Los dieciocho minutos y medio que nadie pudo recuperar
Era una cinta magnética común, del tipo que cualquier secretaria de oficina podía comprar por unos centavos en 1973. Pero esta, etiquetada con la fecha del 20 de junio de 1972, contenía una conversación que el presidente de los Estados Unidos había mantenido con su jefe de gabinete apenas tres días después del allanamiento en el edificio Watergate. Y en algún momento, alguien había borrado dieciocho minutos y medio de esa grabación.
Cuando Rose Mary Woods, la secretaria personal de Richard Nixon desde sus días en el Senado, intentó explicar cómo había ocurrido el borrado, recreó la postura ante los fotógrafos: un pie estirado hacia el pedal de la grabadora, una mano extendida hacia el teléfono, el cuerpo contorsionado en una posición casi imposible. La prensa la bautizó "el estiramiento de Rose Mary". Nadie creyó del todo que una mujer pudiera mantener accidentalmente esa pose durante dieciocho minutos.
Pero aquí está la verdad incómoda que la memoria popular ha sepultado bajo la palabra "Watergate": cuando esa cinta se borró, Richard Nixon todavía no había caído. Faltaban meses. Y lo que finalmente lo derribó no fue un robo en una oficina, ni un micrófono escondido, ni siquiera el silencio de esa cinta mutilada. Fue algo mucho más simple y mucho más letal.
El crimen no fue el crimen
El 17 de junio de 1972, cinco hombres fueron arrestados dentro de las oficinas del Comité Nacional Demócrata, en el complejo de edificios Watergate de Washington. Llevaban guantes de látex, equipos de escucha y cantidades de dinero en efectivo cuyos números de serie podían rastrearse. Era, en apariencia, un robo torpe perpetrado por aficionados con demasiados recursos.
Aquí conviene detenerse, porque la historia que todos creen conocer comienza mal. El allanamiento del Watergate fue un episodio menor en la maquinaria política de Nixon. El presidente, casi con certeza, ni siquiera ordenó la operación directamente. Iba camino a una de las reelecciones más aplastantes de la historia estadounidense: en noviembre de 1972 ganaría 49 de los 50 estados. No necesitaba espiar a los demócratas. Eran irrelevantes para su victoria.
Entonces, ¿qué fue lo que realmente lo destruyó? La respuesta tiene una palabra que en latín significa "obstrucción". Nixon no cayó por ordenar un crimen. Cayó por intentar esconderlo. Cayó por usar el poder del aparato presidencial —la CIA, el FBI, el dinero— para silenciar una investigación que, de haberse dejado correr, probablemente habría dañado a algunos asesores y poco más.
Dos jóvenes reporteros del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, comenzaron a tirar de un hilo que parecía menor. Siguieron el dinero. Cada cheque, cada billete con número de serie, los llevaba más cerca del Comité para la Reelección del Presidente y, a través de él, hacia la Casa Blanca. Una fuente anónima, conocida durante décadas solo como "Garganta Profunda", los guiaba en estacionamientos a oscuras. Recién en 2005 se reveló que era Mark Felt, el segundo hombre más poderoso del FBI, un funcionario resentido por haber sido pasado por alto en la sucesión de J. Edgar Hoover.
Pero ni siquiera Woodward y Bernstein derribaron a Nixon. Su trabajo mantuvo viva la historia cuando todos querían enterrarla. El golpe mortal vino de adentro.
La voz que se grababa a sí misma
En febrero de 1971, Richard Nixon había ordenado instalar un sistema de grabación automática en el Despacho Oval, en la Sala del Gabinete, en su despacho privado del Edificio de Oficinas Ejecutivas y en algunas líneas telefónicas. El sistema en sus despachos se activaba con la voz, aunque en la Sala del Gabinete era manual. Casi nadie lo sabía. La intención era preservar un registro para la historia, para las memorias presidenciales que Nixon imaginaba escribir.
Es difícil imaginar una ironía más perfecta. El hombre obsesionado con el control, el secreto y la lealtad, había construido en su propia oficina una máquina que registraba cada palabra de su conspiración. Durante meses, mientras coordinaba el encubrimiento, mientras hablaba de pagar el silencio de los acusados, mientras instruía a sus hombres, esas cintas giraban en silencio bajo el piso.
El 16 de julio de 1973, durante una audiencia del comité del Senado que investigaba el Watergate, un asesor llamado Alexander Butterfield reveló la existencia del sistema de grabación. Casi de pasada. Le preguntaron si sabía de algún dispositivo de escucha en el Despacho Oval, y él, hombre meticuloso que probablemente sabía que mentir bajo juramento podía costarle todo, dijo la verdad. Las cintas existían.
A partir de ese momento, la pregunta dejó de ser política y se volvió aritmética. Si las cintas existían, contenían la respuesta. ¿Sabía Nixon? ¿Participó en el encubrimiento? El fiscal especial Archibald Cox las exigió. Nixon se negó, invocando el "privilegio ejecutivo", la idea de que un presidente tiene derecho a la confidencialidad de sus conversaciones.
El 20 de octubre de 1973, Nixon ordenó despedir a Cox. El fiscal general Elliot Richardson renunció antes que ejecutar la orden. Su segundo, William Ruckelshaus, también renunció. La prensa lo llamó "la Masacre del Sábado por la Noche". Fue, quizás, el momento en que la opinión pública dejó de ver a un presidente acosado y empezó a ver a un hombre dispuesto a quemar las instituciones para salvarse.
