El ladrón de seis patas que devolvió a Inglaterra su tesoro

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El ladrón de seis patas que devolvió a Inglaterra su tesoro

Era un atardecer húmedo de marzo de 1966, en una calle del sur de Londres, cuando un hombre llamado David Corbett salió a pasear a su perro. No iba en busca de nada extraordinario. Llevaba una correa, un perro mestizo de pelaje blanco y negro, y la rutina de cualquier domingo. Pero el animal, en lugar de obedecer, tiró hacia un seto, olfateó la tierra húmeda bajo un arbusto junto a la verja del jardín y arañó algo envuelto en periódico viejo.

Corbett se agachó. Desenvolvió el paquete con dedos torpes por la sorpresa. Dentro había un objeto pesado, dorado, coronado por una figura femenina con los brazos en alto sosteniendo una copa decagonal. No supo de inmediato qué era. Pero al limpiar el barro con el pulgar, leyó nombres grabados en la base: Uruguay, Brasil, Alemania. Países. Campeones del mundo de fútbol.

Lo que aquel perro acababa de desenterrar bajo un seto de Beulah Hill era el trofeo Jules Rimet, la Copa del Mundo de la FIFA. El objeto más buscado de Inglaterra en aquellas semanas. La pieza que había desaparecido bajo custodia policial siete días antes y que había sumido al país anfitrión del Mundial de 1966 en una humillación nacional de proporciones bíblicas.

El perro se llamaba Pickles. Y sin pretenderlo, sin entender nada del fútbol ni de las naciones grabadas en aquel oro, se había convertido en el héroe más improbable de la historia del deporte.

El robo que avergonzó a una nación entera

Para entender la magnitud de lo que Pickles olfateó aquella tarde, hay que retroceder al domingo 20 de marzo de 1966. Faltaban menos de cuatro meses para que Inglaterra inaugurara su primer Mundial como sede. Era el orgullo de un país que se consideraba la cuna del fútbol moderno y que llevaba décadas esperando demostrarlo ante el mundo.

El trofeo Jules Rimet —bautizado así en honor al dirigente francés que había impulsado la creación del torneo en 1930— estaba siendo exhibido en una muestra de sellos postales en Westminster Central Hall, en pleno corazón de Londres. La organización había considerado que aquella exposición filatélica de gran valor sería un escaparate digno para la copa. Lo custodiaban guardias, había vigilancia, y sin embargo, en algún momento de aquel domingo, alguien forzó una vitrina y desapareció con el trofeo más codiciado del planeta.

La noticia cayó como una bomba sobre la Federación Inglesa de Fútbol y sobre el gobierno. Un objeto que representaba el honor del fútbol mundial había sido robado precisamente en el país que se preparaba para presumir de organización impecable. La prensa británica, despiadada como solo ella sabe serlo, convirtió el episodio en una humillación cotidiana. Cada portada era un nuevo recordatorio del ridículo.

Scotland Yard montó una operación de búsqueda contrarreloj. La FIFA, en privado, debió sentir un escalofrío: el organismo había confiado su símbolo más sagrado a los ingleses, y estos lo habían perdido en menos de tiempo del que dura un partido. Lo que pocos sabían entonces es que, ante la posibilidad de no recuperar jamás el original, la Federación Inglesa encargó en secreto una réplica del trofeo. Era una medida desesperada, casi una confesión de derrota: si la copa no aparecía, al menos habría algo que levantar el día de la final.

Pronto llegó la primera pista. Un hombre se puso en contacto con la federación y exigió un rescate de quince mil libras —una suma considerable para la época— a cambio de devolver el trofeo. La policía organizó una entrega trampa. Un sospechoso, un hombre llamado Edward Betchley, fue detenido, pero insistió en que él solo era un intermediario, un eslabón menor que actuaba por encargo de un misterioso individuo al que apodaba "El Pole". La copa seguía sin aparecer. Y el reloj seguía corriendo.

Durante una semana entera, Inglaterra vivió con el bochorno de no saber dónde estaba su tesoro prestado. Los investigadores no tenían rastro físico del trofeo. Las pistas se agotaban. Y entonces, lejos de las salas de interrogatorio y de los despachos de Scotland Yard, en un jardín cualquiera del suburbio de Upper Norwood, un perro decidió olfatear bajo un arbusto.

El collie que olfateó la gloria sin saberlo

David Corbett vivía en Beulah Hill con su perro Pickles, un mestizo descrito como collie cruzado, de pelaje blanco con manchas oscuras. Aquel domingo 27 de marzo de 1966, exactamente una semana después del robo, Corbett bajó a pasear al animal. Mientras cerraba la puerta de su casa para acompañar a una llamada telefónica, Pickles comenzó a husmear con insistencia en la base de la verja del jardín de un vecino, donde un paquete envuelto en papel de periódico asomaba entre la maleza.

Corbett, al desenvolverlo y comprender lo que tenía entre las manos, sintió primero euforia y casi de inmediato terror. Porque cualquier ciudadano que de pronto aparece con el objeto más buscado del país se convierte automáticamente en sospechoso. Y así fue: cuando entregó el trofeo a la policía, los agentes lo sometieron a interrogatorio. Era lógico. ¿Cómo explicar que un hombre cualquiera, paseando a su perro, había encontrado por azar lo que toda Scotland Yard buscaba en vano? Durante horas, Corbett tuvo que demostrar que él no tenía nada que ver con el robo, que su único mérito —y el de Pickles— había sido pasear por el lugar correcto en el momento correcto.

