Treinta y cinco kilómetros sin dormir

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Treinta y cinco kilómetros sin dormir

Mayo de 1940. En las carreteras estrechas de las Ardenas, una columna interminable de tanques alemanes avanza hacia Francia bajo una luna pálida. Los conductores llevan más de dos días sin cerrar los ojos. Y sin embargo, no se detienen. Sus pupilas están dilatadas, sus mandíbulas apretadas con una tensión que no cede, y en sus bolsillos, junto a las raciones de campaña, llevan unos pequeños tubos de vidrio con tabletas blancas grabadas con la letra T.

Cada cierto número de horas, un soldado se mete una en la boca. A los veinte minutos, el cansancio se evapora como si nunca hubiera existido. El frío de la madrugada deja de importar. El miedo, que debería atenazar a cualquier hombre que conduce una máquina de acero hacia el enemigo, se diluye en una euforia fría y eficiente. Avanzan, y avanzan, y avanzan.

Lo que el mundo bautizaría como Blitzkrieg —la guerra relámpago, el milagro táctico que humilló a Francia en seis semanas— tenía un combustible que los manuales militares tardarían décadas en admitir. No era solo la audacia de los generales ni la superioridad de la doctrina blindada. Era una droga. Una metanfetamina fabricada en serie por una empresa farmacéutica alemana y consumida por millones de soldados que no sabían exactamente qué les estaban dando.

Aquellos hombres que cruzaron las Ardenas no eran héroes sobrehumanos. Eran seres agotados, hambrientos y aterrorizados, sostenidos químicamente en pie por una pastilla que les robaba el sueño y, con el tiempo, mucho más.

La pastilla que prometía sacar lo mejor del hombre alemán

La historia del Pervitin no comenzó en un cuartel, sino en un laboratorio. En 1937, la farmacéutica Temmler, con sede en Berlín, patentó un nuevo método de síntesis de metanfetamina y lo lanzó al mercado al año siguiente bajo ese nombre comercial. No era un secreto militar. Era un producto de venta libre, anunciado en periódicos, disponible en cualquier farmacia del Reich.

El Pervitin se vendía como una solución para casi todo: la fatiga, la depresión, la falta de concentración, incluso para que las amas de casa terminaran sus tareas con energía. Existieron bombones de chocolate con metanfetamina comercializados para mujeres. La sociedad alemana de finales de los años treinta se enamoró de una sustancia que prometía convertir el cansancio en productividad, la melancolía en optimismo, la debilidad en rendimiento. Era, en cierto sentido, la droga perfecta para un régimen obsesionado con la fortaleza, la disciplina y la idea de un hombre nuevo, incansable y eficiente.

Quien comprendió antes que nadie el potencial militar de aquella euforia fue Otto Ranke, un fisiólogo militar que dirigía el Instituto de Fisiología General y de la Defensa de la academia médica militar de Berlín. Ranke probó el Pervitin en estudiantes de medicina y observó algo que para un ejército resultaba fascinante: los hombres permanecían despiertos, alerta y de buen ánimo durante horas que deberían haberlos derrumbado. Para Ranke, la cuestión no era moral. Era logística. ¿Cuánto rendimiento extra podía exprimirse de un soldado antes de que colapsara?

La respuesta llegó con la invasión de Polonia en septiembre de 1939, donde la droga ya circulaba de forma desordenada. Pero fue en la primavera de 1940, en la campaña del oeste, donde el Pervitin se convirtió en política. Entre abril y julio de ese año, el ejército alemán distribuyó cantidades enormes de tabletas a sus tropas. Las cifras que documentó el escritor alemán Norman Ohler en su investigación sobre el tema hablan de millones de pastillas repartidas en cuestión de semanas, una operación farmacéutica a escala industrial encajada dentro de la maquinaria de guerra.

Los soldados las llamaban de muchas maneras. Algunos hablaban del "chocolate de tanque" o de las pastillas para mantenerse en pie. Las cartas que enviaban a casa —algunas conservadas— mencionaban el Pervitin con la naturalidad de quien pide café. Un joven soldado destinado en el frente, que años después sería célebre como escritor, escribió a su familia pidiendo más tabletas con insistencia. Su nombre era Heinrich Böll, futuro premio Nobel de Literatura. No pedía droga: pedía, según entendía él, un remedio para el agotamiento.

Y ahí estaba la trampa más profunda. La mayoría de aquellos hombres no se sentían drogadictos. Se sentían cumplidores, resistentes, capaces de soportar lo insoportable. No sabían que estaban construyendo una dependencia que les pasaría factura. Nadie les había explicado que la euforia tenía un precio, y que ese precio se cobraba en el cuerpo y en la mente con un interés brutal.

Cuando la euforia se quedó sin reservas

El problema con las metanfetaminas es que no crean energía: la toman prestada del futuro. Cada hora de vigilia artificial es una hora que el cuerpo reclama después, multiplicada. Y un ejército que pelea durante años no puede pedir prestado indefinidamente.

