El hombre que respiraba la muerte que él mismo había creado

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El hombre que respiraba la muerte que él mismo había creado

Al amanecer del 22 de abril de 1915, sobre los campos empapados de Ypres, en Flandes belga, un hombre de bigote pulcro y quevedos observaba el viento. No miraba las nubes por costumbre de científico ni por placer. Fritz Haber esperaba que el viento soplara hacia el suroeste, hacia las trincheras francesas, para que las cinco mil setecientas treinta bombonas de cloro que él mismo había ordenado enterrar liberasen su contenido sobre soldados que ni siquiera sabían que existían tales armas.

Cuando la brisa por fin giró a su favor, poco después de las cinco de la tarde, los ingenieros alemanes abrieron las válvulas. Ciento sesenta y ocho toneladas de gas de cloro se elevaron en una nube verdosa, densa, casi hermosa a la distancia, y comenzaron a arrastrarse por el suelo hacia las líneas de las divisiones francesas y coloniales argelinas. Los hombres que la vieron acercarse no comprendieron. Algunos pensaron que era una cortina de humo para ocultar un ataque de infantería. Cuando el cloro alcanzó sus pulmones, aprendieron demasiado tarde lo que significaba.

Se calcula que ese día murieron varios miles de soldados —las cifras varían enormemente según la fuente— asfixiados en un tormento que consistía, literalmente, en ahogarse en tierra firme, con los pulmones llenándose de fluido mientras el gas quemaba las mucosas. Haber, el arquitecto de todo aquello, no era un general ni un fanático de uniforme. Era un profesor de química física. Y ese mismo hombre recibiría, apenas cuatro años después, el Premio Nobel.

El patriota que quería ser aceptado

Para entender a Fritz Haber hay que retroceder mucho antes de Ypres, a la Prusia del siglo XIX, a la ciudad de Breslau, donde nació en diciembre de 1868 en el seno de una familia judía acomodada dedicada al comercio de tintes y productos químicos. Su madre murió semanas después de dar a luz, y aquella ausencia inaugural marcó, según muchos biógrafos, una vida entera dedicada a demostrar su valía, a ser reconocido, a pertenecer.

Haber quería ser alemán por encima de todo. En una época en que el antisemitismo permeaba las instituciones académicas y militares del Imperio, se convirtió al protestantismo, probablemente convencido de que la conversión abriría puertas que su origen judío mantenía cerradas. Es difícil imaginar que no sintiera el peso de esa contradicción: entregarse por completo a una nación que, en el fondo, nunca lo consideraría plenamente suyo.

Su genio científico, sin embargo, era innegable. Entre 1905 y 1909 resolvió uno de los grandes problemas de la química de su tiempo: la síntesis del amoníaco a partir del nitrógeno atmosférico. El proceso, perfeccionado industrialmente junto al ingeniero Carl Bosch —y conocido desde entonces como el proceso Haber-Bosch—, permitió fabricar fertilizantes a escala masiva. Aquel descubrimiento, no es exageración decirlo, cambió el destino de la humanidad: hizo posible alimentar a miles de millones de personas que de otro modo habrían muerto de hambre. Se estima que buena parte de la población mundial actual existe gracias, indirectamente, al nitrógeno fijado por su método.

Ese es el corazón de la paradoja Haber. El mismo hombre que dio pan al mundo también le dio veneno. Porque el nitrógeno que servía para fertilizantes servía igualmente para explosivos, y cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, el proceso Haber-Bosch permitió a Alemania seguir fabricando municiones a pesar del bloqueo naval británico que le cortaba el acceso a los nitratos importados de Chile.

Cuando comenzó la guerra, Haber no dudó. Se puso al servicio del ejército con un entusiasmo que a muchos, incluso entonces, les pareció desmedido. Dirigía el Instituto Kaiser Wilhelm de Química Física en Berlín, y convirtió aquel centro de investigación en un laboratorio de armas químicas. No fue un colaborador reticente ni un científico obligado. Fue el impulsor, el organizador, el visionario oscuro que concibió el gas como el instrumento que rompería el estancamiento de la guerra de trincheras.

Sostenía una lógica escalofriante y, a su manera, coherente: si el gas acortaba la guerra, salvaría vidas a largo plazo. "En tiempos de paz, un científico pertenece al mundo, pero en tiempos de guerra pertenece a su país", habría dicho en alguna ocasión, una frase que resume su credo con precisión brutal. La convención de La Haya prohibía el uso de proyectiles con gases asfixiantes, pero Haber encontró el resquicio: la liberación desde bombonas no era técnicamente un proyectil.

La esposa que no pudo soportarlo

Hay un capítulo de esta historia que durante décadas se contó en voz baja, y que sigue siendo objeto de interpretación entre historiadores. Fritz Haber estaba casado con Clara Immerwahr, una mujer excepcional: fue la primera mujer en obtener un doctorado en química en la Universidad de Breslau, en una época en que la ciencia era un territorio prácticamente vedado al género femenino. Clara había luchado contra todo para estudiar, y había demostrado un talento que sus contemporáneos masculinos reconocían a regañadientes.

