El memorándum que Churchill quiso esconder del mundo
Es el 6 de julio de 1944. En el corazón de Londres, bajo capas de hormigón que protegen al gobierno británico de las bombas alemanas, Winston Churchill dicta a su secretaria para que mecanografíe una frase que, durante décadas, sus admiradores preferirían no leer. La tinta se desliza con la urgencia de un hombre que lleva años durmiendo poco y fumando demasiado. "Quiero que se reflexione muy seriamente sobre esta cuestión de usar gas venenoso", anota. Y luego, casi con impaciencia, despacha la objeción que ya anticipa de sus generales: "Es una tontería juzgar la cuestión del gas con la moral de la última guerra".
Afuera, sobre los cielos del sur de Inglaterra, caen las bombas voladoras V-1. Los londinenses las llaman "doodlebugs". Cuando el motor de uno de esos artefactos se apaga, la gente que lo oye sabe que tiene apenas unos segundos antes del impacto. Mujeres que empujan cochecitos, ancianos que esperan el autobús, niños que juegan en las calles: todos han aprendido a contar ese silencio mortal. Es ese terror, ese goteo constante de muerte que cae del cielo sin previo aviso, lo que ha empujado al primer ministro hacia una idea que él mismo describe como impopular.
Churchill no está improvisando. El memorándum que dirige a sus jefes del Estado Mayor es metódico, frío, casi contable en su razonamiento. Pide que se estudie la posibilidad de saturar con gas las ciudades alemanas, ciudades enteras, de modo que —son sus palabras— "la mayoría de la población necesite tratamiento médico continuo". No habla de un golpe táctico contra una trinchera. Habla de envenenar a un país.
Y, sin embargo, esa orden nunca se ejecutó. El gas no cayó sobre Berlín ni sobre Hamburgo. La pregunta que ha perseguido a los historiadores durante generaciones no es por qué Churchill lo propuso, sino por qué, habiéndolo propuesto con tanta vehemencia, el plan murió en silencio dentro de aquel búnker.
Un hombre que ya conocía el olor del gas
Para entender ese memorándum hay que retroceder casi tres décadas. Winston Churchill no era un recién llegado al debate sobre las armas químicas. En la Primera Guerra Mundial había sido ministro de Municiones, y desde entonces había mantenido una relación pragmática, incluso entusiasta, con el gas como herramienta de guerra. Ya en 1919, como secretario de Estado para la Guerra, había defendido el uso de armas químicas contra tribus rebeldes en Mesopotamia, despreciando lo que llamó "la mojigatería" respecto al uso de gas contra "tribus no civilizadas".
Aquella frase revelaba algo incómodo sobre la mentalidad de la época y sobre el propio Churchill: para él, el gas no era una abominación absoluta, sino una cuestión de cálculo, de eficacia, de costes y beneficios. Argumentaba que un gas que causara molestias intensas pero pocas muertes podía ser, en términos militares, más "humano" que volar a un enemigo en pedazos con explosivos. Era un razonamiento que él consideraba lógico y que muchos de sus contemporáneos consideraban escalofriante.
En 1944, ese mismo hombre dirigía la guerra desde Londres. La situación había cambiado, pero su forma de pensar no del todo. Las V-1 alemanas habían empezado a caer sobre Inglaterra el mes anterior, en junio, y la población civil estaba pagando un precio brutal. Churchill, que sentía cada muerte de londinense como una herida personal y como un fracaso de su gobierno, buscaba una respuesta que devolviera el golpe con una fuerza desproporcionada. El gas se presentaba ante él como esa respuesta.
En el memorándum, Churchill anticipaba la resistencia moral y la apartaba con desdén. Pedía a sus jefes militares que dejaran de razonar con "la moral de la última guerra" y que examinaran la cuestión con frialdad estadística. Quería saber cuántas semanas tardaría en acumular suficiente cantidad de gas. Quería un estudio "con sangre fría", esa expresión tan suya, de hombre que se enorgullecía de mirar las realidades de la guerra sin parpadear.
Pero los jefes del Estado Mayor no compartían su frialdad. Y aquí entra en escena un personaje cuya prudencia probablemente cambió el curso de aquel episodio: el general Sir Hastings Ismay, conocido como "Pug", el enlace personal de Churchill con los altos mandos militares. Ismay tenía la delicada tarea de transmitir las ideas del primer ministro a unos generales que, con frecuencia, las consideraban temerarias, y de devolverle a Churchill las objeciones sin provocar uno de sus famosos arranques de cólera.
El Estado Mayar respondió con un informe que era, en esencia, una negativa cortés y exhaustiva. Los argumentos no eran principalmente morales —aunque la moral estaba implícita—, sino prácticos. Iniciar una guerra química expondría a las ciudades británicas a represalias alemanas. La superioridad aérea aliada, que permitía bombardear Alemania con relativa libertad, también significaba que cualquier escalada química podía volverse contra Londres. Y existía además una variable desconocida y aterradora: nadie en el bando aliado sabía con certeza qué arsenal químico poseía realmente Alemania.
