El hombre que se escondió en su propia capital

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El hombre que se escondió en su propia capital

Era el 19 de agosto de 1953, y en las calles de Teherán el polvo se mezclaba con el ruido de los camiones cargados de hombres que gritaban consignas a sueldo. Algunos cargaban garrotes. Otros, billetes recién impresos que les habían pagado esa misma mañana. Avanzaban hacia el norte de la ciudad, hacia una prominente residencia donde un anciano de gestos cansados intentaba comprender por qué la multitud que días antes lo aclamaba ahora pedía su cabeza.

Mohammad Mossadegh, el primer ministro electo de Irán, había gobernado en pijama. No era una exageración irónica: padecía dolencias que lo obligaban a recibir a diplomáticos y periodistas desde la cama, envuelto en mantas, con lágrimas fáciles y una elocuencia que hacía temblar a los parlamentos. Aquel día, mientras la turba se acercaba, el hombre que había desafiado al imperio más poderoso de Occidente tuvo que saltar el muro trasero de su propia residencia para salvar la vida.

A pocos kilómetros, en una habitación discreta, un oficial estadounidense seguía el desarrollo de los acontecimientos con la frialdad de quien revisa el avance de un proyecto largamente planeado. Se llamaba Kermit Roosevelt Jr., nieto de un presidente, y había llegado a Irán con un nombre falso, un presupuesto considerable en efectivo y una misión que durante décadas su gobierno negaría: derribar al líder de un país soberano.

Lo que ardía esa tarde no era solo un gobierno. Era la idea de que un pueblo del llamado tercer mundo pudiera decidir, por sí mismo, qué hacer con la riqueza que yacía bajo su propio suelo.

El crudo que valía un país entero

Para entender el muro que Mossadegh tuvo que saltar, hay que retroceder medio siglo, hasta los desiertos del sur de Persia, donde a comienzos del siglo XX un empresario británico llamado William Knox D'Arcy obtuvo una concesión que cambiaría la historia de la región. De ese acuerdo nacería la Anglo-Persian Oil Company, que con los años se convertiría en la Anglo-Iranian Oil Company, y más tarde en la empresa que el mundo conoce hoy como BP.

Durante décadas, esa compañía extrajo el petróleo iraní bajo condiciones que hoy resultan difíciles de creer. Los británicos controlaban las cuentas, fijaban los precios, decidían cuánto pagar y, sobre todo, cuánto ocultar. Se calcula que Irán recibía apenas una fracción de las ganancias —en muchos años, menos de lo que el propio gobierno británico cobraba en impuestos a la misma empresa—. Los trabajadores iraníes vivían en condiciones miserables en los campamentos petroleros de Abadán, mientras los gerentes británicos disfrutaban de clubes, piscinas y casas con jardín de las que los locales estaban excluidos.

Mossadegh comprendió algo que parecía evidente y a la vez revolucionario: el petróleo era iraní. En marzo de 1951, el Parlamento de Irán, el Majlis, votó a favor de nacionalizar la industria petrolera. Poco después, ese mismo Parlamento lo nombró primer ministro. La medida fue recibida en las calles con un júbilo casi religioso. Por primera vez, un líder iraní hablaba de dignidad nacional y lo respaldaba con hechos.

Londres reaccionó con furia helada. La Anglo-Iranian Oil Company era una de las joyas del imperio en decadencia, una fuente de ingresos vital para una Gran Bretaña empobrecida por la Segunda Guerra Mundial. Los británicos impusieron un bloqueo: sacaron a sus técnicos, presionaron a otros países para que no compraran petróleo iraní y llevaron el caso ante tribunales internacionales. La economía iraní, dependiente de esas exportaciones, comenzó a asfixiarse lentamente.

Pero el bloqueo no bastó. Mossadegh resistía, y cada presión exterior parecía fortalecer su imagen de patriota incorruptible. Fue entonces cuando Londres jugó su carta maestra: convencer a Estados Unidos de que el verdadero peligro no era el petróleo, sino el comunismo.

El argumento era astuto. El presidente Harry Truman se había mostrado reacio a intervenir contra un gobierno democráticamente electo. Pero con la llegada de Dwight Eisenhower a la Casa Blanca en 1953, el clima cambió. Los hermanos Dulles —John Foster en el Departamento de Estado y Allen al frente de la CIA— veían fantasmas soviéticos en cada rincón del planeta. Irán compartía frontera con la Unión Soviética, y existía allí un partido comunista, el Tudeh, con presencia real. Los británicos solo tuvieron que reformular su problema económico como una amenaza geopolítica, y las puertas de Washington se abrieron.

La operación que se llamó como un canto de guerra

El plan recibió el nombre en clave de Operación TPAJAX, conocida luego simplemente como Operación Ajax. La inteligencia británica la había concebido, pero serían los estadounidenses quienes la ejecutarían sobre el terreno. El hombre elegido para coordinarla fue Kermit Roosevelt Jr., un agente que cruzó la frontera iraní con documentos falsos y se instaló en Teherán para tejer, billete a billete, la caída de un gobierno.

El método fue tan sencillo como cínico. Con dinero en efectivo se compraron periodistas que llenaron los diarios de calumnias contra Mossadegh. Se pagó a líderes religiosos para que predicaran contra él. Se sobornó a oficiales del ejército, a políticos del Majlis, a matones callejeros capaces de organizar disturbios bajo demanda. Se contrató incluso a grupos que se hacían pasar por comunistas del Tudeh para cometer desmanes, atacar mezquitas y profanar símbolos religiosos, de modo que la población creyera que Mossadegh había perdido el control y que el caos rojo se avecinaba.