Para entonces, la palabra "impeachment" ya no era un susurro. La Cámara de Representantes inició el proceso. Y la Corte Suprema preparaba la decisión que sellaría el destino del presidente.
El silencio de dieciocho minutos
Volvamos a esa cinta borrada. Los expertos forenses que la examinaron concluyeron que el borrado no fue accidental: encontraron entre cinco y nueve segmentos de borrado manual separados, lo que sugería que alguien había presionado el botón una y otra vez, deliberadamente. La explicación del "estiramiento" de Rose Mary Woods nunca cuadró con la evidencia técnica.
Nadie sabe con certeza qué contenían esos dieciocho minutos y medio. La conversación borrada era entre Nixon y su jefe de gabinete H. R. Haldeman, registrada apenas tres días después del allanamiento. Las notas que Haldeman tomó ese día sugieren que hablaron del Watergate. Es difícil imaginar que ese silencio no escondiera precisamente lo que la Corte buscaba: la prueba de que Nixon supo desde el principio.
Pero he aquí lo notable: ese borrado, ese acto de destrucción, terminó siendo innecesario para los investigadores. Porque existía otra cinta, la del 23 de junio de 1972, que nadie había borrado. Y esa cinta lo contenía todo.
La cinta humeante
El 24 de julio de 1974, la Corte Suprema de Estados Unidos falló por unanimidad —ocho votos a cero— en el caso Estados Unidos contra Nixon. El privilegio ejecutivo existía, dictaminó la Corte, pero no era absoluto. No podía usarse para esconder evidencia en una investigación criminal. Nixon debía entregar las cintas.
Lo extraordinario es que cuatro de los nueve jueces de la Corte habían sido nombrados por el propio Nixon. Uno de ellos, William Rehnquist, se abstuvo. Pero los otros tres votaron en su contra. El hombre había llenado el tribunal con sus propios aliados, y aun así el tribunal lo abandonó. Las instituciones, esa vez, resistieron al hombre que las dirigía.
Cuando se transcribió la cinta del 23 de junio de 1972, apareció lo que la historia llamaría "la cinta humeante" —el arma humeante, la prueba irrefutable. En ella, apenas seis días después del allanamiento, Nixon aprobaba un plan para que la CIA presionara al FBI y detuviera la investigación, alegando falsamente que se trataba de un asunto de seguridad nacional. Era obstrucción de la justicia, dicha con su propia voz, fechada, innegable.
La cinta se hizo pública el 5 de agosto de 1974. Hasta ese momento, Nixon había conservado un puñado de defensores leales en el Congreso, hombres que habían apostado su credibilidad a la inocencia del presidente. Cuando escucharon la cinta, lo abandonaron en cuestión de horas. Una delegación de líderes republicanos, encabezada por el senador Barry Goldwater —el patriarca conservador del partido—, fue a la Casa Blanca a decirle la verdad aritmética: no le quedaban votos en el Senado para sobrevivir a un juicio político. La condena era segura.
Nixon comprendió. El hombre que había construido toda su carrera sobre la resistencia, sobre nunca rendirse, sobre levantarse de cada derrota, entendió que esta vez no había estrategia posible. La máquina que había instalado para inmortalizarse lo había condenado con sus propias palabras.
La renuncia y el eco
La noche del 8 de agosto de 1974, Richard Nixon se sentó frente a las cámaras en el Despacho Oval —el mismo cuarto donde las cintas habían girado en silencio durante años— y anunció que renunciaría a la presidencia, efectivo al mediodía siguiente. Fue el primer y único presidente en la historia de Estados Unidos en renunciar al cargo. En su discurso no admitió haber cometido un delito. Habló de haber perdido la base política para gobernar. Hasta el final, la palabra "obstrucción" no salió de sus labios.
A la mañana siguiente, el 9 de agosto, se despidió del personal de la Casa Blanca en un discurso emocional y errático, mencionó a su madre como "una santa", habló de derrotas y de no odiar a los enemigos porque el odio destruye solo a quien lo siente. Luego subió al helicóptero Marine One en el jardín sur, se giró, y levantó ambos brazos en su característico gesto de victoria con los dedos en V. Era la imagen de un hombre derrotado fingiendo triunfo, o quizás de un hombre que ya no distinguía la diferencia.
Un mes después, su sucesor Gerald Ford le concedió un indulto presidencial completo e incondicional por todos los delitos que pudiera haber cometido. Nixon nunca fue juzgado. Nunca pisó un tribunal. El perdón le ahorró la humillación de un proceso penal, pero también le robó la posibilidad de la absolución. Vivió otros veinte años, escribiendo libros, reconstruyendo lentamente su imagen como anciano estadista de la política exterior, recibiendo llamadas ocasionales de presidentes que buscaban su consejo sobre Rusia y China.
Pero la palabra "Watergate" lo siguió hasta la tumba en 1994, y lo sigue persiguiendo aún. Y esa palabra esconde la verdad más importante de toda la historia: Richard Nixon no cayó por un robo en una oficina demócrata. Ningún ladrón lo derribó. Ninguna fuente anónima en un estacionamiento lo derribó. Lo derribó su propia voz, grabada por su propia orden, exigida por una Corte que él mismo había ayudado a formar. El crimen original fue una nota al pie. El encubrimiento fue la sentencia.
Nixon construyó una máquina para ser recordado por la historia. Funcionó mejor de lo que jamás imaginó. Solo que la historia recordó exactamente lo que él más quería esconder.