El silencio de las nueve y cuarto

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El silencio de las nueve y cuarto

La noche del 27 de junio de 1954, en el Palacio Nacional de la Ciudad de Guatemala, un hombre se acercó a un micrófono de radio. Tenía la voz cansada, la voz de quien ha pasado días sin dormir bien. Jacobo Árbenz Guzmán, presidente constitucional de Guatemala, anunció al país que renunciaba a su cargo. Eran aproximadamente las nueve y cuarto de la noche. Detrás de aquellas palabras medidas había algo que no podía decir del todo: que el ejército que él mismo había integrado, el ejército al que había dedicado su juventud, le había retirado el respaldo.

Afuera, la capital estaba tensa, alumbrada por una incertidumbre que se respiraba en las calles. Días antes, aviones de origen desconocido para la mayoría de los guatemaltecos habían sobrevolado la ciudad y dejado caer bombas y panfletos. La población los había bautizado con un nombre que mezclaba miedo y burla: "sulfatos", porque cada bombardeo parecía provocar un movimiento intestinal de pánico colectivo. Las explosiones no eran grandes en términos militares. Su verdadero efecto era psicológico, y funcionaba.

Árbenz era coronel de carrera, hijo de un farmacéutico suizo y una guatemalteca. Había llegado a la presidencia en 1951 tras unas elecciones que ganó con holgura, sucediendo a Juan José Arévalo en lo que se conoció como la Revolución de Octubre, ese breve período democrático que los guatemaltecos llamaron después "los diez años de primavera". Esa noche de junio, mientras leía su renuncia, debió sentir que la primavera se cerraba sobre sus dedos como una puerta.

Lo que casi nadie escuchando la radio sabía con certeza era quién había orquestado realmente la caída. El nombre que circulaba era el de un coronel llamado Carlos Castillo Armas, que avanzaba desde Honduras con una fuerza pequeña. Pero Castillo Armas era apenas la cara visible. La verdadera maquinaria estaba mucho más lejos, en oficinas con aire acondicionado a miles de kilómetros.

Una reforma agraria que asustó a un imperio

Para entender por qué cayó Árbenz hay que retroceder al 17 de junio de 1952, cuando promulgó el Decreto 900, la Ley de Reforma Agraria. Era el corazón de su proyecto. Guatemala era un país donde una porción minúscula de propietarios controlaba la mayor parte de la tierra cultivable, mientras cientos de miles de campesinos, en su mayoría indígenas, trabajaban en condiciones que apenas se distinguían de la servidumbre. El decreto buscaba expropiar tierras ociosas —las que no estaban en producción— y repartirlas entre los campesinos sin tierra.

La ley pagaba indemnización a los propietarios afectados. El problema fue cómo calculaba ese pago: tomaba como base el valor que las propias empresas habían declarado en sus registros fiscales para pagar menos impuestos. Era una jugada de elegancia jurídica casi perversa. Si una compañía había declarado durante años que sus tierras valían poco para evadir el fisco, ahora recibiría una indemnización acorde a esa misma cifra.

Y ahí apareció el gigante. La United Fruit Company, la frutera estadounidense que los guatemaltecos conocían simplemente como "la frutera" o "el pulpo", era el mayor terrateniente privado del país. Poseía enormes extensiones, gran parte de ellas sin cultivar, que mantenía como reserva. Cuando el gobierno de Árbenz expropió cientos de miles de hectáreas ociosas de la compañía y ofreció una indemnización basada en su valor fiscal declarado, la United Fruit consideró la cifra una ofensa. Reclamó un monto muchísimo mayor.

Pero la United Fruit no era solo una empresa. Tenía vínculos profundos con el poder político estadounidense. El entonces secretario de Estado, John Foster Dulles, y su hermano Allen Dulles, director de la CIA, mantenían conexiones con el mundo legal y empresarial cercano a la compañía. La frontera entre el interés corporativo y la política exterior de Estados Unidos se volvió, en este caso, prácticamente invisible.

Era 1954, plena Guerra Fría. El argumento que se construyó en Washington no fue "Árbenz amenaza las ganancias de una empresa". Ese argumento no movilizaba a nadie. El argumento fue otro, mucho más poderoso para la época: Guatemala se estaba convirtiendo en una cabeza de playa comunista en el patio trasero de Estados Unidos. Árbenz había legalizado el Partido Guatemalteco del Trabajo, de orientación comunista, y algunos de sus miembros tenían influencia en el gobierno. Era cierto que había comunistas cerca de Árbenz. También era cierto que el país no era, ni de lejos, un satélite soviético. Pero el matiz no importaba.

La operación recibió un nombre clave: PBSUCCESS. La CIA destinó recursos considerables, montó una emisora clandestina —la llamada "Voz de la Liberación"— que transmitía noticias falsas sobre el avance imparable de un ejército rebelde, y reclutó a Castillo Armas para liderar la invasión desde Honduras. El golpe no se ganó en el campo de batalla. Se ganó en la mente de la gente, a través de la propaganda y el terror psicológico.

El cargamento de armas que selló la sentencia

Hay un detalle que muchas veces se cuenta de pasada pero que probablemente fue determinante. En mayo de 1954, un barco llamado Alfhem llegó a Puerto Barrios cargado de armas procedentes de Checoslovaquia, entonces dentro de la órbita soviética. Árbenz, incapaz de comprar armamento a Estados Unidos —que había impuesto un embargo de facto— y desconfiando del cerco que sentía cerrarse, había buscado armas donde pudo encontrarlas.

