Las primeras gotas nunca son para nosotros

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Las primeras gotas nunca son para nosotros

Antes de que el líquido toque los labios, la mano se inclina. El vaso, la copa de barro, la botella de plástico reutilizada mil veces, todo desciende hacia el suelo con un gesto que parece torpe para quien no lo conoce, y sin embargo es de una precisión antiquísima. Un chorro pequeño cae sobre la tierra. A veces es chicha de maíz fermentada durante días. A veces es el aguardiente que quema la garganta en la altura. A veces es apenas cerveza tibia comprada en una tienda de esquina. No importa. Lo primero es para ella.

En un patio de tierra apisonada, en algún caserío del altiplano donde el aire escasea y el sol golpea sin piedad, un hombre viejo hace este movimiento sin pensarlo. Sus manos están agrietadas por décadas de trabajo con la papa y la cebada. No pronuncia un discurso. Murmura algo en quechua, o en aymara, palabras que su abuelo le enseñó y que él enseñará a sus nietos. Después bebe. Solo después.

Quien observa desde afuera podría creer que es descuido, que se le derramó, que el pulso ya no le responde. Pero si mira con atención notará que el gesto se repite en cada persona de la ronda, en cada generación, con la misma naturalidad con que se respira. No hay vacilación. Hay memoria.

Ese chorro de líquido que se pierde en el polvo tiene un nombre. Y detrás del nombre hay una historia que cruza siglos, imperios caídos y dioses que se negaron a morir.

Una deuda que se paga bebiendo

El gesto se llama challa, o ch'alla, según la grafía y la región. En quechua y en aymara describe el acto de rociar, de asperjar, de ofrecer un líquido derramándolo. Y su destinataria es la Pachamama, la Madre Tierra, una de las deidades más profundas del mundo andino, presente mucho antes de que llegaran las carabelas españolas a las costas del continente.

Para entender por qué alguien le pide permiso a la tierra antes de beber, hay que entender primero qué significa la Pachamama para los pueblos andinos. No es un concepto abstracto ni una metáfora poética sobre la naturaleza. Es una presencia viva, femenina, que sostiene y devora, que da la cosecha y también la niega. La palabra misma lo revela: pacha significa tierra, tiempo, universo, y mama es madre. La Madre del Tiempo y del Espacio. No una diosa lejana en un cielo inaccesible, sino la que está bajo los pies, la que se pisa cada día, la que recibe a los muertos y alimenta a los vivos.

En la cosmovisión andina, la relación con la Pachamama es de reciprocidad. Los antropólogos que han estudiado estas comunidades identifican este principio con la palabra quechua ayni: dar para recibir, un intercambio constante entre el ser humano y las fuerzas que lo rodean. Nada se toma sin devolver algo. Si la tierra da alimento, agua, vida, entonces el ser humano tiene una deuda. Y esa deuda se paga, entre muchas otras formas, ofreciéndole de beber antes de beber uno mismo.

Por eso el gesto no es un adorno cultural. Es el reconocimiento de una jerarquía sagrada. La tierra bebe primero porque ella es la madre, y una madre come antes que los hijos en la lógica del cuidado invertido: se le sirve primero por respeto, por gratitud, por miedo también. Porque una Pachamama descuidada, olvidada, no alimentada, puede volverse dura. Puede secar los campos. Puede enfermar al ganado. Puede, según muchas creencias, "agarrar" el alma de quien la ofende.

El campesino que derrama las primeras gotas no lo hace por superstición pintoresca. Lo hace porque en su mundo la tierra es un ser con quien se convive, se negocia y se comparte. Beber solo, sin ofrecerle a ella, sería tan grosero como sentarse a la mesa y devorar el plato sin haber dejado que la anfitriona probara bocado. Sería una ofensa doméstica elevada a escala cósmica.

Este gesto sobrevivió a uno de los procesos de destrucción cultural más violentos de la historia. Cuando los conquistadores españoles llegaron en el siglo XVI e iniciaron la evangelización, las prácticas de culto a la Pachamama comenzaron a ser perseguidas. Fue ya en el siglo XVII cuando las campañas se volvieron sistemáticas y especialmente brutales: los extirpadores de idolatrías, cuya acción está documentada desde el Arzobispado de Lima a partir de 1609, recorrieron los Andes destruyendo santuarios y sancionando a quienes seguían venerando a las antiguas deidades. Y sin embargo, el culto no murió. Se transformó.

El sincretismo que salvó a la diosa

Aquí está el detalle que no siempre aparece en las explicaciones apresuradas. La Pachamama no sobrevivió resistiendo de frente al catolicismo. Sobrevivió mezclándose con él, escondiéndose dentro de sus formas, negociando su propia permanencia.

Con la llegada del cristianismo, la figura de la Madre Tierra terminó fundiéndose en muchas comunidades con la de la Virgen María. La virgen y la Pachamama pasaron a compartir atributos: ambas madres, ambas protectoras, ambas asociadas a la fertilidad y al cuidado. En numerosas fiestas religiosas del calendario católico andino conviven, bajo la superficie, ritos que le pertenecen a la tierra desde antes de la cruz. El santoral cristiano se convirtió, sin quererlo, en el refugio donde la antigua deidad continuó recibiendo sus ofrendas.

