Los reyes que se hicieron llamar "Hermanos del Sol y la Luna"
Un hombre coloca la corona sobre su propia cabeza. No hay sacerdote que se la entregue, no hay padre que lo unja: es él mismo quien alza el aro de oro y lo posa sobre sus sienes. Estamos en el año 224 después de Cristo, en algún punto de la meseta iraní, y el hombre se llama Ardashir. Acaba de matar en combate al último gran rey de una dinastía que había durado casi cinco siglos. La sangre del enemigo aún no se ha secado del todo cuando decide que él no será solo un rey más: será el rey de reyes.
Ardashir procedía de Estajr, en la región de Fars, el corazón antiguo de Persia, la misma tierra que había parido a Ciro y a Darío siglos atrás. Su familia custodiaba un templo dedicado a Anahita, la diosa de las aguas. No era, en principio, nadie destinado a gobernar el mundo. Y sin embargo, en el campo de batalla de Hormozdgan, frente a las tropas del rey parto Artabano IV, algo se rompió y algo comenzó.
Lo que comenzó ese día duraría más de cuatro siglos como imperio unificado, y su influencia se extendería —sumada a los reinos persas que lo precedieron y lo continuaron— a lo largo de casi mil años de dominio iranio sobre la meseta. Los llamaron sasánidas, por Sasán, el antepasado semilegendario de Ardashir. Fueron el último gran imperio persa antes del islam, el rival que hizo temblar a Roma, y hoy apenas aparecen en los manuales escolares de Occidente.
Es difícil imaginar que Ardashir, en aquel momento de coronación improvisada, pudiera prever lo que estaba fundando. Pero eligió sus palabras con la ambición de quien ya se sabe eterno.
Un imperio construido sobre las ruinas de otro
Para entender a los sasánidas hay que retroceder. Antes de ellos gobernaban los partos, la dinastía arsácida, que durante casi cuatro siglos habían mantenido a raya a los romanos y controlado las rutas comerciales entre Oriente y Occidente. Los partos eran hábiles jinetes, arqueros temibles, pero su estructura política era frágil: un rey de reyes rodeado de nobles casi independientes que hacían y deshacían alianzas según su conveniencia.
Ardashir explotó esa debilidad. Fue sometiendo reino tras reino en la región de Fars, expandiéndose hacia el norte y el oeste, hasta que el rey parto no tuvo más remedio que enfrentarlo directamente. La victoria de Ardashir no fue solo militar: fue una declaración cultural. El nuevo rey se presentó como restaurador de la gloria persa aqueménida, la de Ciro y Darío, aquellos monarcas que habían gobernado siglos antes de la llegada de Alejandro Magno. Ardashir quería borrar la mancha griega y parta de la historia irania y presentarse como heredero legítimo de un linaje sagrado.
El hijo de Ardashir, Shapur I, llevaría el imperio a una de sus cumbres más asombrosas. Bajo su reinado, en el año 260, ocurrió algo que ningún persa olvidaría jamás y que ningún romano quiso recordar: la captura de un emperador romano en el campo de batalla. Valeriano, el César de Roma, cayó prisionero de Shapur cerca de Edesa. Fue un acontecimiento sin precedentes. Un emperador romano, encarnación viva del poder de Roma, humillado y capturado por un rey persa.
Shapur mandó tallar el momento en la roca. En los relieves rupestres de Naqsh-e Rostam, cerca de las antiguas tumbas aqueménidas, aún puede verse la escena: Shapur a caballo, majestuoso, mientras Valeriano es sujetado ante él y otro emperador, Filipo el Árabe, se arrodilla. La propaganda visual del imperio sasánida era poderosa, deliberada, imborrable. Grababan sus triunfos en la piedra para que resistieran los siglos, y lo lograron.
