El hombre que ganó la guerra y perdió la memoria
Había hambre en el fuerte, y el general lo sabía por el silencio. No por los estómagos vacíos —eso ya era costumbre en aquella plaza fuerte del oriente aquel año—, sino por la manera en que los soldados dejaron de hablar, como si el ruido gastara energía que no podían permitirse. Santiago Mariño recorría las almenas con la mirada fija en el horizonte del mar Caribe, sosteniendo una posición que había conquistado con sus propios hombres. Tenía el uniforme raído, la espada de siempre, y una certeza incómoda instalada en el pecho: que había hecho más de lo que la historia iba a recordar.
Décadas después, ese mismo hombre agonizaba en una casa modesta de La Victoria, en el valle de Aragua, sin fortuna, sin cargos, sin la gloria que sus campañas habían prometido. Corría el año 1854. El prócer que alguna vez desembarcó con cuarenta y cinco hombres para liberar el oriente de Venezuela moría casi en silencio, atendido por unos pocos leales, mientras la República que había ayudado a fundar apenas registraba su nombre en los periódicos.
Entre aquellos dos momentos —el fuerte hambriento y el lecho de muerte— cabe la historia de un hombre que hizo por la independencia de Venezuela tanto como los libertadores canonizados, y que fue borrado precisamente por haberse atrevido a ser rival de uno de ellos.
Su nombre era Santiago Mariño. Y su expedición liberó buena parte del territorio venezolano en operaciones paralelas a las de Simón Bolívar, a veces antes que él, casi siempre con menos reconocimiento.
Cuarenta y cinco hombres y una isla frente a la costa
Para entender a Mariño hay que retroceder a 1813, al momento en que la Primera República venezolana ya había caído y el proyecto independentista parecía un cadáver político. Los patriotas estaban dispersos, derrotados, refugiados en las islas del Caribe. Bolívar preparaba desde el occidente lo que sería la Campaña Admirable. Y en la pequeña isla de Chacachacare, frente a las costas del oriente venezolano, un grupo de exiliados decidió que la revolución no había terminado.
Santiago Mariño había nacido en la isla de Margarita, en el seno de una familia acomodada de origen irlandés por parte materna. No era un improvisado ni un aventurero sin recursos: tenía tierras, tenía educación, tenía posición. Podría haber esperado a que otros arriesgaran el cuello. En cambio, en enero de aquel año, firmó junto a otros patriotas un acta que la memoria popular recogería como el juramento de una gesta.
La cifra que la tradición ha conservado es contundente: cuarenta y cinco hombres partieron de Chacachacare para reconquistar el oriente de Venezuela. La proporción entre lo escaso de la fuerza y lo ambicioso del objetivo tiene algo de leyenda, pero está documentada como el punto de partida de la Campaña de Oriente. Entre aquellos expedicionarios había nombres que la historia venezolana grabaría después con letras grandes: José Francisco Bermúdez, Manuel Piar, Francisco Azcue. Hombres que serían generales, que serían héroes, que en algunos casos morirían fusilados por sus propios compañeros de armas.
Mariño desembarcó y comenzó a acumular victorias. Tomó Güiria, avanzó sobre Maturín, se apoderó de Cumaná, de Barcelona. Mientras Bolívar avanzaba por el occidente y el centro rumbo a Caracas, Mariño construía en el oriente un frente militar propio, con su propia lógica, sus propios recursos y su propia legitimidad. Cuando ambos ejércitos convergieron, quedó planteada una pregunta que marcaría el resto de su vida: ¿quién mandaba a quién?
Porque Mariño no se veía como subordinado de Bolívar. Se veía como su igual. Había liberado el oriente por su cuenta, con sus hombres, sin recibir órdenes de Caracas. Se hacía llamar, con orgullo y con desafío, jefe del ejército de oriente. Y esa dualidad de mando —dos libertadores, dos ejércitos, dos ambiciones— se convertiría en una de las tensiones estructurales de la independencia venezolana.
El año 1814 fue catastrófico para los patriotas. Las fuerzas realistas, comandadas por el temible José Tomás Boves y sus llaneros, arrasaron con la Segunda República. La derrota fue tan brutal que Bolívar y Mariño terminaron huyendo juntos, dos jefes vencidos compartiendo el mismo exilio, unidos por la desgracia más que por la lealtad. Aquella retirada conjunta, humillante y desesperada, es una de las imágenes menos cinematográficas de ambos, pero quizás la más honesta.
El pecado de haber sido rival
Aquí está el detalle que los manuales escolares tienden a suavizar: Mariño no cayó en el olvido por incompetencia ni por cobardía. Cayó por haber sido, durante años, el contrapeso político y militar de Simón Bolívar. Y en la construcción del relato heroico de la independencia, no había espacio para dos soles.
