Los hombres que cazaban con su propia sangre

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Los hombres que cazaban con su propia sangre

El 2 de diciembre de 1993, en un tejado del barrio Los Olivos de Medellín, un hombre gordo corría descalzo sobre las tejas de barro. Llevaba barba de varios días, una camiseta azul y un pantalón que se le resbalaba. Tenía un arma en la mano y ningún plan de escape real. Abajo, en la calle, decenas de hombres armados gritaban su nombre. No el nombre que él usaba en sus documentos falsos, sino el verdadero, el que durante años había hecho temblar a un país entero.

Cuando cayó sobre el tejado de la casa contigua, con un disparo en la cabeza, se acabó la cacería más larga y costosa de la historia de Colombia. Pero los hombres que lo abatieron no eran solo agentes del Bloque de Búsqueda ni asesores estadounidenses. Entre quienes habían acorralado a Pablo Emilio Escobar Gaviria durante meses estaban los familiares y aliados de la gente que él mismo había mandado a torturar, secuestrar y enterrar. Gente que lo conocía mejor que cualquier analista de la DEA.

La versión oficial —la que se repite en titulares y se imprime en libros de texto— dice que Escobar cayó por la persecución implacable del Estado colombiano y la inteligencia norteamericana. Es una verdad incompleta. Porque para entonces, el capo más buscado del planeta ya estaba siendo cazado por algo mucho más íntimo y mucho más letal: el odio de los suyos.

Una guerra que empezó dentro de su propia casa

Para entender quién mató realmente a Escobar hay que retroceder a un detalle que él nunca calculó bien. Su poder no se construyó solo con cocaína. Se construyó con miedo, y el miedo deja deudas. Cada bomba que estalló en Bogotá, cada policía asesinado por encargo, cada familia destrozada en los años más sangrientos del narcoterrorismo colombiano fue acumulando una factura que tarde o temprano alguien iba a cobrar.

A comienzos de los años noventa, mientras Escobar negociaba con el gobierno su famosa entrega y se construía una prisión a la medida —La Catedral, una cárcel donde él ponía las reglas y elegía a sus carceleros—, sus antiguos socios empezaban a inquietarse. El hombre que se había presentado como el "Robin Hood paisa", el que regalaba casas y construía canchas de fútbol en los barrios pobres de Medellín, se había vuelto un peligro para todos los que estaban a su alrededor. Dentro de La Catedral, según se documentó después, Escobar siguió ordenando crímenes. Incluso mandó asesinar a antiguos lugartenientes suyos dentro de la propia prisión, sospechando traiciones por dinero.

Ese fue el punto de quiebre. Cuando dos de sus propios hombres, Fernando Galeano y Gerardo Moncada, fueron asesinados por orden suya, las familias y los aliados de esos hombres entendieron una cosa simple y aterradora: con Escobar nadie estaba a salvo. Ni los enemigos, ni los amigos, ni los socios que le habían lavado millones. El monstruo había empezado a devorarse a sí mismo.

De ese terror nació la alianza más extraña de toda la guerra contra el narcotráfico. Hombres que se odiaban entre sí decidieron unirse por una sola razón: querían a Escobar muerto. Se hicieron llamar Los Pepes —"Perseguidos por Pablo Escobar"—. Era un nombre que lo decía todo. No eran idealistas. No eran héroes. Eran víctimas y verdugos al mismo tiempo, gente que había sufrido la violencia de Escobar o que simplemente quería heredar su imperio.

Entre sus filas había paramilitares, antiguos sicarios del propio cartel, y figuras del emergente Cartel de Cali, los grandes rivales de Medellín. Hombres como los hermanos Castaño, que después fundarían las temibles autodefensas, pusieron su maquinaria de muerte al servicio de esta cacería. Durante meses, Colombia vivió una guerra dentro de la guerra: por cada acción de Escobar, Los Pepes respondían quemando sus propiedades, asesinando a sus abogados, a sus testaferros, a sus contadores, a sus primos lejanos. Iban desmantelando su mundo persona por persona.

Lo que hacía a este grupo tan efectivo no era la fuerza. Era el conocimiento. Sabían dónde escondía el dinero. Conocían a sus mensajeros. Habían dormido bajo el mismo techo, comido en la misma mesa, recibido las mismas órdenes. Cazaban a Escobar con su propia sangre, con la información que solo se obtiene desde adentro.

El secreto que incomoda a las versiones oficiales

Aquí está el detalle que rara vez aparece limpio en los relatos heroicos: la relación entre Los Pepes y las fuerzas oficiales que perseguían a Escobar. Durante años se ha discutido, con base en investigaciones periodísticas serias y testimonios posteriores, hasta qué punto existió una coordinación —tácita o directa— entre este grupo ilegal y sectores del aparato que oficialmente combatía el narcotráfico.