Los efectos secundarios empezaron a acumularse. Soldados que tras la euforia se hundían en depresiones profundas. Hombres que sufrían colapsos cardíacos, algunos fatales, no por las balas sino por el corazón forzado durante días sin descanso. Casos de psicosis, de alucinaciones, de comportamientos erráticos. La tolerancia crecía: lo que antes lograba una tableta, después requería tres, luego cinco. Y la abstinencia, cuando no había suministro, dejaba a los hombres temblando, deprimidos y furiosos en medio de la guerra.

Las autoridades médicas del Reich no eran completamente ciegas. A mediados de 1941, el Pervitin fue clasificado como sustancia regulada bajo la ley de opio del Reich, un reconocimiento tardío de que aquello no era un inofensivo estimulante. Pero la regulación oficial nunca detuvo el flujo. La guerra necesitaba hombres despiertos, y la maquinaria siguió funcionando, ahora en una zona más gris, más oculta, más desesperada.

Porque a medida que la guerra se volvía contra Alemania, la tentación de buscar una solución química se volvía más extrema. Si una pastilla había ayudado a conquistar Francia, ¿qué arma química definitiva podría revertir la marea cuando todo se desmoronaba? Esa lógica desesperada llevó a uno de los episodios más oscuros y menos conocidos de toda la historia.

El experimento del submarino enano

Hacia el final de la guerra, con la Kriegsmarine asfixiada y la derrota cada vez más cercana, ciertos sectores del régimen buscaron un fármaco que permitiera a un solo hombre permanecer despierto y operativo durante varios días seguidos sin descanso alguno. La idea era equipar a los tripulantes de minisubmarinos y otras armas suicidas con un combustible humano que les permitiera misiones imposiblemente largas.

El resultado fue una sustancia conocida por su designación experimental: D-IX. Era una mezcla que combinaba cocaína, un opioide y metanfetamina —una bomba farmacológica diseñada para anular el sueño, el dolor y el miedo simultáneamente. Según la investigación de Norman Ohler, los experimentos para probarla se llevaron a cabo con prisioneros del campo de concentración de Sachsenhausen, obligados a marchar en círculos cargando peso durante distancias extraordinarias para medir cuánto resistían bajo el efecto de la droga.

Aquellos prisioneros, cuyos nombres en su mayoría se han perdido, caminaron hasta el límite del colapso por una guerra que no era la suya, probando un compuesto destinado a soldados que en muchos casos ya estaban condenados. La D-IX nunca llegó a producirse a gran escala ni a cambiar el curso del conflicto. Llegó demasiado tarde, cuando el Reich ya se hundía. Pero su existencia revela hasta qué punto el régimen estaba dispuesto a tratar a los seres humanos —enemigos y propios— como motores químicos a los que exprimir hasta la última gota.

El paciente más famoso de todos

Hay una figura que no puede faltar en esta historia, aunque su caso fuera distinto al del soldado raso. Adolf Hitler, en sus últimos años, fue un consumidor compulsivo de sustancias administradas por su médico personal, Theodor Morell, un hombre de modales serviles y reputación dudosa entre el resto de la cúpula nazi, que lo despreciaban en privado.

Morell inyectaba al dictador un cóctel cada vez más complejo de vitaminas, hormonas, extractos y, según la documentación de los registros médicos que sobrevivieron, opioides y estimulantes. No existe certeza absoluta sobre cada sustancia exacta en cada momento, y los historiadores debaten matices, pero el retrato general es claro: hacia el final, Hitler era un hombre dependiente de las agujas de Morell, con temblores, deterioro físico y cambios de humor compatibles con un cuerpo sometido a un asalto farmacológico constante.

Es difícil no imaginar la ironía. El líder que predicaba la pureza del cuerpo ario, que prohibió y persiguió ciertos consumos, que construyó una mitología sobre la fortaleza biológica de su pueblo, terminaba sus días en un búnker como un paciente arruinado por su propia farmacopea. El hombre nuevo, incansable e invencible que el Pervitin prometía fabricar, tenía su contracara perfecta en aquel cuerpo tembloroso bajo tierra.

Lo que quedó en las venas de la posguerra

Cuando la guerra terminó, la metanfetamina no desapareció. Los soldados que sobrevivieron regresaron a casa con dependencias que arrastrarían en silencio durante años. Muchos nunca conectaron sus problemas posteriores —el insomnio crónico, la depresión, los corazones dañados— con aquellas inocentes tabletas de los tubos de vidrio. El estigma y el silencio de la posguerra enterraron esas historias junto con tantas otras.

La sustancia que el Reich repartió a escala industrial siguió existiendo, transformada y rebautizada, en las décadas siguientes a ambos lados del Telón de Acero, hasta convertirse en la base química de epidemias de adicción que el mundo aún padece. Aquella pastilla que prometía sacar lo mejor del hombre alemán terminó demostrando, con una claridad brutal, que no existe atajo químico hacia la fortaleza: solo deuda, y la deuda siempre se cobra. La guerra relámpago fue, también, una guerra librada por hombres que avanzaban sin dormir porque alguien había decidido que el sueño era un lujo que el Reich no podía permitirse. Y al final, ni todo el Pervitin del mundo logró mantener despierto a un imperio que ya estaba muerto.

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