El matrimonio, sin embargo, la había ido apagando. Se esperaba de ella que abandonara la investigación para convertirse en esposa y madre, y aquello la sumió, según los testimonios de quienes la conocieron, en una profunda frustración. Pero fue el trabajo de su marido en las armas químicas lo que, según numerosas fuentes, la horrorizó hasta lo más hondo. Clara consideraba que envenenar seres humanos era una perversión de la ciencia, una traición a todo aquello a lo que ambos habían dedicado la vida.

En la noche del 1 al 2 de mayo de 1915 —apenas días después del ataque de Ypres, durante una fiesta que Haber ofrecía en su casa de Berlín para celebrar el "éxito" del gas—, Clara Immerwahr tomó la pistola de servicio de su esposo, salió al jardín y se disparó en el pecho. Su hijo Hermann, un niño de doce años, fue quien la encontró agonizando. Murió en sus brazos.

Nadie sabe con certeza absoluta qué pasaba por la mente de Clara aquella noche. No dejó una nota que se haya conservado públicamente, y algunos historiadores advierten contra la tentación de reducir su suicidio a una única causa, señalando también su depresión personal y su carrera truncada. Pero es difícil imaginar que el horror moral por lo que su marido había desatado en Flandes no pesara sobre aquella decisión final. Lo que sí está documentado, y resulta estremecedor, es lo que Haber hizo al día siguiente: partió hacia el frente oriental para supervisar nuevos ataques con gas contra las tropas rusas. Dejó atrás el cadáver de su esposa y a su hijo huérfano. El deber con la patria, otra vez, por encima de todo.

El Nobel que escandalizó al mundo

La guerra terminó en 1918 con la derrota de Alemania. Haber, temiendo ser juzgado como criminal de guerra por los Aliados —su nombre figuraba en algunas listas—, llegó a dejarse crecer la barba y consideró huir a Suiza. Y entonces, en 1919, ocurrió lo impensable: la Real Academia Sueca de las Ciencias le concedió el Premio Nobel de Química correspondiente a 1918, por la síntesis del amoníaco.

La decisión provocó una tormenta internacional. Científicos de los países aliados protestaron con indignación: ¿cómo se podía honrar al hombre responsable de la guerra química, al inventor de un método de matar que había sido universalmente condenado? Varios laureados franceses, británicos y estadounidenses expresaron su repulsa. El comité Nobel, sin embargo, se aferró a la separación entre la contribución científica —la fijación del nitrógeno, genuinamente revolucionaria— y el uso bélico que su autor había hecho de la química. Era una distinción tan pulcra en el papel como imposible en la conciencia.

Haber recogió el premio y siguió trabajando. Durante la década de 1920, su instituto desarrolló, entre otras cosas, un pesticida a base de cianuro para fumigación. Aquel producto, comercializado bajo el nombre de Zyklon, derivaría en una variante, el Zyklon B, que dos décadas más tarde los nazis emplearían para asesinar a más de un millón de personas en las cámaras de gas de los campos de exterminio. Es una de las ironías más atroces de la historia: los cálculos de un químico judío, convertido, patriota, terminarían perfeccionando el instrumento del genocidio de su propio pueblo.

El exilio y el silencio final

La patria por la que Fritz Haber lo había sacrificado todo —su esposa, su ética, su nombre— acabó traicionándolo con una frialdad simétrica a la suya. Cuando Hitler llegó al poder en 1933 y comenzaron las leyes raciales contra los judíos, Haber, pese a su conversión, pese a su servicio en la guerra, pese al Nobel, fue considerado simplemente un judío más. Se le exigió despedir a los científicos judíos de su instituto. Se negó y presentó su dimisión con una carta digna en la que afirmaba que durante más de cuarenta años había elegido a sus colaboradores por su capacidad y su carácter, no por su origen. El hombre que había pertenecido a su país en tiempo de guerra descubría, ya viejo y enfermo del corazón, que su país no le pertenecía a él.

Abandonó Alemania quebrantado. Vagó por Europa buscando refugio, recibió una invitación para trabajar en un instituto en Palestina que no llegó a concretarse, y en enero de 1934, de camino a Palestina para asumir un nuevo cargo, murió de un ataque al corazón en un hotel de Basilea, en Suiza, solo, exiliado, repudiado por la nación a la que había entregado su alma. Tenía sesenta y cinco años. Fritz Haber, el hombre que dio pan y veneno al mundo en igual medida, el que salvó a miles de millones y ayudó a matar a incontables miles, murió sin país, sin esposa y con el peso de una paradoja que la humanidad todavía no ha terminado de resolver: que la misma mente puede ser, al mismo tiempo, la que alimenta la vida y la que fabrica la muerte.