El precio de una isla helada que cambió de manos como una moneda olvidada
En el verano de 1916, un funcionario danés firmó el tratado que ponía fin a más de dos siglos de presencia de su país en el Caribe. El sol golpeaba sin piedad sobre las islas de tierra roja y agua turquesa, pero el hombre que estampaba su firma probablemente no sentía el calor: pensaba en cifras. Veinticinco millones de dólares en oro. Ese era el precio acordado por las Antillas Danesas, islas como Saint Thomas y Saint John —y más tarde Saint Croix— que Dinamarca llevaba intentando vender, con paciencia de comerciante terco, desde hacía medio siglo.
Lo curioso no es que un país vendiera un territorio. Eso ha ocurrido más veces de las que la conciencia europea quisiera recordar. Lo curioso es que ese mismo pedazo de tierra ya había sido comprado, vendido, abandonado, recuperado y vuelto a poner en el mercado dentro de un período tan breve que las personas que vivían allí apenas alcanzaban a saber, de una década a otra, bajo qué bandera amanecerían.
Porque mucho antes de aquella firma de 1916, esas islas —y otros territorios coloniales europeos repartidos por el mundo— habían sido tratados como mercancía pura. Un activo en un balance contable. Algo que se traspasa entre potencias mientras la gente que lo habita observa desde la orilla, sin voz, sin firma, sin precio asignado a su propio destino.
Y en el corazón de esta historia hay una verdad incómoda: hubo un territorio que cambió de dueño dos veces en poco más de veinte años. Comprado por una compañía. Vendido luego a su propia corona. Como si fuera una casa de campo que nadie terminaba de querer del todo.
Una compañía que jugaba a ser nación
Para entender cómo un país entero puede comprarse y venderse, hay que retroceder a una época en la que las naciones europeas no siempre administraban directamente sus colonias. Lo hacían a través de compañías mercantiles —entidades privadas con poderes casi soberanos— que recibían cartas reales para explotar, gobernar y comerciar en nombre de la corona. Estas compañías tenían ejércitos, acuñaban influencia política y, sobre todo, llevaban libros de cuentas.
La Compañía Danesa de las Indias Occidentales y de Guinea fue una de ellas. Fundada en el siglo XVII, asumió el control de Saint Thomas en 1672, ocupó Saint John años después y, en 1733, protagonizó uno de los episodios más reveladores de toda esta historia: compró Saint Croix a la corona francesa. No la conquistó. No la heredó. La compró. Francia, que había mantenido la isla bajo su esfera durante años pero la consideraba poco rentable, simplemente la vendió por una suma de dinero a una empresa danesa.
Imaginemos la escena administrativa. Funcionarios franceses y daneses negociando el traspaso de una isla habitada como quien negocia la venta de un almacén con su inventario incluido. Y el inventario, en aquel mundo colonial, incluía a seres humanos esclavizados que trabajaban las plantaciones de caña de azúcar. La transacción no contemplaba su opinión. Para los registros contables de la época, eran parte del valor de la propiedad.
Saint Croix, bajo administración danesa, se convirtió en el motor económico del pequeño imperio caribeño de Dinamarca. La caña de azúcar lo era todo. Las plantaciones se extendían sobre la tierra fértil, y el trabajo forzado de miles de personas africanas esclavizadas sostenía las fortunas que se enviaban de regreso a Copenhague. La prosperidad de aquellas islas estaba construida sobre una crueldad sistemática que las cifras de los libros mayores nunca reflejaban.
Pero la propia Compañía Danesa de las Indias Occidentales no era inmune a las leyes del mercado que la habían hecho dueña de islas. Con el tiempo, sus finanzas se deterioraron. La administración privada de territorios coloniales resultaba costosa, y los beneficios no siempre justificaban el gasto de mantener guarniciones, funcionarios y la maquinaria de un Estado en miniatura al otro lado del Atlántico.