Para Washington, aquel cargamento fue la prueba que necesitaban, o que querían. Confirmaba, a sus ojos, la narrativa del peligro comunista. Lo que pudo haber sido un acto desesperado de un gobierno que se sentía acorralado se interpretó como la evidencia definitiva de una alianza con Moscú. La llegada del Alfhem aceleró todo. Le dio a la operación encubierta una justificación pública que antes le faltaba.

Es difícil imaginar que Árbenz no sospechara, en aquellas semanas, que cada movimiento defensivo que hacía era usado en su contra. Probablemente comprendió demasiado tarde que estaba atrapado en una lógica donde resistir y rendirse llevaban al mismo lugar. Compró armas, y eso lo condenó. No haberlas comprado lo habría dejado indefenso. La trampa estaba diseñada para no tener salida.

El hombre que se desnudó en el aeropuerto

Lo que vino después de la renuncia tiene la textura amarga de las tragedias personales. Árbenz pasó el poder al coronel Carlos Enrique Díaz, quien brevemente gobernó antes de ser forzado a conformar una junta militar, con la esperanza de salvar al menos parte del orden constitucional. Pero la CIA no quería una transición ordenada con militares que pudieran ser leales al proyecto reformista. Quería a Castillo Armas. Tras una serie de negociaciones forzadas y presiones, incluyendo más bombardeos sobre la capital, Castillo Armas terminó imponiéndose. Entró a la Ciudad de Guatemala como vencedor a principios de julio de 1954.

Árbenz buscó asilo. Se refugió primero en la embajada de México y luego comenzó un largo exilio que lo llevaría por varios países. Pero antes de abandonar Guatemala vivió una humillación que quedó grabada en la memoria colectiva del país. En el aeropuerto, mientras se preparaba para salir al exilio, fue sometido a un registro que lo obligó a desnudarse frente a fotógrafos. Las imágenes del expresidente despojado de su ropa circularon como un mensaje deliberado: así terminaba quien había desafiado el orden. La degradación era el punto. No bastaba con derrocarlo; había que exhibir su caída.

El exilio de Árbenz fue una peregrinación dolorosa. Vivió en México, en Suiza, en Francia, en Checoslovaquia, en la Unión Soviética, en Uruguay, en Cuba. En ningún sitio encontró del todo su lugar. El hombre que había gobernado con dignidad un país en plena reforma social se convirtió en un exiliado errante, vigilado, sospechoso para unos y símbolo incómodo para otros. La bebida y la tristeza fueron, según numerosos testimonios, compañeras de aquellos años. La familia sufrió tragedias propias, incluyendo la muerte de una de sus hijas, que lo golpearon profundamente.

Castillo Armas, mientras tanto, desmanteló la reforma agraria. Las tierras expropiadas volvieron en gran medida a sus antiguos dueños, incluida la United Fruit. Ilegalizó los sindicatos campesinos y los partidos de izquierda, persiguió a militantes y dirigentes, e instauró un régimen autoritario respaldado por Estados Unidos. La "primavera democrática" había terminado. Lo que vino después fue una larga noche.

El propio Castillo Armas no disfrutó mucho su victoria. Fue asesinado en 1957 dentro de la Casa Presidencial, en circunstancias que nunca se esclarecieron por completo. La revolución que él encabezó se devoró a sus propios protagonistas, como suele ocurrir.

La herida que no cerró

El golpe de 1954 no fue un episodio aislado que se cerró con la salida de Árbenz. Fue el principio de algo mucho más largo y sangriento. Guatemala entró en una espiral de inestabilidad, represión y resistencia que desembocó, a partir de la década de 1960, en una guerra civil que se prolongó durante 36 años. Cientos de miles de personas murieron o desaparecieron, en su inmensa mayoría civiles indígenas mayas. La comisión que investigó aquellos crímenes documentó masacres y actos que calificó como genocidio contra comunidades enteras. La raíz de todo aquello puede rastrearse, con honestidad histórica, hasta el desmantelamiento violento del proyecto reformista de 1954.

Décadas más tarde, en una de esas ironías que la historia administra con frialdad, Estados Unidos comenzó a reconocer parcialmente su papel. Documentos de la CIA sobre la operación PBSUCCESS fueron desclasificados, confirmando lo que durante años se había sospechado y negado. En 2011, el Estado guatemalteco pidió perdón públicamente a la familia de Árbenz y reconoció que el golpe había truncado un proceso democrático legítimo. El expresidente, que había muerto en México en 1971 en circunstancias domésticas —ahogado en la bañera de su casa—, ya no estaba para escucharlo. Sus restos fueron repatriados a Guatemala.

Jacobo Árbenz creyó que un país pequeño podía cambiar su destino repartiendo la tierra que sobraba. Creyó que la ley, la votación y la dignidad bastaban frente al cálculo de un imperio. Se equivocó en el momento, pero no en el fondo. La historia, que llega tarde casi siempre, terminó dándole la razón sobre las ruinas de todo lo que se perdió. Y esa razón tardía, escrita sobre tantas tumbas, es la forma más cruel de la justicia: la que solo reconoce al vencido cuando ya no puede oírla.

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