El secreto que ni Churchill conocía
Aquí aparece el detalle que rara vez figura en las biografías heroicas de Churchill, y que dota a todo el episodio de una ironía sombría. Mientras los británicos calculaban si lanzar gas mostaza y fosgeno —las armas químicas de la Primera Guerra Mundial—, los científicos alemanes habían desarrollado en secreto algo infinitamente más letal: los agentes nerviosos.
El tabún y el sarín, descubiertos por químicos alemanes en los años treinta, eran armas de una categoría completamente nueva. Mataban en minutos, en dosis minúsculas, atacando el sistema nervioso de un modo para el que los Aliados no tenían ni defensa ni equivalente. Alemania había producido miles de toneladas de tabún. Si Churchill hubiera desatado una guerra química convencional, es difícil imaginar que Hitler no hubiera respondido con un arsenal que habría convertido las represalias en una catástrofe sin precedentes para la población británica.
La gran paradoja es que el régimen nazi, que asesinó a millones con gas en las cámaras de los campos de exterminio, nunca empleó sus agentes nerviosos en el campo de batalla. Las razones siguen siendo objeto de debate histórico: el temor a represalias aliadas, la creencia equivocada de Hitler de que los Aliados también poseían agentes nerviosos, e incluso, según algunas interpretaciones, la propia experiencia de Hitler como soldado gaseado en la Primera Guerra Mundial. Nadie sabe con certeza cuál fue el factor decisivo. Lo que sí sabemos es que Churchill, al proponer su plan, jugaba a ciegas contra un enemigo que tenía cartas que él ni siquiera sospechaba.
La idea que se apagó en silencio
El plan de Churchill no fue derrotado por un gran debate moral en el Parlamento ni por una protesta pública. Murió en la penumbra burocrática del búnker, ahogado bajo informes técnicos y objeciones estratégicas. Tras recibir la respuesta del Estado Mayor, el propio Churchill cedió, aunque sin reconocerlo del todo. Garabateó una nota final que resumía toda su frustración y todo su pragmatismo: "No estoy en absoluto convencido por este informe negativo. Pero claramente no puedo hacer frente a los curas y a los guerreros al mismo tiempo". El asunto, escribió, debía mantenerse en revisión, y él volvería a plantearlo "cuando las cosas se pongan peor".
Las cosas, afortunadamente, no se pusieron lo bastante peor como para que volviera a plantearlo en serio. El avance aliado tras el desembarco de Normandía, el progresivo desmantelamiento de las rampas de lanzamiento de las V-1 y el rumbo cada vez más claro de la guerra hicieron que la idea se volviera innecesaria además de peligrosa. El gas británico permaneció almacenado. Las ciudades alemanas fueron arrasadas, sí, pero por fuego y explosivos convencionales, no por veneno químico. Y el episodio quedó sepultado en los archivos hasta que, décadas después, los historiadores lo desenterraron y obligaron a mirar de frente la complejidad moral del hombre al que el mundo recordaba como el salvador de la civilización occidental.
Quienes han estudiado los documentos de aquel verano de 1944 coinciden en una conclusión incómoda: Churchill estaba dispuesto a cruzar una línea que muchos consideraban infranqueable. No por crueldad gratuita, sino por una lógica de guerra total que él había abrazado desde joven, la convicción de que cualquier arma era legítima si acortaba el conflicto y salvaba vidas británicas. El historiador y otros investigadores que han examinado el memorándum subrayan que la propuesta no era un desliz aislado, sino la expresión coherente de una mentalidad que Churchill había sostenido durante décadas.
Es tentador, desde la comodidad del presente, juzgar aquel memorándum como una mancha imperdonable. Pero la historia rara vez ofrece héroes sin sombras. El mismo hombre que se negó a negociar con Hitler cuando media Europa había caído, el mismo que infundió coraje a una nación al borde del abismo con su voz ronca y sus discursos inmortales, fue también el hombre que pidió "con sangre fría" estudiar cómo cubrir de veneno a las ciudades de su enemigo. Ambas cosas habitaban en el mismo cuerpo, bajo el mismo sombrero, detrás del mismo puro encendido.
Lo que el búnker no se llevó
El memorándum sobrevivió. Eso es, quizá, lo más revelador de todo. Churchill, un hombre profundamente consciente de su lugar en la historia, que escribiría él mismo varios volúmenes sobre la guerra para asegurarse de que se contara a su manera, no destruyó aquellos papeles. Permanecieron en los archivos oficiales, esperando. Y cuando salieron a la luz, no derribaron su estatua, pero sí la humanizaron, la complicaron, le devolvieron las contradicciones que la mitología de posguerra le había arrebatado.
Hoy, ochenta y dos años después de aquel verano de las bombas voladoras, el episodio sigue obligándonos a una verdad difícil: que las decisiones que no se tomaron pesan tanto como las que sí. Churchill propuso el gas y el gas no cayó, y esa contención —forzada por sus generales más que por su conciencia— probablemente evitó una espiral química que habría podido envenenar a millones a ambos lados del canal de la Mancha. El hombre que pidió el veneno fue también, sin saberlo del todo, el hombre a quien convencieron de guardarlo. Y en ese silencio que se impuso dentro del búnker, en esa orden que nunca se firmó, se decidió el destino de ciudades enteras que jamás supieron lo cerca que estuvieron del abismo.