El hombre que perdió todo persiguiendo al hombre que lo tenía todo

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El hombre que perdió todo persiguiendo al hombre que lo tenía todo

Eran poco más de las tres de la tarde del 2 de diciembre de 1993 cuando el mayor Hugo Aguilar subió por los tejados de un barrio de clase media en Medellín, el barrio Los Olivos, y vio el cuerpo de un hombre gordo, completamente descalzo, tendido sobre las tejas calientes. La barba crecida, la camisa azul empapada de sudor y sangre. Durante años, ese rostro había sido una obsesión nacional. Ahora estaba inmóvil, con una pistola cerca de la mano y los ojos a medio cerrar contra el sol del trópico.

Pero el hombre que más merecía estar en ese tejado no estaba ahí. Estaba en otra parte de la ciudad, escuchando por radio que el Bloque de Búsqueda había localizado por fin la señal de un teléfono. El coronel Hugo Martínez Poveda llevaba diecisiete meses durmiendo mal, comiendo a deshoras, viendo a sus hombres morir uno tras otro. Diecisiete meses solo en esa cacería final. Pero la guerra entera había durado mucho más: casi una década persiguiendo, perdiendo, volviendo a empezar.

Cuando le confirmaron que el cuerpo en el tejado era el de Pablo Emilio Escobar Gaviria, el coronel no celebró. No hubo abrazos eufóricos, según contarían después quienes estuvieron cerca. Hubo algo más parecido al silencio de quien ha cargado un peso tanto tiempo que no sabe caminar sin él. Todos conocen a Pablo Escobar. Casi nadie recuerda el nombre del hombre que pasó años convirtiéndose en su sombra, y que pagó por esa persecución un precio que ninguna serie de televisión se ha molestado en contar.

El oficial al que le entregaron una guerra imposible

Hugo Martínez no era un hombre espectacular. Era un coronel de la Policía Nacional de Colombia, metódico, callado, de los que prefieren un mapa y un informe a una rueda de prensa. A finales de los años ochenta, cuando el Estado colombiano decidió que Escobar debía caer, le entregaron el mando de una unidad élite que llegaría a conocerse como el Bloque de Búsqueda. Sobre el papel, era un ascenso. En la práctica, era una sentencia.

Escobar no era un narcotraficante cualquiera. Para entonces controlaba una porción gigantesca del tráfico de cocaína hacia Estados Unidos y había acumulado una fortuna que la revista Forbes llegó a incluir entre las mayores del mundo. Pero más peligroso que su dinero era su método: había declarado la guerra al propio Estado. Su lema, atribuido a la lógica del Cartel de Medellín, se resumía en una frase brutal: plata o plomo. Aceptar el soborno o recibir la bala.

A los policías de Martínez les ofrecieron las dos cosas. Y muchos, debemos decirlo con honestidad histórica, aceptaron la plata. Escobar tenía espías dentro de las instituciones, informantes en las comunas, sicarios adolescentes a los que pagaba por cada agente muerto. Asesinar policías en Medellín se convirtió en una industria con tarifa. Se calcula que en aquellos años cientos de uniformados murieron en las calles de la ciudad, abatidos desde motocicletas por muchachos que apenas levantaban un metro y medio del suelo.

Martínez vivía bajo esa amenaza permanente. No podía confiar plenamente en sus propios hombres, porque cualquiera podía estar comprado. No podía dormir dos noches en el mismo lugar. No podía hablar por teléfono sin asumir que alguien escuchaba. Es difícil imaginar la presión psicológica de dirigir una operación sabiendo que el enemigo conoce tu rostro, tu familia, tu rutina, y que ha puesto precio a tu cabeza.

El coronel intentó renunciar. Más de una vez, según se ha documentado, pidió ser relevado del mando. No por cobardía, sino por agotamiento y por una certeza incómoda: sentía que lo habían puesto ahí para fracasar, para que el desgaste lo destruyera. Sus superiores no aceptaron la renuncia. La guerra contra Escobar se había vuelto demasiado personal para el Estado, y necesitaban un rostro que cargara con ella.

Mientras tanto, Escobar pasó por un episodio que resume su poder grotesco: en 1991 se entregó a la justicia colombiana con la condición de cumplir condena en una prisión construida por él mismo, conocida popularmente como La Catedral. Desde allí siguió dirigiendo su imperio, recibiendo visitas, organizando fiestas. Cuando el gobierno intentó trasladarlo a una cárcel real en julio de 1992, Escobar simplemente se fue caminando por la puerta. Volvió a la clandestinidad. Y la cacería empezó de nuevo, esta vez sin tregua.

A partir de ese momento, el Bloque de Búsqueda tuvo una sola misión y un solo objetivo. Martínez instaló su operación con tecnología de rastreo de radiofrecuencia, parte de ella aportada por agencias estadounidenses interesadas en la caída de Escobar. La idea era sencilla y endemoniadamente difícil de ejecutar: localizar al hombre por sus propias llamadas. Cada vez que Escobar usaba un radioteléfono para hablar con su familia, dejaba una huella en el aire. El problema era atraparla a tiempo.

La voz que lo delató fue la que más amaba

Aquí está el detalle que las versiones populares suelen aplanar. El final de Escobar no llegó por la inteligencia de una superpotencia ni por un golpe de suerte. Llegó por amor. Por el amor de un padre que no pudo dejar de llamar a su familia.