La rivalidad tuvo momentos concretos y documentados. En 1835, más de una década después de consumada la independencia, Mariño participó en la llamada Revolución de las Reformas, un levantamiento contra el gobierno del presidente José María Vargas. Fue un intento de alterar el orden institucional de la joven República por la vía de las armas. El movimiento fracasó. Y aquel fracaso terminó de sellar la caída política de Mariño, que ya venía marcado por décadas de desavenencias con el poder central.
Lo que hace su figura tan incómoda para la memoria oficial es precisamente esa negativa persistente a ocupar un segundo plano. Mariño quiso mandar. Quiso decidir. Quiso que se reconociera que él también había liberado un país. En un panteón nacional que necesitaba un héroe supremo —Bolívar— y una corte de generales leales a su alrededor, un hombre que había disputado el liderazgo resultaba una nota disonante. Era más fácil no mencionarlo demasiado.
Es difícil imaginar que Mariño no sintiera el peso de esa marginación mientras envejecía. Un hombre que había desembarcado con cuarenta y cinco compañeros para liberar el oriente, que había tomado ciudades enteras, que había compartido el exilio con el Libertador, se encontró al final de su vida convertido en una figura secundaria, casi una nota al pie en la epopeya de otros. Nadie sabe con certeza qué pensaba en esos años finales, pero la modestia de su muerte habla por sí sola.
Sus antiguos compañeros de Chacachacare tuvieron destinos igualmente trágicos. Manuel Piar, uno de los generales más brillantes de la Campaña de Oriente, fue fusilado en 1817 por orden de un consejo de guerra en un episodio que Bolívar avaló y que sigue siendo una de las heridas abiertas de la historia venezolana. Antonio José de Sucre, el más noble de todos, sería asesinado a traición en 1830 en las montañas de Berruecos. La generación que liberó el oriente pagó precios altísimos, y Mariño —que sobrevivió a casi todos— pagó el suyo con el olvido.
Hay una ironía amarga en su longevidad. Sobrevivir tuvo un costo: verse convertido en reliquia de una época que ya lo había dejado atrás, testigo incómodo de cómo se escribía una historia en la que su papel se encogía año tras año.
Lo que la campaña de oriente significó en realidad
Conviene detenerse en la magnitud militar de lo que Mariño logró, porque la sombra de Bolívar tiende a eclipsarlo. La Campaña de Oriente de 1813 no fue una operación menor ni un frente secundario. Fue una liberación paralela de un vasto territorio, ejecutada con recursos limitados y una audacia notable. Mientras la Campaña Admirable de Bolívar avanzaba desde el occidente, la de Mariño hacía lo propio desde el extremo opuesto del país.
Ambas campañas se complementaron sin haber sido planificadas conjuntamente. Esa es quizás la clave para entender la tensión posterior: no eran dos brazos de una misma estrategia, sino dos revoluciones que coincidieron en el tiempo y en el objetivo. Cuando dos hombres liberan mitades distintas de un mismo país por su cuenta, es casi inevitable que después discutan sobre quién debe mandar sobre el todo.
En términos estrictamente militares, hay un argumento sólido para afirmar que Mariño liberó su porción de Venezuela de manera independiente y, en algunos frentes orientales, con anterioridad a la consolidación de Bolívar en el centro. De ahí la idea, provocadora pero no infundada, de un general en jefe que liberó Venezuela en paralelo al Libertador y cuya contribución fue absorbida por el relato mayor.
La casa de La Victoria y el largo silencio
Santiago Mariño murió el 4 de septiembre de 1854 en La Victoria, estado Aragua. Murió sin la fortuna heredada de su juventud, sin cargos de peso, sin la gloria proporcional a sus servicios. El hombre que había firmado en Chacachacare, que había tomado Cumaná y Barcelona, que había compartido la derrota y el exilio con Bolívar, se apagó en circunstancias modestas, casi discretas, como si la República tuviera prisa por pasar página.
El olvido, sin embargo, no fue definitivo. Con el tiempo, la memoria histórica venezolana fue recuperando su figura, restituyéndole el lugar que la construcción del mito bolivariano le había negado. Sus restos fueron trasladados años después al Panteón Nacional de Caracas, ese recinto sagrado donde reposan los héroes de la patria, junto al mismo Bolívar con quien tantas veces disputó el mando. Hoy su nombre aparece en municipios, en calles, en referencias oficiales. La historia, tardía pero tozuda, terminó por hacerle un lugar.
Y quizás ahí resida la lección más dura de su vida. Santiago Mariño no fue olvidado por haber fracasado, sino por haber triunfado en el momento equivocado y frente al hombre equivocado. Su tragedia no fue la derrota, sino la comparación. En la épica de una nación que necesitaba un solo Libertador, el general en jefe que liberó el oriente con cuarenta y cinco hombres tuvo que conformarse, en vida, con la sombra. La justicia llegó cuando ya no podía disfrutarla: en un panteón de mármol, el rival por fin descansa junto al héroe, iguales al fin en la muerte que la historia les negó en la vida.