El médico que contaba cadáveres para salvar a las madres
En la primavera de 1847, en un pabellón del Hospital General de Viena, un hombre joven recorría las camas con un cuaderno en la mano. No era el típico recorrido de un médico que ausculta y receta. Ignác Semmelweis estaba contando. Contaba mujeres muertas. Contaba bebés huérfanos antes de cumplir un día de vida. Contaba fiebres que llegaban con escalofríos y terminaban en delirio, en pus, en una agonía que olía a podredumbre.
El sonido de aquel pabellón era inconfundible: el llanto de los recién nacidos mezclado con los gemidos de mujeres que sabían que iban a morir. Y lo sabían porque habían aprendido a leer los números. La Primera Clínica de Maternidad de Viena tenía una reputación tan siniestra que las parturientas suplicaban, de rodillas, que no las ingresaran allí. Preferían dar a luz en la calle, sobre los adoquines, antes que cruzar aquellas puertas.
Semmelweis, médico húngaro de origen, asistente recién nombrado en aquel servicio, no entendía por qué. En la Primera Clínica morían entre el 13 y el 18 por ciento de las madres por fiebre puerperal. En la Segunda Clínica, separada apenas por un pasillo, la mortalidad rondaba el 2 por ciento. Mismas camas. Misma ciudad. Mismo aire. La única diferencia: en la Primera atendían médicos y estudiantes de medicina; en la Segunda, comadronas.
Aquella discrepancia lo obsesionaba. No podía dormir. Veía las cifras y veía caras: mujeres que entraban sanas y salían en un ataúd. Es difícil imaginar que un hombre así no cargara con cada una de esas muertes como una culpa propia.
La muerte de un amigo le dio la respuesta
El punto de quiebre no llegó de un experimento, sino de una tragedia personal. En 1847, un colega y amigo cercano de Semmelweis, el profesor Jakob Kolletschka, murió tras un accidente aparentemente trivial. Durante una autopsia, el bisturí de un estudiante le hizo un pequeño corte en el dedo. Días después, Kolletschka deliraba con fiebre. Su cuerpo se descompuso por dentro con los mismos síntomas exactos que mataban a las madres del pabellón: la misma inflamación, el mismo pus, la misma sepsis devastadora.
Semmelweis tuvo entonces una intuición terrible y luminosa. Su amigo había muerto de lo mismo que las parturientas. Y la causa estaba en sus manos. En las manos de los médicos.
Los profesores y estudiantes de la Primera Clínica hacían algo que las comadronas de la Segunda no hacían jamás: practicaban autopsias por la mañana, diseccionaban cadáveres en la sala de anatomía, y luego, sin más trámite que limpiarse superficialmente con un trapo, caminaban directamente al pabellón de partos para examinar a las mujeres con los dedos. Llevaban consigo, sin saberlo, lo que Semmelweis llamó "partículas cadavéricas". Transportaban la muerte de un cuerpo a otro con sus propias manos.
La medicina de la época no conocía los gérmenes. Faltaban casi dos décadas para que Louis Pasteur formulara la teoría microbiana, y más aún para que Joseph Lister revolucionara la cirugía con la antisepsia. Semmelweis no podía explicar el mecanismo. No tenía la palabra "bacteria". Pero tenía algo más poderoso: un patrón, y la valentía de actuar sobre él.
A partir de mayo de 1847, impuso una norma radical en su clínica. Todo médico, todo estudiante, debía lavarse las manos en una solución de cloruro de cal antes de tocar a una paciente. No agua simple. Una solución clorada, porque había notado que eliminaba el olor a cadáver que ningún jabón quitaba.
Los resultados fueron inmediatos y casi increíbles. La mortalidad de la Primera Clínica, que había llegado a superar el 18 por ciento en algunos meses, se desplomó. En cuestión de meses, las cifras cayeron a niveles comparables a los de la Segunda Clínica, en torno al 1 o 2 por ciento. En algunos meses posteriores, no murió ni una sola madre. Semmelweis había encontrado la manera de detener una masacre invisible con un gesto tan simple como lavarse las manos.
Debió sentir que el mundo, ahora, le daría la razón. Que la evidencia hablaría por sí sola. Se equivocó por completo.
El precio de tener razón demasiado pronto
La comunidad médica de Viena no recibió a Semmelweis como a un salvador. Lo recibió como a un insolente. Sus hallazgos eran una acusación intolerable: implicaban que los propios médicos, los hombres de ciencia, los caballeros respetables con sus levitas y sus manos manchadas de autopsias, eran los asesinos. Que ellos mismos llevaban la muerte a las camas de las parturientas.
El orgullo profesional de toda una élite estaba en juego. Admitir que Semmelweis tenía razón significaba aceptar que durante años habían matado a sus pacientes con sus propias manos. Para muchos era más fácil rechazar la idea que cargar con esa culpa.
Su superior directo, el profesor Johann Klein, jefe de la clínica, fue uno de sus principales detractores. En 1849, no le renovó el puesto. Semmelweis perdió su posición en Viena. La ciudad donde había salvado cientos de vidas le cerró las puertas.