Y así llegó el segundo acto de esta historia de compraventas. En 1754, la corona danesa hizo lo inverso a lo que Francia había hecho décadas antes: compró las islas de vuelta. El rey de Dinamarca adquirió las Antillas Danesas a su propia compañía mercantil, convirtiéndolas en colonias reales bajo administración directa. El territorio que una empresa privada había comprado a Francia volvía ahora a manos de un Estado.
Comprado por una compañía a Francia en 1733. Comprado por la corona danesa a esa compañía en 1754. En el caso de Saint Croix, el ciclo de transacciones se completaba en poco más de dos décadas, parte de un patrón más amplio en el que estos territorios cambiaron de naturaleza jurídica y de dueño varias veces en menos de cincuenta años.
El detalle que las narraciones suelen omitir
Hay un elemento de esta historia que rara vez aparece cuando se cuenta la venta final de 1916, y es la persistencia casi obsesiva con la que Dinamarca intentó deshacerse de sus islas durante décadas antes de lograrlo. No fue una decisión repentina. Fue una larga negociación intermitente que se extendió por más de medio siglo.
Estados Unidos y Dinamarca habían coqueteado con la idea de la venta ya en la década de 1860, en los años posteriores a la Guerra Civil estadounidense. Se llegó incluso a firmar un tratado de venta en aquella época, pero el Senado de Estados Unidos no lo ratificó, y la operación se desvaneció. Décadas más tarde, a principios del siglo XX, hubo un nuevo intento que también fracasó, esta vez por las dudas en el parlamento danés. Las islas seguían siendo, en cierto sentido, un activo que nadie terminaba de cerrar en el mercado.
Lo que finalmente cambió el cálculo fue la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos temía que, si Alemania llegaba a invadir Dinamarca, el ejército alemán pudiera apoderarse de las islas y usarlas como base de submarinos para controlar las rutas del Caribe y la aproximación al recién inaugurado Canal de Panamá. La geografía convirtió tres islas modestas en un asunto de seguridad estratégica. Lo que durante medio siglo había sido una transacción comercial difícil de cerrar, se volvió de pronto urgente. Estados Unidos pagó los veinticinco millones de dólares en oro, una de las cifras más altas pagadas por un territorio hasta ese momento, y las islas pasaron a llamarse las Islas Vírgenes de los Estados Unidos.
Lo que quedó después de que se firmaran los papeles
El traspaso se hizo oficial el 31 de marzo de 1917. Ese día, en Saint Thomas, las tropas danesas arriaron su bandera y las estadounidenses izaron la suya. Hubo una ceremonia formal, discursos y el respeto protocolario que se le concede a un acto de Estado. Pero para los habitantes de las islas —descendientes en gran parte de las personas africanas esclavizadas que habían trabajado aquellas plantaciones de caña— el cambio de soberanía no resolvió la pregunta más íntima de todas: ¿de quién era esa tierra, realmente?
Porque aquí está el eco final de esta historia. Durante siglos, esas islas fueron compradas y vendidas entre potencias europeas y una compañía mercantil, traspasadas como bienes inventariados, sin que jamás se consultara a quienes nacían, vivían y morían en ellas. Cuando Estados Unidos las adquirió en 1917, sus habitantes no se convirtieron automáticamente en ciudadanos estadounidenses con plenos derechos; la ciudadanía estadounidense para los nacidos en las Islas Vírgenes no llegó hasta 1927, una década después de la compra. Habían sido transferidos de un país a otro, y aún así tuvieron que esperar años para que se les reconociera la nacionalidad del Estado que ahora los gobernaba.
Hoy las Islas Vírgenes de los Estados Unidos siguen siendo un territorio no incorporado. Sus residentes son ciudadanos estadounidenses, pero no pueden votar en las elecciones presidenciales mientras vivan allí, y su representación en el Congreso es limitada. La historia de un lugar que fue comprado, vendido y comprado de nuevo en poco más de veinte años dejó una marca que el tiempo no ha borrado del todo: la de un pueblo cuyo destino fue decidido, durante generaciones, en mesas de negociación donde no tenía asiento.
Un país puede comprarse. Un país puede venderse. Pero la gente que lo habita nunca cabe entera en el precio que se escribe sobre el papel.