Nadie sabe con certeza cómo murió Valeriano en cautiverio. Las fuentes romanas posteriores, cargadas de resentimiento, contaron historias terribles: que fue usado como escabel por Shapur para montar a caballo, que su piel fue desollada y expuesta tras su muerte. Es probable que muchos de esos relatos fueran exageraciones nacidas de la vergüenza romana. Pero el hecho central es indiscutible: un emperador de Roma murió lejos de casa, prisionero de Persia.
El imperio sasánida no era solo una máquina de guerra. Era una civilización compleja, con una religión de Estado, el zoroastrismo, que veneraba el fuego sagrado y concebía el mundo como un campo de batalla eterno entre la luz y la oscuridad, entre Ahura Mazda y las fuerzas del mal. Los templos del fuego se levantaban por todo el territorio, y el clero zoroástrico, los mobads, alcanzó un poder político enorme, entrelazado con el trono.
Fue también un imperio de una riqueza cultural extraordinaria. Los sasánidas fundaron centros de saber donde se tradujeron textos griegos, indios y de otras tradiciones. La ciudad de Gundishapur se convirtió en un célebre centro de medicina y aprendizaje. El arte sasánida —la platería, los tejidos de seda, los relieves— influyó en Bizancio, en el mundo islámico posterior y hasta en la Europa medieval a través de rutas comerciales que nadie recuerda ya.
El profeta que fue desollado y el rey que lo permitió
Hay una historia dentro de esta historia que casi nadie conoce fuera de los círculos especializados. Durante el reinado de Shapur I, vivió un hombre llamado Mani, un profeta que predicaba una nueva religión sincrética que mezclaba elementos del zoroastrismo, el cristianismo y el budismo. Su fe, el maniqueísmo, llegaría a extenderse desde el Atlántico hasta China, sobreviviendo durante más de mil años en algunas regiones.
Mani gozó al principio del favor real. Shapur lo toleró, quizás lo escuchó con interés. Pero los reyes cambian, y con ellos cambia la fortuna de los profetas. Bajo un monarca posterior, Bahram I, y presionado por el poderoso clero zoroástrico encabezado por el sumo sacerdote Kartir, Mani cayó en desgracia. Fue encarcelado, cargado de cadenas, y murió en prisión hacia el año 274 o 277. Las tradiciones cuentan que su cuerpo fue mutilado y su cabeza expuesta en una puerta de la ciudad como advertencia.
Kartir, el sacerdote, es una figura fascinante y poco conocida. Fue uno de los pocos hombres no reales del imperio sasánida que dejó sus propias inscripciones grabadas en piedra, jactándose de haber purificado la religión, perseguido a herejes y consolidado el poder del zoroastrismo ortodoxo. En un mundo donde solo los reyes solían hablar a la posteridad desde la roca, un sacerdote se atrevió a grabar su nombre y sus obras. Su ambición quedó tallada para siempre, y con ella la sombra de la intolerancia que a veces acompañó al esplendor del imperio.
El siglo dorado de Cosroes y el crepúsculo que nadie vio venir
Si hubo un momento en que el imperio sasánida tocó su cima, fue durante el reinado de Cosroes I, llamado Anushirvan, "el de alma inmortal", que gobernó en el siglo VI. Fue un rey legislador, reformador, mecenas de las artes y las ciencias. Bajo su mandato, el imperio alcanzó una prosperidad y una estabilidad extraordinarias. Reformó el sistema fiscal, reorganizó el ejército, protegió a filósofos griegos que huían de la persecución en Bizancio cuando el emperador Justiniano cerró las escuelas paganas de Atenas.
Cosroes I quedó en la memoria persa como el rey justo por excelencia, el modelo del buen gobernante. Su corte era un centro de saber donde convivían médicos, astrónomos, traductores y sabios de múltiples orígenes. Se dice que fue durante su época cuando se introdujo desde la India el juego del ajedrez a Persia, y desde allí, siglos después, llegaría a Europa. Muchas historias que hoy conocemos como parte de la tradición literaria persa y árabe tienen sus raíces en aquel mundo.