En sus últimos meses, Escobar estaba cada vez más solo. Sus socios habían muerto o lo habían traicionado. Un grupo paramilitar autodenominado Los Pepes —Perseguidos por Pablo Escobar— estaba cazando sistemáticamente a sus aliados, abogados, testaferros y familiares, en una campaña de terror paralela y siniestra cuya relación exacta con las fuerzas del Estado sigue siendo materia de debate histórico. Escobar veía caer su mundo pieza por pieza. Y en ese aislamiento, lo único que le quedaba era el teléfono.

Hablaba con su esposa. Hablaba con sus hijos. Quería saber si estaban a salvo, si lograrían salir del país. Cada conversación duraba pocos minutos porque él sabía, mejor que nadie, que las llamadas largas eran mortales. Pero el corazón es mal estratega. Aquel 2 de diciembre, día siguiente a su cumpleaños número cuarenta y cuatro, Escobar habló más de lo prudente.

Y aquí entra el hombre cuyo nombre tampoco aparece en los titulares: Hugo Martínez Bolívar, el hijo del coronel. Joven oficial de policía especializado en rastreo electrónico, el hijo del coronel formaba parte del equipo técnico que perseguía la señal por las calles de Medellín con un equipo de triangulación. Padre e hijo, en la misma guerra, persiguiendo la misma voz. Según los relatos posteriores de la operación, fue el equipo del joven Martínez el que fijó con precisión la ubicación de la señal aquella tarde, estrechando el cerco hasta una casa concreta del barrio Los Olivos.

Lo que siguió fue rápido y caótico. Los hombres del Bloque de Búsqueda rodearon la vivienda. Escobar intentó huir por la parte trasera, saltando hacia los tejados con su último guardaespaldas, conocido como El Limón. Hubo disparos. Cuando terminó, dos cuerpos quedaron sobre las tejas. El más buscado de América había muerto completamente descalzo, perseguido por la única cosa que el dinero nunca pudo comprarle: la lealtad ininterrumpida de un Estado que decidió no rendirse.

El precio que nadie quiso filmar

Aquí está lo que no aparece en los libros de éxito ni en las series que millones consumieron. La caída de Escobar no liberó a Hugo Martínez. Lo encadenó de otra manera.

El coronel y su familia se convirtieron, paradójicamente, en objetivos de venganza de las redes que sobrevivieron al capo. Matar a Escobar no eliminó el odio que él había sembrado, ni a los hombres armados que habían vivido de su sombra. Por seguridad, Martínez y los suyos debieron salir de Colombia. El hombre que había cazado al criminal más temido del país terminó en el exilio, lejos de su tierra, viviendo durante un tiempo bajo medidas de protección en el extranjero. Ganó la guerra y perdió su país. Al menos por un tiempo.

Y está el costo invisible, el que no se mide en kilómetros de distancia. Poco más de cuatro años, dirigiendo el Bloque de Búsqueda, persiguiendo a un solo hombre. Años de no saber si la noche siguiente traería una bala. Es difícil imaginar que un hombre salga indemne de eso. Nadie sabe con certeza el peso exacto que esa cacería dejó en su salud, en su sueño, en su capacidad de sentirse seguro alguna vez. Pero quienes han narrado su historia coinciden en que el hombre que regresó de aquella guerra ya no era el mismo que entró en ella.

La gran ironía es esta: Escobar, en su muerte, se volvió mito. Camisetas, series, turismo. Su rostro adorna mercancía vendida a turistas que ni siquiera nacieron cuando él aterrorizaba a Colombia. Su nombre genera más dinero muerto del que muchos imaginan. Mientras tanto, el coronel Martínez tuvo que pelear, años después, por algo tan básico como el reconocimiento. Hubo disputas públicas sobre quién merecía el crédito —y la recompensa— por la caída de Escobar, debates en los que su versión y su sacrificio quedaron, una vez más, en segundo plano frente a la leyenda del muerto.

El cazador que sobrevivió al mito

Con los años, Colombia cambió. El Cartel de Medellín se desmoronó y el centro del narcotráfico se desplazó. El país que Escobar quiso doblegar siguió en pie, herido pero vivo. El coronel Hugo Martínez Poveda regresó eventualmente del exilio, ascendió en su carrera y vivió lo suficiente para ver cómo el mundo entero hablaba del hombre que él había perseguido, mientras a él lo recordaban apenas como una nota al pie. Falleció ya entrado el siglo XXI, lejos de los reflectores que iluminaron eternamente al criminal y no al policía.

Su hijo siguió en la institución hasta que falleció prematuramente en un trágico accidente de tránsito en 2003. La voz del padre quedó registrada en entrevistas, en libros de quienes investigaron a fondo aquella guerra, en la memoria de quienes saben que la cacería más famosa de América Latina la dirigió un hombre que jamás buscó fama. Ese es, quizá, el precio del que nadie habla: no fue solo el exilio, ni el miedo, ni los años robados. Fue el olvido. El cazador desaparece cuando muere la bestia, y el mundo solo recuerda a la bestia.

Todos conocen a Pablo Escobar. Y precisamente por eso casi nadie conoce a Hugo Martínez. El narcotraficante construyó su leyenda con sangre y dinero; el coronel construyó su silencio con disciplina y pérdida. Uno murió descalzo sobre un tejado caliente y se volvió inmortal en la cultura popular. El otro ganó, sobrevivió, y se volvió invisible. En la historia de los hombres que persiguieron monstruos, esa es la verdad más incómoda de todas: a veces, el cazador paga el precio más alto, y la única recompensa que recibe es haber hecho su trabajo. Escobar tuvo el mundo a sus pies. Martínez tuvo, al final, solo la certeza de haber cumplido. Y a veces, esa es la victoria más solitaria que existe.

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