Finalmente, la versión se sostuvo. El trofeo fue autenticado. Era el original, el verdadero Jules Rimet, recuperado intacto bajo un seto suburbano gracias al olfato de un perro que jamás entendería la dimensión de su hazaña. La noticia recorrió Inglaterra como un suspiro colectivo de alivio convertido en carcajada. El país había pasado de la humillación a la celebración en cuestión de horas, y el protagonista no era ni un detective brillante ni un agente encubierto, sino un can mestizo de nombre doméstico.

Pickles se convirtió de la noche a la mañana en una celebridad nacional. La prensa que días antes flagelaba a la federación ahora dedicaba sus portadas a un perro. Fue invitado a programas de televisión, recibió una medalla de la Liga Nacional de Defensa Canina, y a su dueño le llovieron recompensas. Es difícil imaginar que Corbett, un hombre común, no quedara desbordado por la atención repentina que el animal había atraído sobre su modesta vida en Upper Norwood.

Las recompensas, de hecho, fueron jugosas. Corbett recibió diversas sumas de distintas organizaciones agradecidas por la recuperación del trofeo. Según se ha relatado a lo largo de los años, el dinero acumulado, aunque cuantioso, fue muy inferior a lo que el ladrón había exigido como rescate, lo cual generó una ironía amarga: el perro que encontró la copa por accidente le reportó a su dueño una suma que ni siquiera rozaba lo que el delincuente había reclamado por devolverla. Con aquel dinero, Corbett pudo, según diversas versiones, comprar una casa. Pickles había cambiado materialmente la vida de su dueño.

Lo que ningún libro de récords podía registrar era la dimensión simbólica del asunto. Inglaterra, la nación que presumía de haber inventado el fútbol, había estado a punto de perder el trofeo que debía exhibir como anfitriona. Y fue salvada del ridículo absoluto, no por su orgullosa eficiencia institucional, sino por la nariz de un perro callejero en términos de pedigrí, un mestizo sin abolengo que cumplía a la perfección con la metáfora: el héroe más humilde para la corona más cara.

El detalle que rara vez se cuenta

Hay un epílogo que los relatos triunfalistas suelen omitir. Aquella misma noche del hallazgo, mientras David Corbett era interrogado por la policía y luego homenajeado por la prensa, Pickles recibió como recompensa algo mucho más prosaico que las medallas y los cheques: le permitieron lamer los platos en una cena de celebración. El héroe de la jornada fue premiado con sobras. Una imagen que humaniza —o más bien "perruniza"— toda la épica: el animal que devolvió a una nación su honor no tenía la menor idea de lo que había hecho, y su mayor satisfacción aquella noche fue, probablemente, la comida.

Existe también una segunda capa más sombría. El misterio del robo nunca se resolvió del todo. Edward Betchley fue condenado por su papel como intermediario en el intento de extorsión, pero la identidad del verdadero cerebro detrás del robo —aquel "Pole" del que hablaba— jamás se esclareció con certeza absoluta. La copa apareció, sí, pero el enigma de quién la sustrajo y por qué la abandonó luego bajo un seto suburbano se quedó sin respuesta definitiva. Nadie sabe con seguridad por qué el trofeo terminó allí, envuelto en periódico, a la espera de que un perro lo encontrara.

Y queda un detalle final que el destino escribió con una crueldad casi novelesca. Pickles, que había salvado el orgullo de Inglaterra, no vivió muchos años más. Murió poco tiempo después, en un accidente: murió al engancharse su correa en la rama de un árbol tras soltarse para perseguir a un gato, según se ha relatado. El perro que había desenterrado la gloria de un país murió como vivió, persiguiendo instintos simples, ajeno por completo a la inmortalidad que se había ganado.

La leyenda que sobrevivió al perro y a la copa

Cuatro meses después de aquella tarde en Beulah Hill, el 30 de julio de 1966, Inglaterra ganó el Mundial en el estadio de Wembley al derrotar a Alemania Occidental por 4 a 2 en una final que pasó a la historia. El capitán Bobby Moore levantó el trofeo Jules Rimet ante una multitud delirante. Aquel oro que alzó hacia el cielo de Londres era el mismo que un perro mestizo había rescatado del barro de un jardín suburbano. Sin Pickles, es difícil saber qué se habría levantado aquel día: tal vez la réplica encargada en secreto, tal vez nada con el mismo significado. El olfato de un animal aseguró que la celebración fuera con el trofeo auténtico.

El destino del Jules Rimet original tuvo después un final aún más triste que el del perro. Años más tarde, ya en posesión definitiva de Brasil tras conquistar su tercer título mundial, la copa volvió a ser robada en 1983, esta vez en Río de Janeiro, y nunca se recuperó. Se cree que fue fundida. El trofeo que un perro inglés había salvado de la desaparición terminó, décadas después, devorado por la codicia humana en otro continente, sin ningún Pickles cerca para olfatear su rastro. La copa desapareció para siempre. El perro que una vez la encontró ya llevaba mucho tiempo bajo tierra. Y la historia, indiferente, siguió su curso.

Hoy, casi seis décadas después, el nombre de Pickles permanece grabado en la memoria del fútbol con una ternura que ningún goleador ha igualado. No marcó un gol, no atajó un penalti, no entrenó a nadie. Solo paseó por el jardín correcto y siguió el instinto que llevaba en la sangre. Pero en el verano dorado de 1966, cuando Inglaterra coronó su único campeonato mundial, hubo un héroe silencioso que jamás supo que lo era, un perro callejero de raza incierta que devolvió a una nación entera el tesoro que estuvo a punto de perder para siempre. El mejor fichaje de aquel Mundial no llevaba botas. Tenía cuatro patas y una nariz infalible.

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