El hombre que regaló un continente y se quedó sin casa

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El hombre que regaló un continente y se quedó sin casa

Diciembre de 1830. En una hacienda prestada cerca de Santa Marta, sobre la costa caribeña de la Nueva Granada, un hombre demacrado yace en una cama que no es suya, bajo sábanas que tampoco le pertenecen. Tiene el cuerpo consumido, la tos le quiebra el pecho, y los médicos que lo rodean apenas saben qué hacer con él. Pesa quizás unos cuarenta kilos. La fiebre lo abandona y regresa en oleadas. Afuera, el mar que tantas veces cruzó parece indiferente.

Este hombre tiene a su disposición, técnicamente, un continente entero. Su firma fundó repúblicas. Su nombre bautizará una nación que aún no existe pero que llevará su apellido. Y, sin embargo, en este momento no posee ni la cama en la que muere. La quinta donde agoniza, San Pedro Alejandrino, pertenece a un español, Joaquín de Mier, que le ha ofrecido refugio por compasión.

Lo acompañan unos pocos leales: su edecán, su médico francés Alexandre Prosper Révérend, algunos oficiales. No están los millones que liberó. No están los pueblos que vitorearon su nombre. El Libertador de medio continente muere casi solo, escupido por las mismas naciones que ayudó a parir.

Tiene cuarenta y siete años. Y en su cabeza, según los testimonios de quienes lo rodearon, daba vueltas una idea amarga sobre todo lo que había construido.

El joven más rico de Caracas que lo apostó todo

Para entender la magnitud de esa pobreza final, hay que retroceder casi medio siglo. Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios nació en Caracas en julio de 1783, en una de las familias más acaudaladas de la Capitanía General de Venezuela. Los Bolívar poseían haciendas, minas, plantaciones, esclavos, casas señoriales. El niño Simón heredó una fortuna colosal antes de cumplir los diez años, porque la muerte se cebó temprano con su familia: perdió a su padre siendo apenas un bebé, y a su madre antes de la adolescencia.

Fue, en cierto sentido, un huérfano riquísimo. Creció rodeado de tutores, de sirvientes, de la nodriza negra Hipólita, a quien recordaría con un cariño que ninguna fortuna podía comprar. Su educación quedó en parte en manos de Simón Rodríguez, un maestro excéntrico, librepensador, que le metió en la cabeza a Rousseau y la idea peligrosa de que los hombres podían gobernarse a sí mismos.

De joven viajó a Europa, vivió como un aristócrata, se casó en Madrid con María Teresa Rodríguez del Toro y la perdió por la fiebre amarilla pocos meses después, ya de regreso en Venezuela. Nunca volvió a casarse. Aquella muerte temprana, dirían después algunos de sus biógrafos, lo empujó hacia la política con una intensidad que ya no conoció freno. Sin esposa, sin hijos, sin un hogar que defender, volcó toda su energía en una sola obsesión: la independencia.

Y aquí viene el dato que la mayoría olvida. Bolívar no se limitó a liderar ejércitos. Financió la revolución con su propio dinero. Vendió propiedades, hipotecó haciendas, gastó su herencia en armas, en caballos, en sueldos para soldados descalzos. El hombre que terminaría sin casa empezó siendo uno de los pocos que tenía suficiente para perderlo todo, y eligió perderlo.

Entre 1819 y 1825, con una serie de campañas militares que cruzaron selvas, llanos inundados y la cordillera de los Andes a más de cuatro mil metros de altura, sus tropas y las de sus generales aliados liberaron los territorios que hoy son Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y la región que, en su honor, se llamaría Bolivia —mientras que Panamá alcanzó su independencia de España de forma separada y pacífica, mediante un acta proclamada el 28 de noviembre de 1821, sin mediar campaña militar—. El paso del páramo de Pisba, antes de la batalla de Boyacá en agosto de 1819, costó la vida a decenas de soldados venidos de los llanos cálidos que jamás habían sentido el frío de la montaña. Hombres que murieron congelados para que naciera una nación que muchos de ellos no llegaron a ver.

Seis países. Es difícil encontrar en la historia universal otro caso de un solo hombre tan directamente vinculado al nacimiento de tantas naciones. Napoleón conquistó; Bolívar fundó. Y mientras lo hacía, su patrimonio personal se evaporaba campaña tras campaña.

El sueño que se le deshizo en las manos

Bolívar no quería solo independencia. Quería unidad. Su proyecto máximo fue la Gran Colombia, una república centralizada que reuniera a Venezuela, la Nueva Granada y Ecuador en un solo cuerpo político capaz de plantarle cara a las potencias del mundo. Soñaba con una América hispana unida, fuerte, respetada. En 1824 convocó el Congreso Anfictiónico de Panamá, que se celebró en 1826, un intento pionero de reunir a las nuevas repúblicas en una especie de liga continental, un sueño que se adelantó más de un siglo a las organizaciones internacionales que vendrían después.

Pero el continente que había liberado no quería ser uno solo. Quería ser muchos. Las élites regionales, los caudillos locales, las distancias inmensas y las rivalidades personales empezaron a despedazar el proyecto antes de que terminara de cuajar. En Venezuela, el general José Antonio Páez, antiguo compañero de armas, impulsó la separación. En el sur, las tensiones crecían. Y Bolívar, viendo cómo su obra se agrietaba, tomó una decisión que le costaría su reputación: en 1828 asumió poderes dictatoriales para tratar de mantener la unión por la fuerza.