Hubo, sin embargo, quienes lo defendieron. El reputado patólogo Carl von Rokitansky y el médico Josef Škoda reconocieron el valor de su trabajo y trataron de apoyarlo. Pero el sistema, la inercia de las costumbres y la arrogancia institucional pesaron más que la evidencia de los números.
Parte del problema, hay que decirlo, fue el propio Semmelweis. Durante años se negó a publicar sistemáticamente sus resultados. Era un hombre de acción, no de papel, y probablemente creía que las cifras hablaban con tal claridad que no necesitaban defensa escrita. Esa demora le costó caro: dio tiempo a que sus críticos llenaran el vacío con malentendidos y caricaturas de su teoría.
Cuando finalmente publicó su obra mayor, en 1861, bajo el título Die Ätiologie, der Begriff und die Prophylaxis des Kindbettfiebers —La etiología, el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal—, el tono ya no era el de un científico sereno. Era el de un hombre desesperado. Escribía cartas abiertas furiosas a los obstetras europeos más prestigiosos, llamándolos asesinos, irresponsables, ignorantes que mataban a las madres por su soberbia. Tenía razón en el fondo, pero la forma le destruyó la credibilidad que le quedaba.
Regresó a su Hungría natal, donde aceptó un puesto en Pest y volvió a reducir drásticamente la mortalidad materna allí donde aplicaba sus métodos. Pero la herida estaba abierta y no dejaba de sangrar. Cada parto, cada noticia de una clínica europea donde seguían muriendo madres por no lavarse las manos, era para él una nueva muerte que pudo evitarse. Cargaba con un cementerio entero sobre los hombros.
El internamiento que terminó de la peor manera
Hacia 1865, el comportamiento de Semmelweis se había vuelto errático. Quienes lo conocían describieron cambios profundos: arrebatos de ira, depresión, conductas extrañas. Los historiadores médicos han debatido durante décadas qué le ocurría exactamente. Algunas hipótesis apuntan a una demencia precoz, posiblemente neurosífilis o algún tipo de deterioro neurológico; otras sugieren que el agotamiento, la frustración acumulada y el rechazo constante de toda una vida lo habían quebrado por dentro. Nadie sabe con certeza cuánto de su crisis fue enfermedad orgánica y cuánto fue el peso insoportable de no ser creído.
En julio de 1865, fue conducido a un manicomio en Viena. Las circunstancias exactas de su internamiento siguen siendo objeto de discusión. Algunos relatos sugieren que fue engañado, llevado con el pretexto de visitar una institución y luego retenido contra su voluntad. Cuando intentó marcharse, los guardias lo redujeron por la fuerza.
Y aquí está la cruel ironía final, el detalle que convierte su historia en una tragedia perfecta. Semmelweis murió apenas dos semanas después de ingresar, el 13 de agosto de 1865. La causa de su muerte fue una infección generalizada, una sepsis. Según la interpretación más difundida, la herida que se infectó probablemente fue resultado de la golpiza o de las contenciones que sufrió a manos de los guardias del manicomio.
El hombre que había dedicado su vida a demostrar que la infección se propaga por el contacto, que había salvado a cientos de madres de morir de sepsis, murió exactamente de eso: de una sepsis, de una infección no tratada, sola y olvidada, en la institución donde lo encerraron. Murió de la enfermedad que él mismo había enseñado a prevenir. La medicina que lo había rechazado lo mató con su propia ignorancia.
La justicia llegó cuando ya no podía verla
Semmelweis fue enterrado casi en silencio. Apenas un puñado de personas asistió a su funeral. La comunidad médica de Viena, que tanto lo había despreciado, apenas registró su muerte. Su esposa Mária no acudió. Se fue del mundo como un fracasado, un hombre considerado loco, cuyas teorías la ciencia oficial seguía rechazando.
Y entonces, apenas unos años después de su muerte, todo cambió. Louis Pasteur demostró la existencia de los microorganismos. Joseph Lister desarrolló los métodos antisépticos en cirugía y redujo drásticamente las muertes posoperatorias. La teoría microbiana de la enfermedad triunfó por completo, y con ella quedó probado, científicamente y sin lugar a dudas, que Ignác Semmelweis había tenido razón desde el principio. El lavado de manos pasó de ser una idea ridiculizada a un pilar absoluto de la medicina moderna.
Hoy, lavarse las manos es el gesto más básico y universal de cualquier hospital del planeta. Cada vez que un médico o una enfermera se frota las manos con solución antiséptica antes de tocar a un paciente, está repitiendo, sin pensarlo, el gesto por el que un hombre fue ridiculizado, expulsado y encerrado en un manicomio. La medicina lo bautizó con un nombre que es casi una sentencia: el "reflejo Semmelweis", el rechazo automático del conocimiento nuevo porque contradice las creencias establecidas. Ignác Semmelweis tenía razón cuando todos le decían que estaba loco, y murió de lo único que pasó su vida intentando evitar. La verdad, a veces, llega demasiado tarde para salvar a quien la descubrió.