Pero los imperios, como los hombres, envejecen. El nieto de Cosroes I, Cosroes II, lanzó a comienzos del siglo VII una campaña militar deslumbrante contra el Imperio bizantino. Sus ejércitos conquistaron Siria, Palestina, Egipto. En el año 614 tomaron Jerusalén y se llevaron, según las crónicas cristianas, la reliquia de la Vera Cruz. Parecía que Persia estaba a punto de aplastar definitivamente a Roma de Oriente.
Fue un espejismo. El emperador bizantino Heraclio se recuperó, reorganizó sus fuerzas y contraatacó con una audacia desesperada, llevando la guerra hasta el corazón del territorio sasánida. Cosroes II fue derrocado y ejecutado por su propio hijo en el año 628. El imperio, agotado por décadas de guerra total contra Bizancio, quedó exangüe. Ambas superpotencias del mundo antiguo se habían desangrado mutuamente hasta el borde del colapso.
Y entonces, desde el desierto de Arabia, llegó lo inesperado. Los ejércitos árabes, unidos bajo la nueva fe del islam, irrumpieron en un mundo debilitado. En la batalla de al-Qadisiyya, hacia el año 636, y en Nahavand, hacia el 642, el poder militar sasánida fue quebrado. El último rey de reyes, Yazdegerd III, huyó hacia el este, perseguido, abandonado por sus nobles, buscando aliados que ya no existían.
El último rey y el molinero que lo mató por sus joyas
Yazdegerd III murió en el año 651, y su final tiene la crueldad indiferente de las grandes tragedias. Según las crónicas, tras años de fuga, el último heredero de casi mil años de realeza persa terminó cerca de la ciudad de Merv, en el actual Turkmenistán. Solo, sin ejército, sin corte. Se cuenta que buscó refugio en el molino de un hombre común, y que ese molinero, tentado por las joyas y las ricas vestiduras del fugitivo, lo asesinó mientras dormía para robarle.
Así murió el rey de reyes, heredero de Ciro, de Darío, de Ardashir y de Shapur. No en una batalla gloriosa, no rodeado de su guardia, sino a manos de un desconocido que ni siquiera sabía —o no le importaba— a quién estaba matando. El imperio que había capturado a un emperador romano, que había construido templos de fuego y ciudades de sabios, que había gobernado desde el Éufrates hasta el Indo, se apagó en la oscuridad de un molino provinciano.
Debió haber sido, para quienes recordaban el esplendor de Cosroes apenas unas décadas antes, un final incomprensible. En el lapso de una sola generación, el mundo entero había cambiado de dueño.
La herencia invisible que aún respiramos
El imperio sasánida cayó, pero Persia no murió. La lengua, la cultura, la administración, el arte sasánida fueron absorbidos por los conquistadores árabes y se convirtieron en parte esencial de la civilización islámica que floreció después. Los burócratas persas administraron el nuevo califato. Los poetas persas reconstruyeron la memoria de sus reyes en versos inmortales, como los que siglos más tarde recogería Ferdousi en su gran poema épico, el Shahnameh, el Libro de los Reyes, donde Ardashir, Shapur, Cosroes y Yazdegerd viven todavía. Ese poema salvó del olvido lo que la historia oficial de Occidente decidió ignorar.
Occidente recuerda a Roma con obsesión y olvida a su gran rival oriental, el imperio que la enfrentó de igual a igual durante cuatro siglos, que humilló a sus emperadores y le disputó el dominio del mundo conocido. Los sasánidas construyeron una de las civilizaciones más refinadas de la Antigüedad tardía, y sin embargo apenas un puñado de personas fuera de Irán conoce hoy sus nombres. El fuego sagrado que sus reyes juraron mantener encendido para siempre se apagó en los templos, pero la ceniza de aquel imperio sigue latiendo bajo la cultura de medio mundo. Los reyes que se hicieron llamar hermanos del sol y la luna gobernaron durante más de cuatro siglos, y la historia, con su memoria caprichosa, casi los dejó morir por segunda vez.