los decretos. Se mide en una verdad incómoda que la historia repite con variaciones: las democracias rara vez caen por asalto frontal de las masas. Caen, muchas veces, cuando quienes deberían defenderlas deciden que pueden utilizar al extremista para sus propios fines, convencidos de su superioridad, seguros de poder controlar lo incontrolable. Hitler no necesitó conquistar Alemania por la fuerza popular en 1933. Le bastó con que un puñado de hombres respetables creyera que podía usarlo.

Hindenburg murió creyendo, quizá, que había hecho lo mejor que pudo en circunstancias imposibles. Von Papen sobrevivió a la guerra y fue juzgado en Núremberg, donde curiosamente resultó absuelto de los cargos principales, aunque la historia no lo absolvió jamás de su responsabilidad. La verdad documentada permanece, fría y precisa: el hombre que firmó el destino de Alemania con una pluma temblorosa no entregaba el poder a una nación enloquecida. Lo entregaba a un cálculo político que confundió la respetabilidad con la fortaleza, y que descubrió, cuando ya no había marcha atrás, que algunos errores no chillan en una jaula. Rugen sobre un continente entero.

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