La incómoda lógica era esta: Los Pepes hacían el trabajo sucio que el Estado no podía hacer dentro de la ley. Mataban sin orden judicial. Torturaban sin proceso. Y, al hacerlo, iban entregando, intencionadamente o no, información que estrechaba el cerco oficial. Es difícil imaginar que la inteligencia que cazaba a Escobar no se beneficiara, de un modo u otro, del terror que Los Pepes sembraban en el entorno del capo. La línea entre la cacería legal y la venganza ilegal se volvió, en aquellos meses, prácticamente invisible.

Nadie sabe con certeza absoluta cuántas de las muertes finales del cartel de Medellín fueron obra del Bloque de Búsqueda y cuántas fueron ejecuciones de Los Pepes. Pero lo que sí quedó documentado es que, mientras el mundo miraba hacia Washington esperando que la DEA diera el golpe final, la verdadera trituradora que destruyó a Escobar funcionaba con motor colombiano y combustible de traición. Sus propios hombres, sus propios aliados, sus propios rivales lo estaban desangrando desde adentro mucho antes de que aquella bala lo encontrara en el tejado.

La soledad del hombre más poderoso

En sus últimos meses, Escobar ya no era el rey que controlaba el precio de la cocaína en medio mundo. Era un fugitivo casi solitario. Sus hijos y su esposa intentaban abandonar el país y eran rechazados; vivían bajo una protección que se parecía cada vez más a una jaula. Sus sicarios de confianza iban cayendo uno tras otro, abatidos o capturados. Cada llamada telefónica que hacía era un riesgo mortal, porque la tecnología de rastreo —esa sí provista por la cooperación internacional— lo acechaba cada vez que descolgaba un teléfono para hablar con su familia.

Y ahí está la ironía final, casi novelesca. El hombre que había construido un imperio sobre el miedo terminó atrapado por su propio amor. No lo cazaron sus enemigos políticos ni los discursos antidroga. Lo cazó su necesidad humana de hablar con su hijo. Aquel 2 de diciembre, mientras conversaba por teléfono, los equipos de rastreo triangularon su ubicación en Los Olivos. Pero para entonces, su mundo ya se había reducido a escombros gracias a la guerra interna que lo había dejado sin escondites, sin testaferros, sin la red de protección que durante años lo había hecho intocable.

Cuando murió, Escobar tenía exactamente cuarenta y cuatro años y era uno de los hombres más ricos que había existido en el negocio criminal. Pero murió descalzo, corriendo por un tejado, abandonado por casi todos. El Robin Hood que había repartido casas terminó sin techo propio, perseguido no por la justicia abstracta, sino por la suma concreta de todos los que alguna vez le tuvieron miedo o le tuvieron envidia.

La fotografía de su cadáver dio la vuelta al mundo: hombres sonrientes posando sobre el cuerpo del capo abatido, como cazadores junto a su presa. En esa imagen no estaban solo los policías del Bloque de Búsqueda. Estaba, simbólicamente, todo un país que había aprendido a odiarlo, y un puñado de hombres que habían firmado su sentencia desde mucho antes, desde el momento en que decidieron que era más seguro tenerlo muerto que vivo.

Lo que quedó después del último disparo

La caída de Escobar no trajo la paz que muchos prometieron. El vacío que dejó fue ocupado casi de inmediato por el Cartel de Cali, que durante años había financiado y empujado su destrucción, y que ahora pasaba a dominar el mercado mundial de la cocaína sin la estridencia sanguinaria de Medellín. La estructura de Los Pepes, lejos de disolverse en silencio, se transformó. Varios de sus integrantes, en particular los hermanos Castaño, llevaron su maquinaria de violencia hacia la creación de las autodefensas que ensangrentarían a Colombia durante la década siguiente. La cacería de un hombre había alimentado a monstruos nuevos.

Esa es la verdad que las versiones más cómodas prefieren no contar: a Pablo Escobar no lo derrotó la justicia, ni la DEA, ni la voluntad heroica de un Estado limpio. Lo derrotó el mismo ecosistema de violencia, traición y poder que él había ayudado a construir. Cayó porque generó tanto miedo que hasta sus aliados prefirieron la incertidumbre de su ausencia a la certeza de su rabia. La bala que lo mató fue colombiana, pero el dedo que apretó el gatillo había sido cargado, durante años, por todos los que él mismo enseñó a matar. Pablo Escobar no murió perseguido por la ley; murió devorado por su propio reino.

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