El hombre que dibujó un mundo que jamás vería con sus propios ojos
Había sangre seca en el pergamino. No mucha, apenas una mancha parda en una esquina, pero suficiente para recordar de dónde venía. Corría el año 1513, y en algún taller portuario del Mediterráneo oriental, un marino de barba entrecana extendía sobre la mesa una piel de gacela tratada, alisada, tensada