El mes de agosto es, en gran parte de los Andes de Perú y Bolivia, el tiempo especialmente consagrado a la Pachamama. Es la época en que, según la tradición, la tierra "está abierta", con hambre y sed tras el reposo del invierno, lista para recibir. En esos días se realizan los grandes rituales de agradecimiento: las mesas u ofrendas que reúnen hojas de coca, grasa de llama, dulces, semillas y objetos simbólicos, que luego se entregan a la tierra enterrándolos o quemándolos. Y el primero de agosto, en particular, hogares enteros amanecen preparados para alimentar a la madre antes de que ella exija por su cuenta.

Pero la challa no espera al mes de agosto. Ocurre todos los días, en cada reunión, en cada trago compartido, en cada celebración pequeña. Ese es el rasgo extraordinario de este gesto: haber pasado de ser un rito solemne de sacerdotes y comunidades a ser un acto cotidiano, casi automático, incorporado al cuerpo de millones de personas que quizá ni siquiera se detendrían a explicarlo con palabras. Lo hacen porque siempre se ha hecho. Porque no hacerlo sería impensable.

La coca, el alcohol y el humo

Hay un elemento que acompaña casi siempre al líquido derramado y que merece detenerse en él: la hoja de coca. En el mundo andino, la coca no es la droga que Occidente aprendió a temer. Es una planta sagrada, un vehículo de comunicación con lo divino, un regalo que se ofrece a la tierra y que se comparte entre las personas para sellar acuerdos, curar enfermedades y leer el destino.

En los rituales dedicados a la Pachamama, las hojas de coca se disponen en grupos cuidadosamente seleccionados —los k'intus, conjuntos de hojas perfectas elegidas una a una— y se soplan hacia las montañas y hacia la tierra antes de ofrecerlas. El humo del cigarro o del tabaco, el aroma del alcohol, el sabor de la chicha: todo forma parte de un banquete que se le sirve a lo invisible. Los especialistas rituales, conocidos según la región como yatiris entre los aymaras o paqos entre los quechuas, son quienes dirigen las ofrendas más complejas, quienes saben leer las señales y quienes median entre la comunidad y las fuerzas de la tierra y las montañas.

Porque la Pachamama no está sola. Comparte el panteón andino con los Apus, los espíritus de las montañas, señores poderosos que vigilan cada valle y cada cumbre. Cuando se derrama chicha o alcohol, muchas veces se nombra también a los cerros que rodean la comunidad, a los guardianes que se elevan sobre las casas. El brindis andino, entonces, es una conversación con todo un paisaje habitado por presencias. La tierra abajo, las montañas arriba, y el ser humano en medio, ofreciendo de beber a ambos antes de atreverse a beber él.

Un gesto que se niega a desaparecer

Hoy, en pleno siglo XXI, con smartphones en los bolsillos y ciudades que crecen sobre los antiguos territorios, el gesto persiste. En La Paz, en Cusco, en El Alto, en Puno, en los mercados y en las oficinas, hay quienes derraman las primeras gotas de su bebida sin dejar de conversar, sin interrumpir la reunión, con la misma naturalidad con que se hace la señal de la cruz al pasar frente a una iglesia. Es un reflejo cultural tan hondo que ha sobrevivido a la urbanización, a la migración y a la modernidad.

Incluso el Estado boliviano ha incorporado a la Pachamama en su discurso. En la nueva Constitución Política del Estado, promulgada en 2009 durante el gobierno de Evo Morales, se reconoció el carácter plurinacional del país y se elevaron los valores de los pueblos indígenas a principios rectores, entre ellos el respeto a la Madre Tierra. En 2010 se aprobó la Ley de Derechos de la Madre Tierra, una norma que le otorga a la naturaleza una condición de sujeto de derechos, algo profundamente enraizado en la vieja concepción de la Pachamama como ser vivo. La diosa que los extirpadores de idolatrías quisieron borrar hace cuatro siglos terminó inscrita en la ley suprema de una nación.

Y aun así, más allá de constituciones y leyes, el verdadero santuario de la Pachamama sigue siendo el patio de tierra, la mesa familiar, la ronda de amigos, la mano que se inclina antes de beber. Ninguna norma escrita tiene la fuerza de ese gesto repetido millones de veces al día por personas que aprendieron de sus padres, que aprendieron de los suyos, en una cadena que se pierde en un tiempo anterior a la memoria escrita. Es una teología sin templos, una fe sin dogmas, una religión que se practica con las manos y no con las palabras.

Cuando el viejo del altiplano vuelve a inclinar su vaso mañana, y pasado, y todos los días que le queden de vida, no estará celebrando un rito antiguo. Estará cumpliendo un pacto. La tierra lo alimentó, la tierra lo sostiene, y la tierra un día lo recibirá de vuelta en su interior, como recibe todo lo que vive. Por eso las primeras gotas nunca son para nosotros. Son el pago de una deuda que solo termina cuando termina la vida, y que ni siquiera entonces se cancela del todo, porque el cuerpo que la tierra devora seguirá siendo, en última instancia, otra ofrenda más.

Ella bebe primero. Siempre ha bebido primero. Y mientras haya alguien en los Andes con un vaso en la mano, seguirá bebiendo primero.