Fue el principio de su caída moral. El hombre que había luchado contra la tiranía española fue acusado de querer convertirse él mismo en tirano. Sus enemigos lo llamaron aspirante a rey, déspota, traidor a los ideales republicanos. La noche del 25 de septiembre de 1828, en Bogotá, un grupo de conspiradores irrumpió en el palacio de gobierno para asesinarlo. Bolívar se salvó saltando por una ventana y escondiéndose bajo un puente durante horas, según los relatos de la época.

Quien lo salvó esa noche fue Manuela Sáenz, la quiteña que era su compañera, su confidente y su defensora más feroz. Lo entretuvo, lo ayudó a escapar, enfrentó a los conspiradores. La historia la recordaría con el sobrenombre que la posteridad le otorgó: "la Libertadora del Libertador". Sin ella, es probable que Bolívar hubiera muerto aquella madrugada, dos años antes de su muerte real, asesinado por los mismos americanos a los que había liberado.

Pero sobrevivir aquella noche no le devolvió el poder ni el afecto. La Gran Colombia se desintegraba. Sus generales se volvían contra él. Uno de sus hombres más queridos, el mariscal Antonio José de Sucre —el vencedor de Ayacucho, su sucesor natural, el más leal de todos— fue asesinado a tiros en una emboscada en las montañas de Berruecos, en junio de 1830. Cuando Bolívar recibió la noticia, debió sentir que le arrancaban no solo a un amigo, sino el futuro mismo de su proyecto.

"He arado en el mar"

A comienzos de 1830, derrotado políticamente, enfermo de tuberculosis, Bolívar renunció a la presidencia y emprendió un viaje hacia la costa con la intención, dicen las fuentes, de exiliarse en Europa. No tenía dinero para el pasaje. El hombre que había gastado su fortuna en liberar un continente no podía pagarse el billete para abandonarlo.

En esos últimos meses, plasmó en una carta oficial dirigida al general Juan José Flores, fechada en Barranquilla el 9 de noviembre de 1830, una frase que se ha convertido en una de las más desoladas de la historia americana. Reflexionando sobre todo lo que había construido y visto derrumbarse, escribió que quien sirve a una revolución ara en el mar. La imagen es perfecta y terrible: el esfuerzo titánico que no deja huella, el surco que el agua borra al instante. Se le atribuye también la observación amarga de que América era ingobernable, y de que los que sirvieron a la revolución solo habían arado en el mar.

Hay que ser cauto con las palabras exactas de un moribundo; muchas frases célebres se pulen con el tiempo. Pero el sentido está bien documentado en la correspondencia de sus últimos meses: Bolívar murió convencido de haber fracasado. No vio países prósperos ni la unidad soñada. Vio fragmentación, traición y caos. Y se vio a sí mismo, antes el hombre más poderoso del continente, sin un techo propio donde morir.

Lo que casi nunca se cuenta es el detalle de su patrimonio en aquel diciembre. Bolívar conservaba, en teoría, unas minas en Aroa, en Venezuela, una de las pocas propiedades que le quedaban de su antigua fortuna. Pero su valor estaba enredado en litigios y no le daba liquidez. En la práctica, dependía de la caridad de sus anfitriones. La ropa con la que llegó a Santa Marta estaba tan gastada que, según consignó el médico Révérend en sus diarios y boletines médicos, hubo que conseguirle camisas nuevas al momento de su muerte para amortajar su cadáver, pues las suyas ya no servían. El Libertador de seis naciones no tenía camisas decentes.

El surco que el mar no pudo borrar

Simón Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830, alrededor de la una de la tarde, en la quinta de San Pedro Alejandrino. El médico Révérend, que llevó un registro detallado de sus últimos días, firmó el certificado y conservó algunos de sus efectos personales. Lo enterraron primero en la catedral de Santa Marta, con honras modestas, lejos del esplendor que su nombre merecía. Pasaron doce años antes de que sus restos fueran trasladados con honores a Caracas, su ciudad natal, donde fueron recibidos en la Catedral de Caracas en 1842; décadas más tarde, en 1876, sus restos fueron trasladados definitivamente al Panteón Nacional. La gloria llegó tarde, como casi siempre llega: cuando el hombre ya no puede sentirla.

Y aquí está la ironía que cierra el círculo. Bolívar murió creyendo que había arado en el mar, que su obra se había deshecho entre las manos. Pero casi dos siglos después, su sombra sigue gobernando la imaginación política de América Latina. Los países que dudó haber fundado lo veneran como padre. Su rostro está en los billetes, en las plazas, en los nombres de naciones, ciudades y monedas. Bolivia lleva su apellido. La frase del mar se cita en discursos. Hasta el final, el huérfano riquísimo que lo apostó todo y murió sin camisas se equivocó en una sola cosa: el surco que creyó borrado por el agua resultó ser el más profundo que ha dejado hombre alguno sobre este continente. Aró en el mar, sí. Pero el mar, contra toda lógica, guardó la huella.

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