En el centro del plan estaba el joven monarca, Mohammad Reza Pahlavi, el sah de Irán. Era un hombre tímido, inseguro, temeroso de tomar decisiones que pudieran costarle el trono. Los conspiradores necesitaban que firmara dos decretos: uno destituyendo a Mossadegh y otro nombrando a un general leal, Fazlollah Zahedi, como nuevo primer ministro. El sah dudó durante semanas. Probablemente intuía que estaba prestando su firma a una operación extranjera, y que si fracasaba, sería él quien pagaría el precio. Cuando finalmente firmó, permaneció en el país y solo huyó tras fracasar el golpe, refugiándose primero en Bagdad y luego en Roma, esperando desde la distancia el desenlace.

El primer intento, en la madrugada del 16 de agosto, fracasó estrepitosamente. El oficial encargado de entregar el decreto de destitución a Mossadegh fue arrestado. El gobierno iraní denunció el golpe, las radios anunciaron la traición y el sah, aterrado, voló a Roma sin saber si alguna vez volvería a pisar su país. En Washington y Londres, muchos dieron la operación por muerta. El propio Roosevelt recibió instrucciones de abandonar Irán por su seguridad.

Pero Roosevelt no se marchó. Con una mezcla de audacia y desesperación, decidió jugar la última mano. Distribuyó copias de los decretos firmados por el sah a la prensa, presentando a Mossadegh no como una víctima del golpe, sino como un usurpador que desafiaba a su legítimo monarca. Y volvió a abrir las arcas del dinero clandestino para organizar, esta vez sí, la multitud definitiva.

El detalle que el polvo de Teherán ocultó

Durante décadas, el relato oficial sostuvo que el 19 de agosto fue una rebelión popular espontánea contra Mossadegh. La verdad, desclasificada mucho después, es más sucia. Las multitudes que recorrieron Teherán aquel día no fueron un alzamiento del pueblo: fueron, en buena parte, una coreografía pagada. Hombres reclutados en los gimnasios tradicionales de la ciudad, atletas de fuerza, junto a matones de los barrios del sur, marcharon por dinero contante. Entre ellos figuraban personajes del hampa que años después se jactarían de su papel en la jornada.

Lo más inquietante es la cifra del costo. Aunque las estimaciones varían y conviene tomarlas con cautela, distintas fuentes documentales coinciden en que toda la operación se ejecutó con una suma sorprendentemente modesta para lo que estaba en juego: derribar a un gobierno nacional costó, en términos relativos, una cantidad menor de dólares estadounidenses canalizados a través de agentes locales. Un imperio cambió el destino de una nación con poco más que maletines de efectivo y un puñado de hombres dispuestos a venderse.

Y existe un detalle que la historia tardó en reconocer abiertamente: durante años, Estados Unidos negó cualquier participación. No fue sino hasta el siglo XXI cuando la CIA reconoció formalmente, en documentos desclasificados, que la Operación Ajax había sido planeada y ejecutada como un acto de política estadounidense. La confesión llegó tarde, cuando casi todos los protagonistas ya habían muerto, pero confirmó lo que los iraníes habían sabido en sus huesos desde el principio.

El eco que nunca dejó de sonar

Mossadegh fue capturado pocos días después. No lo ejecutaron —su prestigio aún era demasiado grande—, pero lo sometieron a un juicio militar y lo condenaron a prisión. Pasó sus últimos años bajo arresto domiciliario en su aldea, vigilado, silenciado, viendo desde lejos cómo el país que había soñado libre regresaba al control extranjero. El sah volvió triunfante, y con él regresaron las compañías petroleras occidentales, ahora repartidas en un consorcio en el que las empresas estadounidenses obtuvieron una porción que antes les había sido negada. El petróleo, al final, siempre estuvo en el centro.

Durante las dos décadas siguientes, el sah gobernó con mano cada vez más dura, sostenido por una policía secreta entrenada con ayuda occidental y por la certeza de que sus aliados extranjeros lo respaldarían contra su propio pueblo. Esa certeza fue su perdición. La humillación de 1953 se convirtió en una herida que ningún iraní olvidó, una prueba de que la democracia local podía ser comprada y destruida desde el exterior. Cuando en 1979 estalló la Revolución Islámica y multitudes furiosas derribaron al sah, el resentimiento acumulado desde aquel verano polvoriento ardía en cada consigna. La toma de la embajada estadounidense ese mismo año, con sus rehenes y su crisis interminable, fue en parte el cobro de una deuda histórica que comenzó cuando un hombre tuvo que saltar el muro de su propia casa.

El golpe de 1953 enseñó a una generación de iraníes que su soberanía valía menos que un barril de crudo, y esa lección, escrita con dinero extranjero y traición interna, sigue dictando la desconfianza entre dos naciones más de setenta años después. Mohammad Mossadegh murió en 1967, casi olvidado por el mundo pero no por su pueblo, a quien hoy el gobierno le prohíbe al pueblo visitar o dejar flores en su tumba. El imperio que lo derribó creyó haber resuelto un problema con un puñado de billetes. En realidad, había encendido una mecha que tardaría décadas en estallar, y cuyo fuego todavía no se ha apagado.

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